el blog de reseñas de Andrés Accorsi

jueves, 22 de febrero de 2018

TARDE DE JUEVES

Por fin tengo un ratito para sentarme a escribir reseñas…
Arranco con The New York Five, de Brian Wood (autor fetiche de este blog) y Ryan Kelly. ¿Te acordás cuando yo decía que DMZ era un canto de amor de Wood a la ciudad de Nueva York? Bueno, olvidate. ESSSSTA es la verdadera oda del guionista a la Gran Manzana. Acá es donde Wood no oculta en absoluto las ganas de contarte una historia en la que New York sea la protagonista, donde se hace obvia su intención de cebarte con la ciudad, de que te enamores perdidamente de ella.
Y además hay un argumento que está bueno (la clásica slice of life con cuatro amigas jóvenes y sus conflictos low-fi) y varios toques brillantes en el guión, tanto en diálogos como en bloques de texto, como en decisiones que toma Wood a la hora de orquestar ciertas secuencias. Me entero leyendo este libro que hay un tomo anterior, The New York Four, con las mismas protagonistas… y la verdad es que debe ser bastante introductorio, bastante acotado a la presentación de los personajes, porque acá todo se entiende perefcto sin haber leído lo anterior.
Wood aprovecha que las New York Five son chicas atractivas de 18 años para hablar de temas vinculados a los romances, las parejas y la sexualidad, pero también se mete con la presión que se les ejerce a los estudiantes desde las universidades, con lo mucho que cuesta bancar una carrera en una universidad privada, con esa cosa tan yanki de que casi seguro cursás la universidad en una ciudad que no es la de tus viejos y amigos del secundario, con lo duro que es tener un familiar enfermo en un país donde la salud pública casi no existe… y por si faltara algo, la quinta integrante del elenco (muy secundaria respecto de Ren, Riley, Merissa y Lona) es una chica que vive en la calle. O sea que esto no es exactamente un capítulo de Friends sin varones, hay un contexto un poco más duro.
El trabajo de Ryan Kelly es excelente, lejos el mejor de su carrera. La decisión de no colorear estas páginas y publicarlas así, en blanco y negro (más algunos grises aplicados con tramas mecánicas), es acertadísima. Kelly nunca va a ser el rey de los virtuosos, nunca se va a terminar de sacudir algunos tics que heredó de Paul Pope, nunca va a ser un dibujante super-original, pero con lo que hizo acá, ya pasó a ser el tipo que mejor dibuja a New York. Los fondos de esta obra son PERFECTOS, realmente sentís que ahí atrás hay una ciudad que vive, que late, que seduce, no son sólo fotos copiadas, hay mucho más. Y además hay un cuidado por detalles que tienen que ver con la ropa y los peinados de las chicas, que no se ve habitualmente en los comics. Muy linda novelita gráfica, aunque menor en el contexto global de la obra de Brian Wood.
Seguro alguna vez escuchaste la frase “Menos es más”, o su pariente cercana, “Lo bueno si breve, dos veces bueno”. Seguramente también, el que acuñó esas frases sabía que Brian Janchez iba a lanzar en 2017 El Permiso, este librito de apenas 32 páginas, en las que el prolífico autor narra una de las mejores historias de su carrera.
Un personaje principal, dos secundarios con peso en la trama, un par de personajes menores, muchas páginas de tres viñetas, pocas de cinco o seis, ninguna de siete o más, un dibujo despojado, los fondos mínimos necesarios, diálogos muy breves, silencios muy elocuentes, cero acción… Con eso, un autor solvente, maduro y con un gran manejo del timing puede crear una historieta memorable. Y no tengo dudas de que El Permiso lo es. Una historia chiquita, pero profunda, un drama llevado adelante sin golpes bajos, sin boludeces… por un autor que hasta ahora había brillado en el humor y la comedia.
No me animo a hablar de “obra maestra” simplemente porque son sólo 32 páginas. Pero aún así El Permiso tiene TODO para conmoverte, para involucrarte, para hacerte sentir que conocés a Federica de toda la vida. Y eso la hace por un lado un comic indispensable, y por el otro un hito realmente jodido de superar en la cada vez más interesante carrera de Brian Janchez.
Gracias por el aguante y volvemos pronto con nuevas reseñas.

domingo, 18 de febrero de 2018

LECTURAS DEL FINDE

A unas poquitas horas de grabar el Podcast nº100 de Comiqueando, me siento a reseñar los libros que me bajé en estos últimos días.
Arranco con el Vol.3 de Amuleto, de Kazu Kibuishi, esta adictiva epopeya que combina elementos de Harry Potter, Lord of the Rings y las pelis de Hayao Miyazaki. Esto tiene muchas “atractividades” diría el ingeniero más iletrado del planeta: es un comic muy ganchero, la trama tiene un gran ritmo, mucha acción, mucho espacio para el desarrollo de personajes (combinado con un elenco que no para de expandirse), ideas fantásticas… lo único que me deja un sabor medio choto es pensar que estamos en el Vol.3 y son nueve… Con lo cual muchas de las peripecias que te hacen vibrar en este tomo, en el contexto global de la obra, cuando la hayamos leído completa y podamos mirarla desde una cierta distancia, nos van a parecer boludeces, relleno, secuencias que podrían no estar y que hubiesen ayudado a que la historia fuera del punto A al punto B por un camino más lineal, menos laberíntico. Pero es una presunción mía, porque todavía me faltan años para leer el final de Amuleto y no tengo forma de saber cuánto peso real tienen estas peripecias en la estructura básica, en los cimientos de la saga.
Así que por ahora me engancho y disfruto como un pibe de 11 años de lo que me cuenta Kibuishi. Me dejo emocionar con los momentos emotivos, me dejo maravillar con esas ilustraciones de paisajes, me dejo asombrar por las criaturas imposibles… hasta me fumo una traducción al castellano rioplatense a la que se le notan algunas inconsistencias. Y sigo recomendando Amuleto a aquellos que están buscando una lectura para compartir con chicos de 9 a 12-13 años, que esté bien dibujada, que no haga tanto hincapié en la violencia como los comics de superhéroes y que no requiera la compra de 25 ó 30 tomos como el shonen. Tengo el Vol.4 pidiendo pista, y seguro le entro este año.
En Mayo de 2016, salió en España la que hasta ahora es la última novela gráfica del prócer gallego Miguelanxo Prado. Un par de meses después, tuve la suerte de viajar a ese país y me compré Presas Fáciles, sin dudar un instante.
En Presas Fáciles, Prado se despoja de una de sus armas infalibles, el color. Pero nos recuerda que trabajando con blanco, negro y grises también puede alcanzar resultados fascinantes. El dibujo es realmente perfecto y si bien se nota bastante cuando Prado elabora los fondos en base a fotos, esto contribuye muchísimo a la sensación de realidad palpable y hasta incuestionable que quiere transmitir la obra. Porque en Presas Fáciles, el autor deja de lado también los elementos fantásticos. Ya no hay nada que no exista en la realidad posta, no hay pinceladas de realismo mágico, todo es absolutamente terrenal, prosaico, y cuanto más constatable resulte, mejor.
A través del artificio de una investigación policial, Prado nos cuenta el plan perfecto de un grupo de jubilados para vengarse de los banqueros que los cagaron como de arriba de un puente y se quedaron con sus ahorros de toda una vida allá por el 2008-2009, cuando se pinchó la burbuja inmobiliaria y la mentira de los créditos accesibles para todos. Como siempre que el sistema pega estos cimbronazos, los perjudicados fueron los débiles, los pequeños ahorristas, nunca los grandes garcas a los que les sale gratis incluso equivocarse y perjudicar -al punto de dejar en la calle- a miles de personas que confiaron en ellos. Prado abreva en los diarios, en los noticieros, en el pulso de la calle, y con eso urde una trama de fición que respeta a rajatabla las convenciones del “policial de procedimiento”. Y además encuentra espacio para darle onda y carnadura a varios personajes, principalmente a la protagonista (la inspectora Olga Tabares).
Esta vez, Prado no busca crear una obra maestra como en Trazo de Tiza o Ardalén. Se conforma con bajar línea acerca de las consecuencias de darle rienda suelta a la banca para que haga lo que se le da la gana… y de paso nos advierte que, si les tocás el culo, los septuagenarios y octogenarios también se pueden convertir en villanos jodidos y letales. Mirá lo espesa que estará la realidad en esta España gobernada hace años por la derecha más cabeza de Europa, que hasta Prado -que siempre descolló en la ciencia-ficción, en la comedia o en el realismo mágico- se mandó una obra 100% verídica, ambientada en 100% en el presente y prácticamente sin chistes. Obviamente le salió muy bien. Presas Fáciles es, además de un alegato bravísimo, una excelente novela gráfica.
Volvemos pronto con nuevas reseñas. ¡Hasta entonces!

jueves, 15 de febrero de 2018

JOYAS DE JUEVES

Días muy felices en materia de lecturas. La verdad que me topé con dos maravillas del Noveno Arte. Veamos.
Diagnósticos recopila seis historias cortas escritas por Diego Agrimbau y dibujadas por Lucas Varela, publicadas muy de a puchitos en la Fierro, entre 2008 y 2013. Como libro, esto es una garcha atómica, porque son apenas 47 páginas de historieta metidas en un libro de 72, repletas de carátulas magníficamente dibujadas por Varela, pero que si no estuvieran, la lectura no sería en absoluto menos satisfactoria y el producto sería mucho más barato. Para 72 páginas, faltaban por lo menos dos historietas más (o sea, dos años más, al ritmo que se produjeron estas seis).
Por suerte, las seis historietas son muy buenas y algunas incluso son excelentes, verdaderas cátedras de narrativa dibujada. Cuando lo tenés a Varela así de afilado, dispuesto a dibujar todo a ese nivel, te podés tirar tranquilamente a chanta con los guiones y la horda igual te va a comprar el libro. Sin embargo Agrimbau sube la apuesta TODO el tiempo. Arranca tranqui, con Agnosia, una historieta pensada para el lucimiento del dibujante. Y al toque te tira Claustrofobia, donde Varela se debe haber vuelto LOCO para plasmar en imágenes el desafío formal que propone el guión. Sinestesia es una historieta más “tradicional” si se quiere, pero no menos intensa ni atrapante que las anteriores. Afasia es mi favorita, la más jugada, la más perfecta, donde se ve de modo más claro la fusión molecular entre guión y dibujo, donde más cuesta imaginar que hay dos autores y no uno. Akinetopsia es la que menos me atrapó, a pesar de que gráficamente Varela prueba cosas loquísimas que le salen bárbaro. Y la última, Prosopagnosia, tiene un planteo tan bizarro y te genera tanta intriga desde el guión, que ahí el dibujo se ajusta (de nuevo) a un canon más clásico, con menos margen para la experimentación. Otra historieta memorable, que se te queda impregnada en las retinas mucho después de cerrar el libro.
Por suerte Diego y Lucas siguieron trabajando juntos y aún hoy siguen generando nuevos proyectos. Las historietas que integran Diagnósticos son brillantes… y además son sólo el principio en la ilustre historia de una dupla destinada a romper con todo. No te digo que son los Lennon y McCartney de la historieta argentina actual, pero casi. Son dos bestias que tienen un talento y un manejo del lenguaje del comic que no se ve todos los días ni por casualidad, ni acá ni en ningún otro país. Un orgullo, bah.
Me voy a 2015, cuando Marvel publica el cuarto y último TPB de los que recopilan la etapa de Matt Fraction y David Ajá al frente de Hawkeye. Y sí, la dupla banca hasta el final la patriada de crear un comic que –sin salir del mainstream- no se parezca nada al resto de los comics que se publicaban en su momento. En algún momento, los conflictos se resuelven por medio de la violencia y ganan los buenos. Esas son todas las concesiones que Fraction está dispuesto a hacer.
El resto es idiosincracia pura. Episodios enteros en los que no vuela ni un sopapo, un número en el que el foco está puesto en un dibujo animado (con el gran Chris Eliopoulos como dibujante invitado), una construcción pausada de un personaje (Barney Barton) que tendrá mucho peso en el desenlace, diálogos jugosos, escenas mudas impresionantes y la sensación inconfundible de estar leyendo una historieta novedosa, rupturista, adulta más allá de que transcurra en un universo donde medio mundo tiene superpoderes.
Se nota mucho que Fraction y Ajá se divertían haciendo este comic. Se desafiaban, tiraban tacos, caños, lujos. Tardaron muchísimo en realizar apenas 22 números (muchos de ellos sin participación del dibujante español) porque se colgaban buscando la vuelta rara, el truquito narrativo que nunca le habíamos visto hacer a nadie… y el resultado es realmente formidable.
Grossos también Matt Hollingsworth, cuya magia cromática le aporta muchísimo a una faz gráfica repleta de originalidad, y el tano Francesco Francavilla, que dibuja, entinta y colorea un episodio clave, profundo, emotivo, difícil de olvidar. Si no te genera un rechazo conceptual leer comics de Marvel, donde el protagonista es un miembro de los Avengers, acá te vas a encontrar 22 episodios coronados de gloria por dos autores empecinados en cagar a flechazos a cualquier prejuicio o preconcepto que traigas.
Gracias por estar ahí y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas.

martes, 13 de febrero de 2018

RESEÑAS DE CARNAVAL

Segundo feriado de Carnaval y vengo pisteando como un campeón. Mucha joda, pocas horas de sueño y ganas de liquidar las reseñas rapidito para apolillar un rato más.
Arranco en Francia en 2001, con el Vol.12 de las aventuras de Jack Palmer, el patético investigador privado creado por René Petillon. Petillon es un icono de la historieta francesa… que por algún motivo no trasciende las fronteras de ese país. Yo sospecho que tiene que ver con su dibujo, que tiene chispa, tiene ángel, pero se ve como una especie de mezcla entre Langer y Lauzier, sin la magia de ninguno de los dos. No son pocas las viñetas en las que Petillon parece no bocetar, no plantar el dibujo a lápiz, sino resolver de una con la tinta. Eso es lo que hace que el dibujo se sienta fresco, pero a la vez se notan más algunas limitaciones, sobre todo en la figura humana. Por suerte Petillon no se plantea dibujar a los personajes con ningún grado de realismo, con lo cual esa cierta torpeza es perceptible sólo para puntillosos y rompepelotas como yo.
El guión de L´Enquete Corse (que así se titula el álbum) es brillante. Es una sátira socio-política descarnada que le hubiese encantado firmar al otro René, al Más Grande. La trama policial es apenas una excusa para meterse a bardear, a mostrar con un humor picante y sin piedad el clima de violencia constante, la incoherencia política, la volatilidad ideológica de los distintos movimientos independentistas de Córcega. Si alguna vez te preguntaste por qué la islita donde nació Napoleón nunca se separó de Francia, Petillon te tira una respuesta muy convincente y de modo muy gracioso.
Tengo entendido que L´Enquete Corse es el más vendido y el más ovacionado por la crítica de los álbumes de Jack Palmer, así que si algún día decidís explorar qué onda este personaje, o qué onda René Petillon, no está mal arrancar por acá, como para ir derecho a la papa más fina.
Salto a Argentina, a 2017, cuando se publica Sudoku, una obra con dos guionistas y un dibujante. Los guionistas son Otto Zaiser (quizás el secreto mejor guardado de la historieta argentina actual) y Alejandro Farías, el prolífico y polifacético autor del que ya hemos reseñado pilas de libros. Y el dibujo es obra de Pablo Colaso, gran dibujante rosarino a quien ya nos habíamos cruzado en algunas antologías.
Sudoku arranca como una especie de 4 Segundos 2.0, y parece que va a girar en torno a tres amigos de veintipocos que están muy alzados y muy al pedo. Chistes, jodas, borracheras, persecuciones infructuosas de mujeres esquivas, nada que no hayamos visto 50.000 veces (incluso en la vida real), contado con mucha onda, muy buenos diálogos y el truquito de la grilla de nueve cuadros, que remite al juego del sudoku. Pero ya en el tercer capítulo, el foco de la historia se posa sobre Andrés, uno de estos tres adorables losers, y los otros dos pasan a ser personajes secundarios.
Y ahí la historia se anima a volar, a trascender la colección de anécdotas humorístico-patéticas vinculadas al levante. Farías y Zaiser deciden explorar a fondo la relación entre Andrés y Daniela, con sus avances y retrocesos, con los amigos y el abuelo haciendo el aguante… y con un explosivo regreso de Ema, la ex de Andrés, que cae con una bomba atómica: un hijo que viene en camino. En los últimos capítulos, el drama eclipsa a la comedia y al protagonista no le queda más opción que madurar, que hacerse cargo de un montón de cosas… y los guionistas se van a compadecer de Andrés, a cobrarle barato algunas cagadas, como para que el final tenga más sabor a empate que a derrota estrepitosa, de esas que fuerzan la renuncia del D.T..
En ese cambio de marcha reside el gran encanto, el poder hipnótico de Sudoku. Clones de 4 Segundos, se pueden escribir muchos. Obras como esta, muchas menos. Y por supuesto buena parte del mérito le corresponde a Colaso, acá en un estilo tipo Max Aguirre de hace unos años, cuando Max miraba mucho a Dupuy y Berberian. Colaso sorprende con un gran cuidado por los detalles, muchos hallazgos en las expresiones faciales, la capacidad de meter mucha información en viñetas chiquitas sin saturar, y un gran criterio para engamar las páginas con tonalidades de un sólo color, aplicadas con notable belleza plástica.
Recomiendo mucho Sudoku, espero ansioso una nueva obra de este trío tremendo y me despido hasta pronto. Ya volveremos, con nuevas reseñas.

sábado, 10 de febrero de 2018

BLACK PANTHER

Si sos negro, Marvel hizo esta película para vos. Si estabas harto de que las películas de superhéroes fueran comedias repletas de chistes, Marvel hizo esta película para vos. Si te copan las historias dramáticas, fuertes, con una mezcla entre tragedia shakespereana, machaca a todo nada, naves y locaciones futuristas y un toque de misticismo (o sea, si sos fan de La Casta de los Metabarones, por ejemplo), Marvel hizo esta película para vos.
A lo largo de 135 minutos, el director Ryan Coogler nos propone sumergirnos en un film que se parece poco al resto de las películas del Universo Cinemático de Marvel. La trama de Black Panther requiere un tono más serio, por momentos más solemne, más protocolar (recordemos que esto viene de Civil War, donde presenciamos la muerte de T´Chaka, rey de Wakanda y padre de T´Challa). La sucesión al trono de una nación africana que a simple vista parece pobre pero esconde las maravillas tecnológicas más zarpadas de este y otros mundos no es algo para ser resuelto a la ligera, y eso lo tienen muy presente los guionistas de Black Panther. También se nota que tienen bastante a mano los comics, sobre todo la etapa de Reginald Hudlin, que creo que es la que más se ve reflejada en la cinta. En general, es más popular la etapa de Christopher Priest (o la actual, con Ta-Nehisi Coates al frente), pero de los aportes de Priest, a Coogler y su equipo sólo les interesa el agente Everett Ross, a quien enfocan desde otro lado, para que no sea el personaje gracioso y nabo de la historia.
Ya escuché a más de uno putear porque T´Challa aparece como un personaje sin dobleces, demasiado noble, demasiado perfecto y poco expresivo. Bueno, muchachos, cualquiera que sea fan de la Pantera sabe que en los comics el personaje funciona así. De hecho, en la peli es un poquito menos frío, menos cerebral que en los comics. Y como en la etapa de Hudlin, el guión reserva un montón de escenas magníficas para Shuri, que levanta chapa como para protagonizar tranquilamente sus propias películas.
Otro logro de Black Panther es que se banca el desafío de meter tres villanos, algo que suele estropear las pelis de superhéroes, o que obliga a los guionistas a reducir a por lo menos un villano a un rol tan menor que resulta insultante (acordate de Rhino en aquella peli de Spider-Man). Acá el truco consiste en convertir a uno de los tres enemigos de T´Challa en un… oponente, un adversario, que cuando las papas queman posta, no descarta alinearse con el bando que más le conviene, que (en la segunda mitad de la película) es el de los buenos. No quiero dar muchos detalles pero sí, vas a ver el momento en el que los gorilas se hacen peronistas. El villano encubierto, el no obvio, resulta infinitamente obvio para cualquier fan de los comics de Black Panther, pero la verdad que no jode en lo más mínimo, porque es realmente atrapante la forma en que la peli lo reversiona y le da otro significado a su cruzada contra T´Challa.
Decorados, trajes, armas, efectos especiales… todo es majestuoso e hiper-original. Las peleas son fabulosas, los efectos especiales te detonan el ojete y la persecución de autos… probablemente sea la mejor que recuerdo haber visto en una pantalla. Allá por los ´90, se podía hacer películas íntegramente ambientadas en Africa y encargarle la música a Elton John o Phil Collins. Hoy, si hacés eso te linchan, así que en la banda de sonido hay infinitos raperos y hip-hopetes que no me emocionan para nada. Por suerte hay varios tracks que juegan a recuperar la música folklórica del continente negro, y ahí sí, hay maravillas también para los oídos.
Sin un personaje canchero, sin un actor hiper-carismático, sin chistes, sin bizarreadas demasiado over the top, con un palo brillante y certero contra el impresentable Donald Trump, casi sin conexión con el resto de las pelis de Marvel (recién en la última escena post-créditos alguien se acuerda de que Bucky había quedado encanutado en Wakanda), Black Panther te caga a palos durante 135 minutos que no se hacen largos, en absoluto. Y hasta se da el lujo de terminar con un sacudón tremendo al status quo del Universo Marvel al que los guionistas de los comics no se animaron nunca.
Ahora que DC tiene que estrenar un largometraje protagonizado en soledad por un héroe segundón que ejerce también como monarca de un reino oculto a los ojos de la Humanidad, en el que además (se comenta) aparecen tres villanos, le recomiendo a los guionistas de Aquaman que vayan a ver Black Panther 45 ó 46 veces y tomen nota. Si van por este lado, llegan a buen puerto, seguro.
Aguante La Casta de los Metabagrone.

jueves, 8 de febrero de 2018

JUEVES EN EL HORNO

Muy cagado de calor, me siento a escribir las reseñas de un par de libritos que me bajé en estos dias pegajosos.
Arranco con Orochi: Blood una obra del maestro Kazuo Umezu, un par de años anterior a Aula a la Deriva, mucho más breve y (para mi gusto) mucho más satisfactoria. Acá también Umezu juega a ponerte nervioso, a crear un clima que amenaza con asfixiarte, pero pela armas más lícitas que en Aula a la Deriva. Tres personajes bien definidos (todas mujeres), un conflicto bien marcado, un misterio, un elemento sobrenatural y con eso estamos. No hace falta frotar la lámpara cada 30 páginas para hacer aparecer nuevas bizarreadas.
La trama va in crescendo todo el tiempo, y tiene un volantazo zarpado en el medio y un giro absolutamente imprevisto en el final. Como en los mejores mangas de misterio/ terror, casi todo sucede puertas adentro, en el seno de una familia casi normal. Es apenas uno de los trucos que emplea Umezu para lograr que uno sienta a la historia de Orochi muy cercana, muy real. Y claro, el otro recurso es el armado de las secuencias, pensado para atraparte y llevarte de punta a punta del libro sin que quieras parar un segundo a cuestionarte qué carajo está pasando o por qué.
En sus peores momentos, el dibujo de Umezu parece el de un clon defectuoso de Harold Gray o Chester Gould. Por suerte hay pocos de esos momentos, muchos menos que en Aula a la Deriva. Y las viñetas más hermosas son las que tienen ese toque etéreo, sofisticado, esos primeros planos en los que Umezu se hace amigo de Guido Crépax. Tampoco hay muchas de esas, pero el promedio es muy digno y –como dije ya varias veces- lo mejor que tiene el dibujo de Umezu es lo bien que se pone al servicio del relato. Sigo en la búsqueda de otras obras de este increíble mangaka, cuya influencia en la historia del seinen es infinita.
De este manga (probablemente de 1970) me vengo acá cerquita, a Uruguay, para descubrir historietas también de los ´70, pero de Williams Geninazzio, más conocido como Gezzio. Allá por el 07/09/14 lo vimos colaborar en una antología reciente, pero este libro nos propone ir más atrás, al período más prolífico y más exitoso de Gezzio, cuando se desempeñaba como autor integral en varias revistas.
Casi todo el libro está dedicado a rescatar las aventuras de Santos Cruz, un gaucho bueno, valiente y ficticio que cabalgó por la entonces Banda Oriental allá por 1811. Santos Cruz se diferencia de la gran masa de las historietas gauchescas que pulularon durante décadas en ambas orillas del Río de la Plata por dos motivos: 1) por momentos Gezzio sube mucho el nivel de los bloques de texto y nos regala una prosa exquisita, con cierto vuelo poético, casi digna del mejor Robin Wood. Y 2) lo más interesante de Santos Cruz: las aventuras están vinculadas de modo muy orgánico, muy natural con la historia real, con lo que efectivamente sucedía en 1811 en la Banda Oriental. Gezzio le saca un gran provecho a la gesta del caudillo Artigas y toda esa primera etapa de la lucha contra los realistas está muy bien reflejada en un tramo de la serie. Después hay peripecias menores, en las que Cruz lucha con matreros, forajidos y hasta con un yaguareté, como para rellenar con algo las entregas semanales.
El dibujo de Gezzio es bastante derivativo. La verdad que se esfuerza poco por despegarse de la línea de Carlos Roume o de Arturo Del Castillo, y a veces se nota demasiado. En el episodio del yaguareté, también me encontré con viñetas que me recordaron muchísimo al Tarzan de Burne Hogarth (si hace mucho leés este blog, te acordarás de lo mucho que padecí aquellas historias). Lo mejor que tiene para mostrar Gezzio es lo que se ve en las primeras páginas, cuando mete muchas viñetas por página y adopta la maravillosa técnica creada por Del Castillo para meterle texturas al fondo de las viñetas. Más adelante, cuando cambia el diseño de las páginas para mostrar menos viñetas de mayor tamaño, se notan más los afanos a Roume y la narrativa no levanta un mayor vuelo. Así que me quedo con los primeros tramos, donde se aprecia más la rotura de upite por parte del autor.
Y en las últimas 20 o 22 páginas del libro, tenemos breves historietas en las que Gezzio abandona el estilo académico-realista para probar suerte en un estilo humorístico… Y tiene suerte. Suerte de que nadie le haya hecho juicio por daños irreversibles en el cerebro o las retinas. No sólo las historias son malísimas: también el dibujo se ve sumamente precario, con choreos alevosos a Mauricio De Souza, a los dibujantes de la Anteojito… Espantoso, bah. Por suerte son pocas páginas, con pocas viñetas por página. De todos modos está bueno que, en un libro tributo a un autor emblemático del comic uruguayo, haya un muestrario amplio, con material de distintas épocas y distintos géneros.
Y hasta acá llegamos. Prometo volver pronto, con la reseña de la peli de Black Panther, que ya la vi y me gustó mucho.

lunes, 5 de febrero de 2018

DOS GEMAS DE LUNES

Arrancamos la semana con dos obras muy recomendables.
Se reeditó en un libro alucinante Noelia en el País de los Cosos, la historieta de Ignacio Minaverry que debutara en 2011 en el suplemento de historietas de Télam y luego pasara por las páginas de Fierro. A nivel guión, Noelia es un poquito despareja: tiene momentos muy grossos, de alto impacto, tiene escenas tranqui bien dedicadas al desarollo de los personajes… en general avanza bien, a un ritmo razonable. Lo que menos cierra es cuando Minaverry frena el relato para explicar lo que está pasando, o lo que pasó previamente.
Toda la obra tiene un subtexto sociopolítico, es una gran alegoría acerca del rol del Estado en una sociedad y qué pasa cuando el capital concentrado se propone desguazar al Estado y privatizar la generación y la distribución de los bienes esenciales para la substisencia de los pueblos. Y la verdad que la jugada de mezclar esta bajada de línea con una aventura de viaje iniciático tipo Alice in Wonderland, condimentada con batallas épicas onda Lord of the Rings, le sale muy bien a Minaverry. El problema, los momentos más flojos del libro, llegan cuando el autor sospecha que el lector no va a entender las alegorías y las explicita demasiado. Mientras se mantiene sutil, Minaverry atrapa, seduce y hasta te hace reir, en esas escenas donde satiriza con fina mala leche a la izquierda dogmática, que de tanto desconfiar de los movimientos “populistas” termina jugando para los paladines de la desigualdad a los que dicen enfrentar.
Pero aunque el guión fuera un panfleto peroncho hiper-básico, o aunque no hubiese ni un personaje carismático (acá no hay menos de cuatro), o aunque la bajada de línea empantara totalmente a la aventura o viceversa, igual habría que recomendar Noelia en el País de los Cosos simplemente por la calidad de la faz gráfica, que es devastadora. A nivel visual, este es –lejos- el mejor trabajo de Minaverry, donde se lo ve más suelto, más cómodo, con más ganas de probar cosas nuevas. El color plano, clásico, muchas veces estridente, le juega muy a favor de lo que quiere contar. Las expresiones faciales y el lenguaje corporal de los personajes están ajustadísimos, la composición de las viñetas es infalible y aparecen guiños a varias tradiciones gráficas y narrativas de la historia del comic (ya no se puede encasillar a Minaverry como un autor “de línea clara”, o de tal o cual estilo). Lo que más se nota en la lectura de Noelia en el País de los Cosos es que, mientras la realizaba, el autor era muy feliz. Y eso no tiene precio.
Salto a EEUU, a 2015, para el Vol.2 de Silver Surfer de Dan Slott y Mike Allred (el Vol.1 lo vimos 04/01/16). Si el TPB tuviera sólo las primeras ocho páginas, ya valdría mucho la pena. Imaginate todo lo grosso que viene después. Slott explora a fondo el vínculo entre Norrin Radd y Dawn Greenwood, y lo bizarro que resulta ver a una chica humana, común y corriente, a bordo de la tabla del Surfer recorriendo las galaxias y metiéndose en kilombos que a menudo involucran a poderosísimos alienígenas. Esta vez Slott baja un poquito el nivel de la comedia, no se toma todo tan en joda, pero tampoco pasa a ser un comic oscuro ni circunspecto, porque siempre está ahí Dawn, como elemento disruptivo.
De los cinco episodios que ofrece el tomo, tres componen una saga en la que el Surfer se tiene que hacer cargo de su pasado como heraldo de Galactus, frente a frente con los habitantes de un planeta poblado por sobrevivientes de miles de mundos ingeridos por el devorador de planetas, luego de que el Surfer garantizara sus buenas condiciones bromatológicas. Y sí, maestro… Te guste o no, fuiste cómplice, partícipe necesario de innumerables genocidios perpetrados por tu jefe… que siempre está dispuesto a cometer un genocidio más, con tal de irse a dormir pipón-pipón. La saga de Newhaven lleva al límite no sólo el poder sino sobre todo la nobleza, la integridad del Silver Surfer, y el final que conjura Slott resulta brillante, absolutamente conmovedor, al nivel de las mejores historias en los 50 años de trayectoria del personaje.
Y el dibujo es de Mike Allred, coloreado por su esposa Laura, así que no hay demasiado para agregar. Como en todos sus trabajos sobra la onda, hay riesgos alucinantes en la puesta en página, las secuencias son potentes, todo está puesto para transmitir emociones y sensaciones y el ídolo muestra cada vez más recursos para que todo se vea lindo incluso cuando acelera y dibuja a las chapas. Voy por más Surfer, obviamente.
Y volvemos pronto, con nuevas reseñas.

viernes, 2 de febrero de 2018

SE LARGO FEBRERO

Nuevo mes y nueva tandita de reseñas acá en el blog.
Arranco en España, en 2005, cuando se publica Claus & Simón: Los Reyes de la Evasión, que sería (si no me equivoco) la tercera aventura de la dupla creada por Santiago Arcas y Daniel Acuña, y la primera pensada como álbum para Francia, en formato grande y a todo color (las dos primeras las había editado La Cúpula en blanco y negro y formato mucho más humilde, en la colección Brut). La verdad es que los muchachos se tomaron muy en serio el upgrade que significaba pasar a laburar para una editorial francesa y realizaron 46 páginas que superan ampliamente a lo que habíamos visto en las anteriores aventuras de estos personajes.
Los Reyes de la Evasión conserva los rasgos identitarios de los primeros albumcitos de Claus & Simón, pero claro, al agregar el color, el dibujo de Daniel Acuña (hoy muy conocido por sus trabajos para Marvel) cobra otra dimensión. Y al trabajar en un formato más grande, con más cuadros por página, también vemos cambios en la narrativa. Pero está lo más importante, que es la onda: el clima bizarro, ese juego casi sin reglas en el que puede pasar cualquier cosa, y el tono de comedia atorranta. Es una aventura, okey. Y hay peligros, y hay villanos, y hay romance, todo bien. Pero ante todo esto es una comedia, una farsa en la que Claus y Simón (que básicamente son eso, farsantes) se van enroscando hasta llegar al famoso punto del “estamos hasta las manos”.
Esta vez, todo gira en torno a una ciudad fascinada por los espectáculos de escapismo, donde los clones de Houdini constituyen el entretenimiento más popular y más masivo. Pero claro, hay mucha guita de por medio y no faltan las asociaciones ilícitas dedicadas a amañar las competencias entre escapistas, sin importar que estos tipos y minas se estén jugando la vida en esas trampas imposibles. Ahí van a parar Claus y Simón, para deleitarnos con una historia lineal, muy divertida, con diálogos muy ingeniosos, que tiene como principales méritos los de no tomarse a sí misma muy en serio y no pretender mucho más que brindarnos un ratito de entretenimiento. Hoy que tanto Arcas como Acuña están absorbidos por el laburo para EEUU, está bueno revisitar este hermoso álbum que marcó su desembarco en el mercado francés.
También leí Poncho Fue, la extensa y muy celebrada novela gráfica de Sole Otero. Se trata de una lectura fuerte, intensa, imposible salir de esa novela de la misma forma en la que uno entró. Con una honestidad y una sensibilidad para nada frecuentes en el comic cuasi-autobiográfico, Sole te sacude la estantería, te obliga a repensar todas y cada una de las relaciones de pareja en las que alguna vez estuviste envuelto. La única cagada es que no te deja optar: no hay forma de que seas vos quien elige quién es la víctima y quién el victimario. Sole te presenta la historia de modo que no te pueda quedar la más mínima duda. De hecho, sólo falta que al final del libro aparezca impresa la moraleja: “Chicas, no sean boludas como Lu y si se les cruza un forro como Santi mándenlo a la mierda a la primera de cambio...Chicos, no sean hijos de puta como Santi y si se les cruza una insegura como Lu no la psicopateen...”.
Sole banca a lo largo de las más de 200 páginas un estilo gráfico simple, bonito, amistoso, no muy distinto del que usa para sus historietas humorísticas o sus ilustraciones para libros infantiles. El guión, en cambio, pendula entre las escenas románticas, idílicas, y un infierno retorcido y jodido que se pone cada vez más heavy. El contraste que logra la autora entre estas escenas violentas, depresivas, a veces desgarradoras y el estilo ”bonito” es otro de los puntos muy destacables que tiene Poncho Fue.
Conozco a Sole desde hace… casi 20 años, cuando era una adolescente que quería dibujar manga, y la verdad es que nunca me imaginé que iba a alcanzar tan rápido la madurez como artista. Poncho Fue está narrada y dibujada a un nivel altíismo, y además es una obra sumamente rica para el análisis, pensada para trascender la mera experiencia de lectura. Entre otras cosas, porque pasan cosas, algo que hoy es casi una anomalía en este rubro de comics autobiográficos “confesionales” que tanto terreno ha ganado en los últimos tiempos. Espero ansioso el próximo trabajo de Sole Otero.
Ya tengo leído un librito más, así que pronto tendremos nuevas reseñas, acá en el blog. Hasta entonces.