el blog de reseñas de Andrés Accorsi

jueves, 22 de febrero de 2018

TARDE DE JUEVES

Por fin tengo un ratito para sentarme a escribir reseñas…
Arranco con The New York Five, de Brian Wood (autor fetiche de este blog) y Ryan Kelly. ¿Te acordás cuando yo decía que DMZ era un canto de amor de Wood a la ciudad de Nueva York? Bueno, olvidate. ESSSSTA es la verdadera oda del guionista a la Gran Manzana. Acá es donde Wood no oculta en absoluto las ganas de contarte una historia en la que New York sea la protagonista, donde se hace obvia su intención de cebarte con la ciudad, de que te enamores perdidamente de ella.
Y además hay un argumento que está bueno (la clásica slice of life con cuatro amigas jóvenes y sus conflictos low-fi) y varios toques brillantes en el guión, tanto en diálogos como en bloques de texto, como en decisiones que toma Wood a la hora de orquestar ciertas secuencias. Me entero leyendo este libro que hay un tomo anterior, The New York Four, con las mismas protagonistas… y la verdad es que debe ser bastante introductorio, bastante acotado a la presentación de los personajes, porque acá todo se entiende perefcto sin haber leído lo anterior.
Wood aprovecha que las New York Five son chicas atractivas de 18 años para hablar de temas vinculados a los romances, las parejas y la sexualidad, pero también se mete con la presión que se les ejerce a los estudiantes desde las universidades, con lo mucho que cuesta bancar una carrera en una universidad privada, con esa cosa tan yanki de que casi seguro cursás la universidad en una ciudad que no es la de tus viejos y amigos del secundario, con lo duro que es tener un familiar enfermo en un país donde la salud pública casi no existe… y por si faltara algo, la quinta integrante del elenco (muy secundaria respecto de Ren, Riley, Merissa y Lona) es una chica que vive en la calle. O sea que esto no es exactamente un capítulo de Friends sin varones, hay un contexto un poco más duro.
El trabajo de Ryan Kelly es excelente, lejos el mejor de su carrera. La decisión de no colorear estas páginas y publicarlas así, en blanco y negro (más algunos grises aplicados con tramas mecánicas), es acertadísima. Kelly nunca va a ser el rey de los virtuosos, nunca se va a terminar de sacudir algunos tics que heredó de Paul Pope, nunca va a ser un dibujante super-original, pero con lo que hizo acá, ya pasó a ser el tipo que mejor dibuja a New York. Los fondos de esta obra son PERFECTOS, realmente sentís que ahí atrás hay una ciudad que vive, que late, que seduce, no son sólo fotos copiadas, hay mucho más. Y además hay un cuidado por detalles que tienen que ver con la ropa y los peinados de las chicas, que no se ve habitualmente en los comics. Muy linda novelita gráfica, aunque menor en el contexto global de la obra de Brian Wood.
Seguro alguna vez escuchaste la frase “Menos es más”, o su pariente cercana, “Lo bueno si breve, dos veces bueno”. Seguramente también, el que acuñó esas frases sabía que Brian Janchez iba a lanzar en 2017 El Permiso, este librito de apenas 32 páginas, en las que el prolífico autor narra una de las mejores historias de su carrera.
Un personaje principal, dos secundarios con peso en la trama, un par de personajes menores, muchas páginas de tres viñetas, pocas de cinco o seis, ninguna de siete o más, un dibujo despojado, los fondos mínimos necesarios, diálogos muy breves, silencios muy elocuentes, cero acción… Con eso, un autor solvente, maduro y con un gran manejo del timing puede crear una historieta memorable. Y no tengo dudas de que El Permiso lo es. Una historia chiquita, pero profunda, un drama llevado adelante sin golpes bajos, sin boludeces… por un autor que hasta ahora había brillado en el humor y la comedia.
No me animo a hablar de “obra maestra” simplemente porque son sólo 32 páginas. Pero aún así El Permiso tiene TODO para conmoverte, para involucrarte, para hacerte sentir que conocés a Federica de toda la vida. Y eso la hace por un lado un comic indispensable, y por el otro un hito realmente jodido de superar en la cada vez más interesante carrera de Brian Janchez.
Gracias por el aguante y volvemos pronto con nuevas reseñas.

domingo, 18 de febrero de 2018

LECTURAS DEL FINDE

A unas poquitas horas de grabar el Podcast nº100 de Comiqueando, me siento a reseñar los libros que me bajé en estos últimos días.
Arranco con el Vol.3 de Amuleto, de Kazu Kibuishi, esta adictiva epopeya que combina elementos de Harry Potter, Lord of the Rings y las pelis de Hayao Miyazaki. Esto tiene muchas “atractividades” diría el ingeniero más iletrado del planeta: es un comic muy ganchero, la trama tiene un gran ritmo, mucha acción, mucho espacio para el desarrollo de personajes (combinado con un elenco que no para de expandirse), ideas fantásticas… lo único que me deja un sabor medio choto es pensar que estamos en el Vol.3 y son nueve… Con lo cual muchas de las peripecias que te hacen vibrar en este tomo, en el contexto global de la obra, cuando la hayamos leído completa y podamos mirarla desde una cierta distancia, nos van a parecer boludeces, relleno, secuencias que podrían no estar y que hubiesen ayudado a que la historia fuera del punto A al punto B por un camino más lineal, menos laberíntico. Pero es una presunción mía, porque todavía me faltan años para leer el final de Amuleto y no tengo forma de saber cuánto peso real tienen estas peripecias en la estructura básica, en los cimientos de la saga.
Así que por ahora me engancho y disfruto como un pibe de 11 años de lo que me cuenta Kibuishi. Me dejo emocionar con los momentos emotivos, me dejo maravillar con esas ilustraciones de paisajes, me dejo asombrar por las criaturas imposibles… hasta me fumo una traducción al castellano rioplatense a la que se le notan algunas inconsistencias. Y sigo recomendando Amuleto a aquellos que están buscando una lectura para compartir con chicos de 9 a 12-13 años, que esté bien dibujada, que no haga tanto hincapié en la violencia como los comics de superhéroes y que no requiera la compra de 25 ó 30 tomos como el shonen. Tengo el Vol.4 pidiendo pista, y seguro le entro este año.
En Mayo de 2016, salió en España la que hasta ahora es la última novela gráfica del prócer gallego Miguelanxo Prado. Un par de meses después, tuve la suerte de viajar a ese país y me compré Presas Fáciles, sin dudar un instante.
En Presas Fáciles, Prado se despoja de una de sus armas infalibles, el color. Pero nos recuerda que trabajando con blanco, negro y grises también puede alcanzar resultados fascinantes. El dibujo es realmente perfecto y si bien se nota bastante cuando Prado elabora los fondos en base a fotos, esto contribuye muchísimo a la sensación de realidad palpable y hasta incuestionable que quiere transmitir la obra. Porque en Presas Fáciles, el autor deja de lado también los elementos fantásticos. Ya no hay nada que no exista en la realidad posta, no hay pinceladas de realismo mágico, todo es absolutamente terrenal, prosaico, y cuanto más constatable resulte, mejor.
A través del artificio de una investigación policial, Prado nos cuenta el plan perfecto de un grupo de jubilados para vengarse de los banqueros que los cagaron como de arriba de un puente y se quedaron con sus ahorros de toda una vida allá por el 2008-2009, cuando se pinchó la burbuja inmobiliaria y la mentira de los créditos accesibles para todos. Como siempre que el sistema pega estos cimbronazos, los perjudicados fueron los débiles, los pequeños ahorristas, nunca los grandes garcas a los que les sale gratis incluso equivocarse y perjudicar -al punto de dejar en la calle- a miles de personas que confiaron en ellos. Prado abreva en los diarios, en los noticieros, en el pulso de la calle, y con eso urde una trama de fición que respeta a rajatabla las convenciones del “policial de procedimiento”. Y además encuentra espacio para darle onda y carnadura a varios personajes, principalmente a la protagonista (la inspectora Olga Tabares).
Esta vez, Prado no busca crear una obra maestra como en Trazo de Tiza o Ardalén. Se conforma con bajar línea acerca de las consecuencias de darle rienda suelta a la banca para que haga lo que se le da la gana… y de paso nos advierte que, si les tocás el culo, los septuagenarios y octogenarios también se pueden convertir en villanos jodidos y letales. Mirá lo espesa que estará la realidad en esta España gobernada hace años por la derecha más cabeza de Europa, que hasta Prado -que siempre descolló en la ciencia-ficción, en la comedia o en el realismo mágico- se mandó una obra 100% verídica, ambientada en 100% en el presente y prácticamente sin chistes. Obviamente le salió muy bien. Presas Fáciles es, además de un alegato bravísimo, una excelente novela gráfica.
Volvemos pronto con nuevas reseñas. ¡Hasta entonces!

jueves, 15 de febrero de 2018

JOYAS DE JUEVES

Días muy felices en materia de lecturas. La verdad que me topé con dos maravillas del Noveno Arte. Veamos.
Diagnósticos recopila seis historias cortas escritas por Diego Agrimbau y dibujadas por Lucas Varela, publicadas muy de a puchitos en la Fierro, entre 2008 y 2013. Como libro, esto es una garcha atómica, porque son apenas 47 páginas de historieta metidas en un libro de 72, repletas de carátulas magníficamente dibujadas por Varela, pero que si no estuvieran, la lectura no sería en absoluto menos satisfactoria y el producto sería mucho más barato. Para 72 páginas, faltaban por lo menos dos historietas más (o sea, dos años más, al ritmo que se produjeron estas seis).
Por suerte, las seis historietas son muy buenas y algunas incluso son excelentes, verdaderas cátedras de narrativa dibujada. Cuando lo tenés a Varela así de afilado, dispuesto a dibujar todo a ese nivel, te podés tirar tranquilamente a chanta con los guiones y la horda igual te va a comprar el libro. Sin embargo Agrimbau sube la apuesta TODO el tiempo. Arranca tranqui, con Agnosia, una historieta pensada para el lucimiento del dibujante. Y al toque te tira Claustrofobia, donde Varela se debe haber vuelto LOCO para plasmar en imágenes el desafío formal que propone el guión. Sinestesia es una historieta más “tradicional” si se quiere, pero no menos intensa ni atrapante que las anteriores. Afasia es mi favorita, la más jugada, la más perfecta, donde se ve de modo más claro la fusión molecular entre guión y dibujo, donde más cuesta imaginar que hay dos autores y no uno. Akinetopsia es la que menos me atrapó, a pesar de que gráficamente Varela prueba cosas loquísimas que le salen bárbaro. Y la última, Prosopagnosia, tiene un planteo tan bizarro y te genera tanta intriga desde el guión, que ahí el dibujo se ajusta (de nuevo) a un canon más clásico, con menos margen para la experimentación. Otra historieta memorable, que se te queda impregnada en las retinas mucho después de cerrar el libro.
Por suerte Diego y Lucas siguieron trabajando juntos y aún hoy siguen generando nuevos proyectos. Las historietas que integran Diagnósticos son brillantes… y además son sólo el principio en la ilustre historia de una dupla destinada a romper con todo. No te digo que son los Lennon y McCartney de la historieta argentina actual, pero casi. Son dos bestias que tienen un talento y un manejo del lenguaje del comic que no se ve todos los días ni por casualidad, ni acá ni en ningún otro país. Un orgullo, bah.
Me voy a 2015, cuando Marvel publica el cuarto y último TPB de los que recopilan la etapa de Matt Fraction y David Ajá al frente de Hawkeye. Y sí, la dupla banca hasta el final la patriada de crear un comic que –sin salir del mainstream- no se parezca nada al resto de los comics que se publicaban en su momento. En algún momento, los conflictos se resuelven por medio de la violencia y ganan los buenos. Esas son todas las concesiones que Fraction está dispuesto a hacer.
El resto es idiosincracia pura. Episodios enteros en los que no vuela ni un sopapo, un número en el que el foco está puesto en un dibujo animado (con el gran Chris Eliopoulos como dibujante invitado), una construcción pausada de un personaje (Barney Barton) que tendrá mucho peso en el desenlace, diálogos jugosos, escenas mudas impresionantes y la sensación inconfundible de estar leyendo una historieta novedosa, rupturista, adulta más allá de que transcurra en un universo donde medio mundo tiene superpoderes.
Se nota mucho que Fraction y Ajá se divertían haciendo este comic. Se desafiaban, tiraban tacos, caños, lujos. Tardaron muchísimo en realizar apenas 22 números (muchos de ellos sin participación del dibujante español) porque se colgaban buscando la vuelta rara, el truquito narrativo que nunca le habíamos visto hacer a nadie… y el resultado es realmente formidable.
Grossos también Matt Hollingsworth, cuya magia cromática le aporta muchísimo a una faz gráfica repleta de originalidad, y el tano Francesco Francavilla, que dibuja, entinta y colorea un episodio clave, profundo, emotivo, difícil de olvidar. Si no te genera un rechazo conceptual leer comics de Marvel, donde el protagonista es un miembro de los Avengers, acá te vas a encontrar 22 episodios coronados de gloria por dos autores empecinados en cagar a flechazos a cualquier prejuicio o preconcepto que traigas.
Gracias por estar ahí y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas.

martes, 13 de febrero de 2018

RESEÑAS DE CARNAVAL

Segundo feriado de Carnaval y vengo pisteando como un campeón. Mucha joda, pocas horas de sueño y ganas de liquidar las reseñas rapidito para apolillar un rato más.
Arranco en Francia en 2001, con el Vol.12 de las aventuras de Jack Palmer, el patético investigador privado creado por René Petillon. Petillon es un icono de la historieta francesa… que por algún motivo no trasciende las fronteras de ese país. Yo sospecho que tiene que ver con su dibujo, que tiene chispa, tiene ángel, pero se ve como una especie de mezcla entre Langer y Lauzier, sin la magia de ninguno de los dos. No son pocas las viñetas en las que Petillon parece no bocetar, no plantar el dibujo a lápiz, sino resolver de una con la tinta. Eso es lo que hace que el dibujo se sienta fresco, pero a la vez se notan más algunas limitaciones, sobre todo en la figura humana. Por suerte Petillon no se plantea dibujar a los personajes con ningún grado de realismo, con lo cual esa cierta torpeza es perceptible sólo para puntillosos y rompepelotas como yo.
El guión de L´Enquete Corse (que así se titula el álbum) es brillante. Es una sátira socio-política descarnada que le hubiese encantado firmar al otro René, al Más Grande. La trama policial es apenas una excusa para meterse a bardear, a mostrar con un humor picante y sin piedad el clima de violencia constante, la incoherencia política, la volatilidad ideológica de los distintos movimientos independentistas de Córcega. Si alguna vez te preguntaste por qué la islita donde nació Napoleón nunca se separó de Francia, Petillon te tira una respuesta muy convincente y de modo muy gracioso.
Tengo entendido que L´Enquete Corse es el más vendido y el más ovacionado por la crítica de los álbumes de Jack Palmer, así que si algún día decidís explorar qué onda este personaje, o qué onda René Petillon, no está mal arrancar por acá, como para ir derecho a la papa más fina.
Salto a Argentina, a 2017, cuando se publica Sudoku, una obra con dos guionistas y un dibujante. Los guionistas son Otto Zaiser (quizás el secreto mejor guardado de la historieta argentina actual) y Alejandro Farías, el prolífico y polifacético autor del que ya hemos reseñado pilas de libros. Y el dibujo es obra de Pablo Colaso, gran dibujante rosarino a quien ya nos habíamos cruzado en algunas antologías.
Sudoku arranca como una especie de 4 Segundos 2.0, y parece que va a girar en torno a tres amigos de veintipocos que están muy alzados y muy al pedo. Chistes, jodas, borracheras, persecuciones infructuosas de mujeres esquivas, nada que no hayamos visto 50.000 veces (incluso en la vida real), contado con mucha onda, muy buenos diálogos y el truquito de la grilla de nueve cuadros, que remite al juego del sudoku. Pero ya en el tercer capítulo, el foco de la historia se posa sobre Andrés, uno de estos tres adorables losers, y los otros dos pasan a ser personajes secundarios.
Y ahí la historia se anima a volar, a trascender la colección de anécdotas humorístico-patéticas vinculadas al levante. Farías y Zaiser deciden explorar a fondo la relación entre Andrés y Daniela, con sus avances y retrocesos, con los amigos y el abuelo haciendo el aguante… y con un explosivo regreso de Ema, la ex de Andrés, que cae con una bomba atómica: un hijo que viene en camino. En los últimos capítulos, el drama eclipsa a la comedia y al protagonista no le queda más opción que madurar, que hacerse cargo de un montón de cosas… y los guionistas se van a compadecer de Andrés, a cobrarle barato algunas cagadas, como para que el final tenga más sabor a empate que a derrota estrepitosa, de esas que fuerzan la renuncia del D.T..
En ese cambio de marcha reside el gran encanto, el poder hipnótico de Sudoku. Clones de 4 Segundos, se pueden escribir muchos. Obras como esta, muchas menos. Y por supuesto buena parte del mérito le corresponde a Colaso, acá en un estilo tipo Max Aguirre de hace unos años, cuando Max miraba mucho a Dupuy y Berberian. Colaso sorprende con un gran cuidado por los detalles, muchos hallazgos en las expresiones faciales, la capacidad de meter mucha información en viñetas chiquitas sin saturar, y un gran criterio para engamar las páginas con tonalidades de un sólo color, aplicadas con notable belleza plástica.
Recomiendo mucho Sudoku, espero ansioso una nueva obra de este trío tremendo y me despido hasta pronto. Ya volveremos, con nuevas reseñas.

sábado, 10 de febrero de 2018

BLACK PANTHER

Si sos negro, Marvel hizo esta película para vos. Si estabas harto de que las películas de superhéroes fueran comedias repletas de chistes, Marvel hizo esta película para vos. Si te copan las historias dramáticas, fuertes, con una mezcla entre tragedia shakespereana, machaca a todo nada, naves y locaciones futuristas y un toque de misticismo (o sea, si sos fan de La Casta de los Metabarones, por ejemplo), Marvel hizo esta película para vos.
A lo largo de 135 minutos, el director Ryan Coogler nos propone sumergirnos en un film que se parece poco al resto de las películas del Universo Cinemático de Marvel. La trama de Black Panther requiere un tono más serio, por momentos más solemne, más protocolar (recordemos que esto viene de Civil War, donde presenciamos la muerte de T´Chaka, rey de Wakanda y padre de T´Challa). La sucesión al trono de una nación africana que a simple vista parece pobre pero esconde las maravillas tecnológicas más zarpadas de este y otros mundos no es algo para ser resuelto a la ligera, y eso lo tienen muy presente los guionistas de Black Panther. También se nota que tienen bastante a mano los comics, sobre todo la etapa de Reginald Hudlin, que creo que es la que más se ve reflejada en la cinta. En general, es más popular la etapa de Christopher Priest (o la actual, con Ta-Nehisi Coates al frente), pero de los aportes de Priest, a Coogler y su equipo sólo les interesa el agente Everett Ross, a quien enfocan desde otro lado, para que no sea el personaje gracioso y nabo de la historia.
Ya escuché a más de uno putear porque T´Challa aparece como un personaje sin dobleces, demasiado noble, demasiado perfecto y poco expresivo. Bueno, muchachos, cualquiera que sea fan de la Pantera sabe que en los comics el personaje funciona así. De hecho, en la peli es un poquito menos frío, menos cerebral que en los comics. Y como en la etapa de Hudlin, el guión reserva un montón de escenas magníficas para Shuri, que levanta chapa como para protagonizar tranquilamente sus propias películas.
Otro logro de Black Panther es que se banca el desafío de meter tres villanos, algo que suele estropear las pelis de superhéroes, o que obliga a los guionistas a reducir a por lo menos un villano a un rol tan menor que resulta insultante (acordate de Rhino en aquella peli de Spider-Man). Acá el truco consiste en convertir a uno de los tres enemigos de T´Challa en un… oponente, un adversario, que cuando las papas queman posta, no descarta alinearse con el bando que más le conviene, que (en la segunda mitad de la película) es el de los buenos. No quiero dar muchos detalles pero sí, vas a ver el momento en el que los gorilas se hacen peronistas. El villano encubierto, el no obvio, resulta infinitamente obvio para cualquier fan de los comics de Black Panther, pero la verdad que no jode en lo más mínimo, porque es realmente atrapante la forma en que la peli lo reversiona y le da otro significado a su cruzada contra T´Challa.
Decorados, trajes, armas, efectos especiales… todo es majestuoso e hiper-original. Las peleas son fabulosas, los efectos especiales te detonan el ojete y la persecución de autos… probablemente sea la mejor que recuerdo haber visto en una pantalla. Allá por los ´90, se podía hacer películas íntegramente ambientadas en Africa y encargarle la música a Elton John o Phil Collins. Hoy, si hacés eso te linchan, así que en la banda de sonido hay infinitos raperos y hip-hopetes que no me emocionan para nada. Por suerte hay varios tracks que juegan a recuperar la música folklórica del continente negro, y ahí sí, hay maravillas también para los oídos.
Sin un personaje canchero, sin un actor hiper-carismático, sin chistes, sin bizarreadas demasiado over the top, con un palo brillante y certero contra el impresentable Donald Trump, casi sin conexión con el resto de las pelis de Marvel (recién en la última escena post-créditos alguien se acuerda de que Bucky había quedado encanutado en Wakanda), Black Panther te caga a palos durante 135 minutos que no se hacen largos, en absoluto. Y hasta se da el lujo de terminar con un sacudón tremendo al status quo del Universo Marvel al que los guionistas de los comics no se animaron nunca.
Ahora que DC tiene que estrenar un largometraje protagonizado en soledad por un héroe segundón que ejerce también como monarca de un reino oculto a los ojos de la Humanidad, en el que además (se comenta) aparecen tres villanos, le recomiendo a los guionistas de Aquaman que vayan a ver Black Panther 45 ó 46 veces y tomen nota. Si van por este lado, llegan a buen puerto, seguro.
Aguante La Casta de los Metabagrone.

jueves, 8 de febrero de 2018

JUEVES EN EL HORNO

Muy cagado de calor, me siento a escribir las reseñas de un par de libritos que me bajé en estos dias pegajosos.
Arranco con Orochi: Blood una obra del maestro Kazuo Umezu, un par de años anterior a Aula a la Deriva, mucho más breve y (para mi gusto) mucho más satisfactoria. Acá también Umezu juega a ponerte nervioso, a crear un clima que amenaza con asfixiarte, pero pela armas más lícitas que en Aula a la Deriva. Tres personajes bien definidos (todas mujeres), un conflicto bien marcado, un misterio, un elemento sobrenatural y con eso estamos. No hace falta frotar la lámpara cada 30 páginas para hacer aparecer nuevas bizarreadas.
La trama va in crescendo todo el tiempo, y tiene un volantazo zarpado en el medio y un giro absolutamente imprevisto en el final. Como en los mejores mangas de misterio/ terror, casi todo sucede puertas adentro, en el seno de una familia casi normal. Es apenas uno de los trucos que emplea Umezu para lograr que uno sienta a la historia de Orochi muy cercana, muy real. Y claro, el otro recurso es el armado de las secuencias, pensado para atraparte y llevarte de punta a punta del libro sin que quieras parar un segundo a cuestionarte qué carajo está pasando o por qué.
En sus peores momentos, el dibujo de Umezu parece el de un clon defectuoso de Harold Gray o Chester Gould. Por suerte hay pocos de esos momentos, muchos menos que en Aula a la Deriva. Y las viñetas más hermosas son las que tienen ese toque etéreo, sofisticado, esos primeros planos en los que Umezu se hace amigo de Guido Crépax. Tampoco hay muchas de esas, pero el promedio es muy digno y –como dije ya varias veces- lo mejor que tiene el dibujo de Umezu es lo bien que se pone al servicio del relato. Sigo en la búsqueda de otras obras de este increíble mangaka, cuya influencia en la historia del seinen es infinita.
De este manga (probablemente de 1970) me vengo acá cerquita, a Uruguay, para descubrir historietas también de los ´70, pero de Williams Geninazzio, más conocido como Gezzio. Allá por el 07/09/14 lo vimos colaborar en una antología reciente, pero este libro nos propone ir más atrás, al período más prolífico y más exitoso de Gezzio, cuando se desempeñaba como autor integral en varias revistas.
Casi todo el libro está dedicado a rescatar las aventuras de Santos Cruz, un gaucho bueno, valiente y ficticio que cabalgó por la entonces Banda Oriental allá por 1811. Santos Cruz se diferencia de la gran masa de las historietas gauchescas que pulularon durante décadas en ambas orillas del Río de la Plata por dos motivos: 1) por momentos Gezzio sube mucho el nivel de los bloques de texto y nos regala una prosa exquisita, con cierto vuelo poético, casi digna del mejor Robin Wood. Y 2) lo más interesante de Santos Cruz: las aventuras están vinculadas de modo muy orgánico, muy natural con la historia real, con lo que efectivamente sucedía en 1811 en la Banda Oriental. Gezzio le saca un gran provecho a la gesta del caudillo Artigas y toda esa primera etapa de la lucha contra los realistas está muy bien reflejada en un tramo de la serie. Después hay peripecias menores, en las que Cruz lucha con matreros, forajidos y hasta con un yaguareté, como para rellenar con algo las entregas semanales.
El dibujo de Gezzio es bastante derivativo. La verdad que se esfuerza poco por despegarse de la línea de Carlos Roume o de Arturo Del Castillo, y a veces se nota demasiado. En el episodio del yaguareté, también me encontré con viñetas que me recordaron muchísimo al Tarzan de Burne Hogarth (si hace mucho leés este blog, te acordarás de lo mucho que padecí aquellas historias). Lo mejor que tiene para mostrar Gezzio es lo que se ve en las primeras páginas, cuando mete muchas viñetas por página y adopta la maravillosa técnica creada por Del Castillo para meterle texturas al fondo de las viñetas. Más adelante, cuando cambia el diseño de las páginas para mostrar menos viñetas de mayor tamaño, se notan más los afanos a Roume y la narrativa no levanta un mayor vuelo. Así que me quedo con los primeros tramos, donde se aprecia más la rotura de upite por parte del autor.
Y en las últimas 20 o 22 páginas del libro, tenemos breves historietas en las que Gezzio abandona el estilo académico-realista para probar suerte en un estilo humorístico… Y tiene suerte. Suerte de que nadie le haya hecho juicio por daños irreversibles en el cerebro o las retinas. No sólo las historias son malísimas: también el dibujo se ve sumamente precario, con choreos alevosos a Mauricio De Souza, a los dibujantes de la Anteojito… Espantoso, bah. Por suerte son pocas páginas, con pocas viñetas por página. De todos modos está bueno que, en un libro tributo a un autor emblemático del comic uruguayo, haya un muestrario amplio, con material de distintas épocas y distintos géneros.
Y hasta acá llegamos. Prometo volver pronto, con la reseña de la peli de Black Panther, que ya la vi y me gustó mucho.

lunes, 5 de febrero de 2018

DOS GEMAS DE LUNES

Arrancamos la semana con dos obras muy recomendables.
Se reeditó en un libro alucinante Noelia en el País de los Cosos, la historieta de Ignacio Minaverry que debutara en 2011 en el suplemento de historietas de Télam y luego pasara por las páginas de Fierro. A nivel guión, Noelia es un poquito despareja: tiene momentos muy grossos, de alto impacto, tiene escenas tranqui bien dedicadas al desarollo de los personajes… en general avanza bien, a un ritmo razonable. Lo que menos cierra es cuando Minaverry frena el relato para explicar lo que está pasando, o lo que pasó previamente.
Toda la obra tiene un subtexto sociopolítico, es una gran alegoría acerca del rol del Estado en una sociedad y qué pasa cuando el capital concentrado se propone desguazar al Estado y privatizar la generación y la distribución de los bienes esenciales para la substisencia de los pueblos. Y la verdad que la jugada de mezclar esta bajada de línea con una aventura de viaje iniciático tipo Alice in Wonderland, condimentada con batallas épicas onda Lord of the Rings, le sale muy bien a Minaverry. El problema, los momentos más flojos del libro, llegan cuando el autor sospecha que el lector no va a entender las alegorías y las explicita demasiado. Mientras se mantiene sutil, Minaverry atrapa, seduce y hasta te hace reir, en esas escenas donde satiriza con fina mala leche a la izquierda dogmática, que de tanto desconfiar de los movimientos “populistas” termina jugando para los paladines de la desigualdad a los que dicen enfrentar.
Pero aunque el guión fuera un panfleto peroncho hiper-básico, o aunque no hubiese ni un personaje carismático (acá no hay menos de cuatro), o aunque la bajada de línea empantara totalmente a la aventura o viceversa, igual habría que recomendar Noelia en el País de los Cosos simplemente por la calidad de la faz gráfica, que es devastadora. A nivel visual, este es –lejos- el mejor trabajo de Minaverry, donde se lo ve más suelto, más cómodo, con más ganas de probar cosas nuevas. El color plano, clásico, muchas veces estridente, le juega muy a favor de lo que quiere contar. Las expresiones faciales y el lenguaje corporal de los personajes están ajustadísimos, la composición de las viñetas es infalible y aparecen guiños a varias tradiciones gráficas y narrativas de la historia del comic (ya no se puede encasillar a Minaverry como un autor “de línea clara”, o de tal o cual estilo). Lo que más se nota en la lectura de Noelia en el País de los Cosos es que, mientras la realizaba, el autor era muy feliz. Y eso no tiene precio.
Salto a EEUU, a 2015, para el Vol.2 de Silver Surfer de Dan Slott y Mike Allred (el Vol.1 lo vimos 04/01/16). Si el TPB tuviera sólo las primeras ocho páginas, ya valdría mucho la pena. Imaginate todo lo grosso que viene después. Slott explora a fondo el vínculo entre Norrin Radd y Dawn Greenwood, y lo bizarro que resulta ver a una chica humana, común y corriente, a bordo de la tabla del Surfer recorriendo las galaxias y metiéndose en kilombos que a menudo involucran a poderosísimos alienígenas. Esta vez Slott baja un poquito el nivel de la comedia, no se toma todo tan en joda, pero tampoco pasa a ser un comic oscuro ni circunspecto, porque siempre está ahí Dawn, como elemento disruptivo.
De los cinco episodios que ofrece el tomo, tres componen una saga en la que el Surfer se tiene que hacer cargo de su pasado como heraldo de Galactus, frente a frente con los habitantes de un planeta poblado por sobrevivientes de miles de mundos ingeridos por el devorador de planetas, luego de que el Surfer garantizara sus buenas condiciones bromatológicas. Y sí, maestro… Te guste o no, fuiste cómplice, partícipe necesario de innumerables genocidios perpetrados por tu jefe… que siempre está dispuesto a cometer un genocidio más, con tal de irse a dormir pipón-pipón. La saga de Newhaven lleva al límite no sólo el poder sino sobre todo la nobleza, la integridad del Silver Surfer, y el final que conjura Slott resulta brillante, absolutamente conmovedor, al nivel de las mejores historias en los 50 años de trayectoria del personaje.
Y el dibujo es de Mike Allred, coloreado por su esposa Laura, así que no hay demasiado para agregar. Como en todos sus trabajos sobra la onda, hay riesgos alucinantes en la puesta en página, las secuencias son potentes, todo está puesto para transmitir emociones y sensaciones y el ídolo muestra cada vez más recursos para que todo se vea lindo incluso cuando acelera y dibuja a las chapas. Voy por más Surfer, obviamente.
Y volvemos pronto, con nuevas reseñas.

viernes, 2 de febrero de 2018

SE LARGO FEBRERO

Nuevo mes y nueva tandita de reseñas acá en el blog.
Arranco en España, en 2005, cuando se publica Claus & Simón: Los Reyes de la Evasión, que sería (si no me equivoco) la tercera aventura de la dupla creada por Santiago Arcas y Daniel Acuña, y la primera pensada como álbum para Francia, en formato grande y a todo color (las dos primeras las había editado La Cúpula en blanco y negro y formato mucho más humilde, en la colección Brut). La verdad es que los muchachos se tomaron muy en serio el upgrade que significaba pasar a laburar para una editorial francesa y realizaron 46 páginas que superan ampliamente a lo que habíamos visto en las anteriores aventuras de estos personajes.
Los Reyes de la Evasión conserva los rasgos identitarios de los primeros albumcitos de Claus & Simón, pero claro, al agregar el color, el dibujo de Daniel Acuña (hoy muy conocido por sus trabajos para Marvel) cobra otra dimensión. Y al trabajar en un formato más grande, con más cuadros por página, también vemos cambios en la narrativa. Pero está lo más importante, que es la onda: el clima bizarro, ese juego casi sin reglas en el que puede pasar cualquier cosa, y el tono de comedia atorranta. Es una aventura, okey. Y hay peligros, y hay villanos, y hay romance, todo bien. Pero ante todo esto es una comedia, una farsa en la que Claus y Simón (que básicamente son eso, farsantes) se van enroscando hasta llegar al famoso punto del “estamos hasta las manos”.
Esta vez, todo gira en torno a una ciudad fascinada por los espectáculos de escapismo, donde los clones de Houdini constituyen el entretenimiento más popular y más masivo. Pero claro, hay mucha guita de por medio y no faltan las asociaciones ilícitas dedicadas a amañar las competencias entre escapistas, sin importar que estos tipos y minas se estén jugando la vida en esas trampas imposibles. Ahí van a parar Claus y Simón, para deleitarnos con una historia lineal, muy divertida, con diálogos muy ingeniosos, que tiene como principales méritos los de no tomarse a sí misma muy en serio y no pretender mucho más que brindarnos un ratito de entretenimiento. Hoy que tanto Arcas como Acuña están absorbidos por el laburo para EEUU, está bueno revisitar este hermoso álbum que marcó su desembarco en el mercado francés.
También leí Poncho Fue, la extensa y muy celebrada novela gráfica de Sole Otero. Se trata de una lectura fuerte, intensa, imposible salir de esa novela de la misma forma en la que uno entró. Con una honestidad y una sensibilidad para nada frecuentes en el comic cuasi-autobiográfico, Sole te sacude la estantería, te obliga a repensar todas y cada una de las relaciones de pareja en las que alguna vez estuviste envuelto. La única cagada es que no te deja optar: no hay forma de que seas vos quien elige quién es la víctima y quién el victimario. Sole te presenta la historia de modo que no te pueda quedar la más mínima duda. De hecho, sólo falta que al final del libro aparezca impresa la moraleja: “Chicas, no sean boludas como Lu y si se les cruza un forro como Santi mándenlo a la mierda a la primera de cambio...Chicos, no sean hijos de puta como Santi y si se les cruza una insegura como Lu no la psicopateen...”.
Sole banca a lo largo de las más de 200 páginas un estilo gráfico simple, bonito, amistoso, no muy distinto del que usa para sus historietas humorísticas o sus ilustraciones para libros infantiles. El guión, en cambio, pendula entre las escenas románticas, idílicas, y un infierno retorcido y jodido que se pone cada vez más heavy. El contraste que logra la autora entre estas escenas violentas, depresivas, a veces desgarradoras y el estilo ”bonito” es otro de los puntos muy destacables que tiene Poncho Fue.
Conozco a Sole desde hace… casi 20 años, cuando era una adolescente que quería dibujar manga, y la verdad es que nunca me imaginé que iba a alcanzar tan rápido la madurez como artista. Poncho Fue está narrada y dibujada a un nivel altíismo, y además es una obra sumamente rica para el análisis, pensada para trascender la mera experiencia de lectura. Entre otras cosas, porque pasan cosas, algo que hoy es casi una anomalía en este rubro de comics autobiográficos “confesionales” que tanto terreno ha ganado en los últimos tiempos. Espero ansioso el próximo trabajo de Sole Otero.
Ya tengo leído un librito más, así que pronto tendremos nuevas reseñas, acá en el blog. Hasta entonces.

martes, 30 de enero de 2018

COMPLETAMOS EL 11 INICIAL

Termina el primer mes de la novena temporada del blog con 11 entradas. Buen primer paso para llegar a la meta de las 120 durante los 365 días de 2018.
Arranco con The Shadow: Midnight in Moscow, una saga del famoso justiciero de los pulps publicada en 2015, que tiene como principal atractivo contar con guión y dibujos del maestro Howard Chaykin, autor de aquella miniserie del crucial 1986, que reimaginara al personaje para aquellos tiempos post-modernos. Ambientada sobre el final de 1949 y los primeros días de 1950, Midnight in Moscow no contradice nada de lo que vimos en la mini del ´86, pero tampoco es una precuela directa, ni tiene demasiada vinculación con aquel hitazo vanguardista y rupturista.
En la comparación, Midnight in Moscow pierde por goleada. Es una aventura mucho más lineal, menos compleja, sin sexo, ni drogas, ni groserías, con las muertes más escabrosas confinadas al “fuera de cuadro”, con una subtrama política demasiado light, sin la intención de revolucionar nada. La historia va para adelante con prolijidad, explicando todo perfectamente, y al final The Shadow desactiva con excesiva facilidad el plan de los villanos, que también adolesce de cierta falta de sutileza.
Lo más interesante son los bloques de texto que emplea Chaykin para describirnos cómo se vive esta época de pos-guerra (casi prólogo de la Guerra Fría) en las distintas ciudades por las que transitan los personajes: New York, Londres, París, Berlín y Moscú. Ahí el maestro enseña, baja línea y te genera interés como para que quieras saber más sobre cómo se transformaban las urbes y las sociedades en este período histórico puntual. También hay un personaje muy bien construído (la peligrosísima Dixie Teagarden) y no mucho más para rescatar…
Bueno, sí, el dibujo de Chaykin, que es majestuoso. Y la narrativa. Y el gran trabajo del colorista Jesus Aburtov y el letrista Ken Bruzenak (también campeón en el ´86). Esto hay que tenerlo para maravillarse con un trabajo de un equipo que en la faz gráfica te sale a matar en la primera viñeta y no hace más que mejorar a lo largo de los seis episodios. Visualmente, Midnight in Moscow es una joya de altísimo impacto, una cátedra de comic. Lástima el guión que se queda ahí, a medio camino, cuando todos sabemos que Chaykin puede aspirar a mucho más.
Notas al Pie, la primera novela gráfica de Nacha Vollenweider como artista integral, tiene un dibujo exquisito, de engañosa simplicidad, que despliega un notable poder de observación y una gran destreza técnica, ambas virtudes presentes en las obras anteriores de esta argentina hoy radicada en Alemania. Además introduce un recurso narrativo muy interesante, tan conspicuo que le da nombre al libro: Nacha narra con notas al pie, con numeritos que aparecen cuando un personaje (generalmente ella misma) menciona algo al pasar en medio de un diálogo ambientado en el presente, para luego abrir un capítulo aparte, un mini-relato que se desprende del troncal para explorar en detalle eso que originalmente se mencionó al pasar. Así, la trama central se va rodeando de estas acotaciones, a veces más descriptivas o explicativas que narrativas, con una técnica que le permite a la autora saltar del presente al pasado y de Alemania a Argentina de un modo sumamente dinámico y diáfano.
El problema principal de Notas al Pie es que la trama central pasa por una no-historia: un viaje en tren en el que Nacha y su esposa van conversando (de ahí las disgresiones que ameritan las distintas notas al pie) hasta llegar a Hamburgo, la ciudad donde viven, donde se ofrecen hospedar en su casa a una pareja de refugiados sirios, que llegaron a Alemania huyendo de la guerra. Fin. No hay una indagación en esta situación, no vemos a Nacha y Carina interactuar con sus huéspedes, no hay un conflicto para desarrollar ni nada que se le parezca.
Esto -que para algunos quizás no sea un problema pero para mí lo es- sucede también en las mini-historias que Nacha desarrolla en el formato de notas al pie. De estos breves relatos accesorios, el único que cuenta una historia fuerte, el único que me atrapó, es el de la abuela de Nacha, a quien la dictadura cívico-militar le secuestra un hijo y termina convertida en una de las primeras Madres de Plaza de Mayo. El resto son anécdotas muy menores, flashbacks a la época en que Nacha y Carina todavía eran novias, detalles superficiales de la vida en Córdoba o en Alemania, o al revés: la complejísima explicación de una red de parentescos que enlaza a Nacha con hombres y mujeres de origen suizo, algunos de los cuales vivieron también en Argentina.
En varios pasajes de estas mini-historias, Nacha prescinde de los diálogos y narra todo con su propia voz en off. Son casi siempre textos cortos, que podrían ocupar muchísimas menos páginas de las que ocupan, pero la autora decide darle mucho espacio a cada escena. Para esto opta por una grilla de dos viñetas por página, que es la que más se repite a lo largo de todo el libro. Como siempre digo, es la grilla que menos me gusta, la que menos transmite la sensación de estar asistiendo a una secuencia de imágenes, donde más le cuesta al lector hilvanar una viñeta con la siguiente. Mis páginas favoritas del libro son –claramente- las de tres o más cuadros.
Bueno, se hizo larguísimo. La seguimos pronto, con nuevas reseñas.

sábado, 27 de enero de 2018

DOS DE SABADO

Esta semana me distraje bastante con boludeces y le dediqué poco tiempo a la lectura de comics. Incluso se me complicó encontrar un ratito para reseñar las cosas que sí leí. Pero bueno, acá estamos.
Llegué al Vol.4 de Aula a la Deriva, el último tomo que tengo (son seis) de la saga setentosa creada por el sensei Kazuo Umezu. Y la verdad que ya está, no me da para salir a buscar los dos tomos que me faltan como si fueran el arca de la Alianza o las manos de Perón. Me bajé cuatro brolis de casi 400 páginas cada uno y en ningún momento me dio la sensación de estar frente a una obra maestra. Esto es divertido, es impactante, pero no va más allá de los cheap thrills que se le ocurren a Umezu para mantener la tensión siempre arriba.
De hecho, los cheap thrills de este tomo ya se pasan de bizarros, a la vez que sus consecuencias se van minimizando. En este tomo tenemos una avalancha de agua (como si fuera un tsunami pero caído del cielo), una invasión de hongos tóxicos, una especie de ojo monstruoso y gigantesco, el tercer o cuarto regreso de lo más parecido a un villano recurrente que tiene la serie y –en vez de un cisma político, cosa que ya vimos hace un par de tomos- un cisma religioso, que de nuevo logra dividir a los chicos de la escuela en dos bandos enfrentados y radicalizados al punto de cagarse a palos entre ellos. Nada, en el próximo tomo a Umezu no se le van a ocurrir nuevos cataclismos para que sufran los chicos y los va a teleportar a la Argentina de Macri, a ver si de esta también zafan…
El dibujo, como ya es costumbre, está muy sobrecargado de rayitas y texturas, con algún que otro tropiezo en los primeros planos. Lo mejor que tiene Umezu nos lo muestra en las ilustraciones que abren cada capítulo y por supuesto en la narrativa, que es su punto fuerte. Si algo no se puede discutir es la efectividad de esta bestia en el armado de las secuencias y la elección de los planos para mantenerte siempre involucrado con la historia. Pero bueno, no siempre alcanza. Por ahora, me bajo acá.
Vamos con Byron P.D., una novela gráfica de autores argentinos que en 2017 se publicó tanto en nuestro país como en Francia. Esto tiene un gancho irresistible, que es el dibujo de Rodrigo Luján. No se puede creer lo que dibujó acá esta bestia del Noveno Arte, no hay forma de compararlo con ninguno de sus trabajos anteriores, porque les pasa el trapo de un modo demasiado grosero. Los climas, los encuadres, el laburo en los fondos (exigente, porque la historia está ambientada en la Londres victoriana) y los estallidos de acción son lo más destacable dentro de una faz gráfica absolutamente cautivante. No tengo dudas de que esto hay que comprarlo sí o sí por los dibujos, y después ver qué onda el resto.
¿Y qué onda el resto? A ver… imaginate un John Constantine un toque más poderoso, sacale el pucho, el escabio, las puteadas, los amigos y las novias y ahí tenés a Ian Byron, el protagonista de la novela. El guión de Alberto Moreno deja entrever que el personaje esconde un secreto grosso (probablemente un origen vinculado a la divinidad) pero lo cierto es que adolesce de una cierta falta de onda, se lo ve un poquito blando en comparación con lo bien definidos que están la época, el conflicto y obviamente el aspecto visual. Y la trama está bien, tiene sorpresas, tiene amenazas grossas, los diálogos son muy buenos… para una primera aventura de un personaje nuevo se la re-banca. Pero claro, investigadores de casos paranormales ya hay tantos, que por ahí hacía falta algo más para darle a Byron un vuelo, un filo, algo que lo eleve, que lo distinga de la horda de tipos con sobretodo largo que se entreveran con fantasmas y gente poseída por demonios.
Otro aspecto positivo de la novela es que es perfectamente apta para chicos y adolescentes. Esto se lo podés dar a cualquier pibe que flashee con Harry Potter, Percy Jackson o Amuleto, porque es apenitas, mínimamente más dark. O sea que puede funcionar perfectamente como puente entre un material más infanto-juvenil (Fuerza Mosca, por nombrar otra obra de Moreno) y un comic de onda dark fantasy como los que publicaba Vertigo en lo ´90, si se quiere.
Y hasta acá llegamos. Vuelvo la semana que viene con más reseñas.

martes, 23 de enero de 2018

TRIPLETE DE MARTES

Arranco con un libro editado en 2003, Puntos Cardinales, que recopila cuatro historias cortas realizadas en los ´90 por el maestro Enrique Sánchez Abulí junto a Josep Martín Sauri, autores también de La Mariposa y la Llama, una novela gráfica que durante años fue un clásico de mesa de saldos.
En la primera historia, ambientada en la época de las cavernas, Abulí juega a narrar sin textos un relato sencillo, perfectamente ajustado a las 10 páginas que tiene que cubrir. La segunda es mucho más rara: 14 páginas protagonizadas por rusos y chinos… con los diálogos en ruso y en chino. Son diálogos sin los cuales la historieta no se termina de entender, pero están en idiomas que ningún cristiano en su sano juicio comprende. Muy raro. La tercera es una historia cruel y violenta, que podría haberse narrado en menos páginas. Y la cuarta historia es la que nos da eso que tanto nos gusta a los fans de Abulí: 12 páginas a pura mala leche, con tiros, muertes y lo peor, lo más miserable y abyecto de la raza humana. Obviamente es la historia que más me gustó.
Los dibujos de Sauri varían mucho de historia a historia. La tercera, de ambientación medieval, es la que más se acerca al Sauri que me gustaba a mí en los ´80, ese dibujante de trazo finito, barroco, elegante, cercano al mejor Harold Foster, al mejor Barry Windsor-Smith y al mejor Alcatena. En las dos primeras historias, el dibujante le pone todo a la narrativa, se juega a lucirse a full en ese rubro y escatima su virtuosismo, se disfraza de un típico dibujante de historieta de aventuras que maneja muy bien el blanco y negro (un Gustavo Trigo, ponele). Y en la última vuelve a experimentar, esta vez con un claroscuro extremo, hiper-cargado de masas negras, un intento de agarrar para el lado de Alack Sinner o de Sin City, con resultados no del todo convincentes.
En definitiva, un tomito prescindible, con cosas para rescatar y cosas para criticar, recomendado sólo para los hardcore fans de Sánchez Abulí.
Vamos con Intro, la novela gráfica de Alexander Duré publicada en Argentina en 2017 y… pará: ¿otra vez la historia del pibe común que pasa accidentalmente a otra dimensión donde lo esperan como si fuera El Elegido para que libere a los sojuzgados? Sí, de nuevo. La gracia de Intro no reside en la historia que nos cuenta (que es esa, que ya leímos chotocientas veces, del pibe que se convierte en héroe de un mundo extraño en el que juega de visitante) sino en cómo nos la cuenta: la dimensión a la que cae Gavin es la de un videojuego de principios de los ´90, y Duré va a fondo en la exploración de la ambientación que elige para la obra.
No sólo Gavin tiene que luchar como se luchaba en los videojuegos de los ´90 (que yo desconozco, porque nunca pasé del Atari), sino que además la lógica del argumento avanza como en un videojuego, los personajes con los que interactúa el protagonista son típicos personajes de videojuego, y -por si fuera poco- la estética del libro (y del comic-book que le sirve de prefacio) también está milimétricamente tomada de los videojuegos de aquella época. Esto último es lo más increíble: leí casi 100 páginas dibujadas por Alexander Duré y no tengo la menor idea de cómo dibuja Alexander Duré, porque lo único que veo en Intro es una mímica perfecta, milimétrica, de los gráficos de los videojuegos de hace 25 años.
La narrativa está muy bien planificada, el color es extraordinario, hay algunos diálogos ingeniosos y en general está todo pensado para que el fan de los videojuegos clásicos sea inmensamente feliz y el que tiene cero cultura de videojuegos se entretenga con una aventura muy básica, muy lineal, pero no por eso torpe o precaria. Quiero ver cuanto antes otras obras de Duré, a ver si descubro cómo dibuja.
Allá por el 16/09/15, me tocó reseñar el Vol.1 de Black Science y terminé por definir a esta serie de Rick Remender y Matteo Scalera como “una especie de versión oscura y malalechística de los Fantastic Four, que no se lee como un comic de superhéroes, sino como uno de ciencia-ficción ido al carajo”. Ahora leí el Vol.2 y reafirmo esos conceptos. Además aplaudo a Remender por bancar la decisión de que no sea una de “buenos contra malos”, por los diálogos y los bloques de texto, que están buenísimos, y sobre todo por darnos cinco episodios a un ritmo frenético, difícil de sostener a lo largo de tantas páginas.
Este tomo de Black Science no da respiro, es un comic de palo-y-palo que no se puede soltar hasta llegar al final, y si hay algo para criticarle es que se lee muy rápido y que, si no leíste el Vol.1 (o no te lo acordás) cuesta un huevo entender qué está pasando y por qué. El dibujo de Scalera es demoledor, trasciende ampliamente la notable influencia de Sean Murphy para tirar pases mágicos que me recordaron también a Rafael Albuquerque, Alex Niño y hasta a Alfonso Azpiri. El glorioso Dean White ascendió al Olimpo de los coloristas con su labor en Black Science y es en buena medida responsable de que esto se vea tan bien, y sobre todo tan distinto al resto de los títulos que pululan por el mercado americano. Eventualmente le entraré al Vol.3, porque la serie me terminó de atrapar.
Torniamo presto con nuevas reseñas. Gracias por el aguante.

sábado, 20 de enero de 2018

VAMPIROS: SABLE NOIR

Como quien no quiere la cosa, casi en secreto, el sello OK Books (con sede en Uruguay y olor a multinacional) publicó en 2015 los dos tomos de Vampiros: Sable Noir, una antología originalmente surgida en 2009 en la editorial francesa Dupuis. Esto se distribuyó en Argentina, pero no recuerdo haberlo visto nunca ni en comiquerías ni en librerías. Básicamente, cada uno de los dos tomos ofrece tres historias autoconclusivas, de 24 páginas cada una. Y vamos a ver qué tal están.
La primera es decididamente floja. El guión de Denis-Pierre Filippi es remanido y su único giro mínimamente interesante llega cuando faltan seis páginas para el final. Al dibujo de Patrick Laumond le falta fuerza, le falta originalidad, le falta filo. Lo mejor que tiene aparece cuando llegan las secuencias sin texto, en las que el protagonista se mueve en silencio, pero tampoco hay que esperar gran cosa.
La segunda tiene unos dibujos magníficos, a cargo de Tommy Redolfi, un artista francés a quien no conocía y del que me acabo de hacer fan. Con influencias de Chabouté, McKean y Proudhomme, una narrativa infernal y un manejo del color fascinante, Redolfi se pone al hombro un guión confuso. Pareciera que Sylvain Ricard trabajó un montón en darle forma a una idea copada y después trabajó un montón más en buscar el modo de contarla “raro”, para que nada de lo que pasa se termine de entender.
En la tercera historia, Denis-Pierre Filippi levanta bastante la puntería. Encuentra un recurso que lleva al límite y que le permite darle onda y emoción a una trama a priori muy hablada, muy pensada, con poco margen para mostrar acción. Lo complementa en los dibujos el ídolo yanki Steve Lieber, sobrio, sin descollar, pero muy compenetrado en sacar adelante el jueguito narrativo que inventa el guionista.
El Vol.2 arranca con la cuarta historia, una buena idea de Alcante que se podría haber contado en 16 páginas en vez de 24, pero igual se disfruta, porque está bien contada y porque un tal Matteo (una especie de versión más moderna de Rosinski o de Solano López) la rompe en los dibujos.
La quinta historia es la más zarpada, la que nos propone sumergirnos en el submundo del alcohol, las drogas y el sexo salvaje, para explorar el costado más seductor del mito vampírico. El guión está a cargo del siempre efectivo Philippe Thirault y el dibujo, en las solventes manos del catalán Guillem March. Acá todavía no aparece el mejor March, que para mi gusto es el que arranca en 2011 (o por ahí) cuando desembarca en DC, pero es un muy buen trabajo, con un lucimiento realmente notable en el coloreado.
Y la sexta y última historia tiene dos guionistas (uno de ellos es el gran Jean-Paul Krassinsky) pero es tan chota que no se puede leer. El dibujante (Michel Durand) no es malo: es una especie de R.M. Guéra que labura a desgano porque tiene que meter 11 ó 12 viñetas por página y encima después viene un colorista a tratar de opacarlo. Pero el guión es un desastre, no lo salva ni esa orgía que dura cuatro páginas.
La verdad que el tema de los vampiros da para bastante más de lo que ofrece esta antología, sobre todo cuando tenés la posibilidad de convocar a autores talentosos de Francia, España, Italia y EEUU. Ah, y al genio británico Dave McKean para que ilustre la imagen que sirve de portada para ambos tomos.
Volvemos pronto con nuevas reseñas. Gracias y hasta entonces.

jueves, 18 de enero de 2018

JUEVES TRANQUI

Mientras estalla cada 15 minutos un bolonki nuevo, yo sigo leyendo y reseñando comics, como si fuera el verano más tranqui de mi vida.
Hace no mucho, el 24/11/17, me tocó comentar el Vol.1 de la serie de She-Hulk escrita por Charles Soule, y ahora voy por el segundo y último tomo. El Vol.1 estaba bueno, el Vol.2 es prácticamente una joya. Los guiones son mejores, los conflictos son mejores, los diálogos son mejores y la resolución al plot que venía colgado del Vol.1 (el famoso Blue File) es buenísima. Soule se da todos los gustos, incluso el de presentarnos tres episodios en los que prácticamente no hay violencia. Es la trilogía del juicio a Steve Rogers, claramente el punto más alto de la etapa de Soule (que en la vida real también es abogado) al frente de esta serie. A lo largo de todo el tomo, el guionista desarrolla la química entre She-Hulk y Hellcat, pero además en esta trilogía se integran perfectamente al elenco Steve Rogers y Matt Murdock, dos personajes cuya dinámica con Jennifer y entre sí funciona como si Soule los hubiese escrito todos los meses durante 20 años.
Por si faltara algo, en este tomo hay un sólo dibujante y es Javier Pulido, un virtuoso del dibujo y sobre todo del armado de las secuencias, del manejo del tiempo narrativo. Pulido sabe cuándo romper todo y salir a buscar decididamente el impacto, pero también sabe cómo engancharte en las escenas en las que sólo vemos gente conversando. Mezquina poco los fondos, se mata en los flashbacks a los ´40 y los ´80, es en buena parte responsible de que los momentos de comedia que propone el guión lleguen a buen puerto, y además encuentra un complemento ideal en los colores de Muntsa Vicente. Creo que aunque no te interese en lo más mínimo She-Hulk, si te gustan los buenos dibujantes vas a ser muy feliz con este trabajo de Pulido, a quien me gustaría volver a ver en un proyecto que lo tenga como autor integral.
En 2017, el investigador y guionista Julián Oubiña Castro se probó también la pilcha de editor y produjo una antología de 200 páginas titulada Hora Tres. La misma combina historietas con textos muy interesantes acerca de la historia de la historieta argentina (extensos, sesudos, siempre necesarios), algunos co-escritos por Oubiña Castro y Ricardo De Luca, y uno muy largo escrito por el maestro José Muñoz, en el que toca un montón de temas, repasa toda su carrera y hace que lo admiremos aún más.
Pero vamos a las historietas: La primera es una obra del ya fallecido Luis García Durán, con un argumento muy remanido y un dibujo… no berreta, pero sí por debajo de las posibilidades del maestro. Trampa Cósmica, del legendario Alfredo Grassi y Ernesto Melo, tiene una cantidad de texto que la hace ilegible y que le resta lucimiento a los esfuerzos de Melo por dibujar parecido al Moebius de mediados de los ´70. Roberto Barreiro y Edu Molina aportan una historia que se hace larga porque la idea daba para mucho menos que las 10 páginas que ocupa. Por suerte el dibujo es magnífico. García Durán reaparece con una historia mil veces mejor dibujada que la primera del tomo, más corta y más original. Al Servicio de la Impunidad, de un tal N.N., es interesante a nivel plástico, pero catastrófica a nivel narrativo. Otros dos maestros de la línea clásica, Jorge Morhain y Juan Dalfiume, aportan un unitario bélico impactante y conmovedor, que atrasa un poquito (se nota que es de los ´70) pero todavía pega fuerte. Y una de las luminarias del panorama argentino actual, Renzo Podestá, se manda 22 páginas de una historieta totalmente adictiva (lejos lo mejor de la antología), que funciona como presentación de personajes a los que ojalá volvamos a ver muy pronto.
Y dejo para el último párrafo las cinco (!) historietas escritas por el propio Oubiña Castro. Mobiüs Crux es un pastiche insostenible, pobre remedo de las buenas historias de espada y brujería de los ´70 y ´80, muy lastrada por un dibujante que puso todo pero no le alcanzó. El Revés de la Trama, con dibujos de Hernán Castellano, se choca con sus propias pretensiones y con un dibujo que tampoco está a la altura de lo que pide el guión. La breve El Otro Espejo, en colaboración con Laura Gulino (dibujante emblemática de la revista Intervalo de los ´80) es una historieta sin conflicto, muy bien resuelta, que aprovecha plenamente el período histórico en el que está ambientada. Y también junto a Hernán Castellano, hay otras dos historietas interesantes: el western Los Actos de Codicia (buen guión, con algunos problemas en el armado de las secuencias que entorpecen un poco el flujo del relato) y la breve Ubi Sunt, algo así como una historieta romántica sumamente efectiva, y en la que más se luce el dibujo de Castellano. Claramente, el día que se mande una historieta larga en ese estilo y conservando ese nivel de calidad en figuras y fondos, Castellano está destinado a convertirse en una figura de primera línea, capaz incluso de romperla a nivel global.
Y hasta acá llegamos hoy. Volvemos pronto, obviamente, con más reseñas.

lunes, 15 de enero de 2018

LECTURAS DE VERANO

Sigo leyendo a buen ritmo y esta vez reincido con una dupla a la que visitamos allá por el 10/05/13: el inmenso Víctor Santos como guionista y el sólido Pere Pérez, hoy absorbido por el voraz mainstream yanki, como dibujante. Pero por suerte Ragnarok data de 2012, cuando todavía era posible que estos autores produjeran obras de calidad con el mercado español como principal destinatario.
La historia de Ragnarok es ampliamente conocida por cualquiera que sepa algo de mitología nórdica. Lo que hace Santos es, básicamente, convertir aquel relato mitológico en un comic de 56 páginas, con algunos cambios menores pero interesantes, como el de convertir a Fenris en un licántropo, en lugar de un lobo gigante. Los personajes son, obviamente, los dioses asgardianos y sus tradicionales enemigos, enfrentados en un combate a todo o nada, en el que está en juego el destino de los nueve reinos.
Por supuesto la idea de Santos es no hacer las concesiones que suelen hacer los guionistas de los comics de Thor. Acá los textos son duros, a veces extensos, escritos en un castellano clásico, casi arcaico, y cuando los hechos que narra la historia así lo requieren, se repliegan a las márgenes para dejar paso a las imágenes. El nivel de violencia también supera ampliamente al del típico comic de superhéroes. Estos personajes míticos no tienen ningún drama en decapitarse entre ellos, arrancarse la piel, morfarse unos a otros, mutilarse… Un vale todo sumamente sangriento, complementado por otros elementos infrencuentes en los comics de “buenos contra malos” como son las orgías y las violaciones. Más allá del impacto, de las atrocidades y de la fidelidad al material clásico, Santos logra que su epopeya nos involucre y nos conmueva, e incluso que hinchemos por los Aesir, cuando es obvio que sin la chispa de Loke (no “Loki”) nada de esto sucedería y no habría epopeya para narrar.
Pérez ofrece unas páginas magníficas, generosas en detalles, con un blanco y negro potente, muy bien complementado por los grises que le agrega Marc Pérez. Por momentos parece un Carlos Pacheco un poco menos plástico, menos suelto en la anatomía y las expresiones faciales, pero mucho más jugado a la hora de la puesta en página y la planificación de las secuencias. Si te gusta la machaca a niveles mitológicos, no dejes de entrarle al Ragnarok de Santos y Pérez.
En las antípodas de la epopeya se encuentra Lo Salvaje, esta recopilación de anti-aventuras escritas y dibujadas por el notable Pablo Vigo. Como en las historias de Adrian Tomine, acá nos encontramos con tramas bastante elaboradas, que tienen la particularidad de terminar en lugares imprevistos, mucho antes de que se resuelva el conflicto, mucho después, o incluso sin siquiera llegar a explicitar cuál es el conflicto. Vigo se nutre de miserias, bizareadas o boludeces de la vida real, pero no se queda en el costumbrismo. Sus historias logran darle una vuelta de tuerca novedosa, a veces bastante perturbadora, a la vida cotidiana de chicos y chicas, casi todos con algún mambo psicológico complicado.
La vuelta al perro para que haga caca, los mensajitos de texto, la conversación futbolera en el ascensor con gente apenas conocida, el bullying en el colegio, el garche con la novia, el paseo con los sobrinos… todo se puede convertir en una situación espesa, retorcida, tensa, al filo de la sordidez, si la miramos desde la óptica de Vigo. Lo mejor que tienen estas anti-aventuras son el trabajo en los diálogos y la voz en off, recursos con los que Vigo nos mete en la cabeza de personajes que expresan poco con las caras, fieles a los preceptos gráficos de Tomine, Chris Ware o el Daniel Clowes de los últimos años. Con esos tres referentes (más alguna cosita de Beto Hernández en Encuentro Cercano, que parece estar dibujada años antes que las otras hsitorietas) tenemos el armazón visual y narrativo sobre el cual Vigo construye una identidad gráfica propia, muy funcional a las historias que cuenta y a la que le sienta muy bien tanto el color sin restricciones de Salto o Carnaval, como el color hiper-acotado de Mateo.
Lo más raro de todo es que Lo Salvaje sea el primer libro de Pablo Vigo que se edita en Argentina, ya que se trata de un autor con unos cuantos años de trayectoria, que cosechó fans a lo pavote a fuerza de originalidad, talento y una destreza técnica apabullante, infrecuente en los historietistas de todas las generaciones y de todos los países. Si todavía no lo tenés en tu mapa de artistas a seguir, no dejes de darle una posibilidad.
Volvemos pronto con nuevas reseñas. Gracias y hasta entonces.

jueves, 11 de enero de 2018

OTRA NOCHE DE CALOR

Sigue la ola de calor en Buenos Aires (lo ilógico sería que tuviéramos esta temperatura en Julio, no?) y yo sigo acá, al pie del cañón, con nuevos libros para reseñar.
El Vol.1 de Jupiter´s Circle retoma a varios de los personajes “viejos” de Jupiter´s Legacy (ver reseña del 09/03/17), pero nos lleva 40 ó 45 años al pasado, cuando Sheldon, Walter y el resto de los superhéroes todavía son jóvenes y están en su mejor momento a nivel popularidad. Es una especie de Silver Age en la que este mundo imaginado por Mark Millar vive un idilio con sus superhéroes, considerados celebridades e idolatrados como si fueran los Beatles.
Acá el siempre astuto Millar hace un pase de magia digno de Astro City y, en vez de centrar los conflictos en las luchas de estos héroes con villanos, alienígenas o catástrofes naturales, pone el foco en la vida privada, más precisamente en la vida sentimental de los impolutos integrantes de The Union. Los dos primeros episodios están centrados en Blue Bolt, un héroe al que diversos factores le complican blanquear su homosexualidad. En los dos siguientes, nos metemos en la intimidad de The Flare, un casi cuarentón, casado y con hijos, que se enamora de una chica de 19 años sin superpoderes. Y para el final, un triángulo amoroso que enfrentará a Skyfox con Brainwave, o en realidad con Walter Sampson, cuando la novia del primero lo deja para casarse con el segundo.
A esta altura, Millar ya es un especialista en buscarle a los superhéroes vueltas que los otros guionistas no encontraron o no supieron explotar, y esta obra no es la excepción. Con unos diálogos maravillosos y un equilibrio exquisito entre drama y comedia, el escocés nos ofrece toda otra mirada, le agrega toda otra dimensión al clásico grupo de héroes de la Silver Age en el que todos son copados, intachables y confían plenamente el uno en el otro. Si no te hiciste fóbico a las capas y los antifaces, no tengo dudas de que te va a atrapar.
El dibujo se lo reparten Wilfredo Torres y Davide Gianfelice, dos muchachos de comprobada solidez, ambos jugando a encontrar la dosis justa de homenaje a Mike Sekowsky o Carmine Infantino, como para que se note la referencia retro, pero sin espantar a los lectores jóvenes, que descubrieron a los superhéroes en este siglo. Ni bien vea barato el Vol.2, lo capturo.
Me voy a la jungla de Chiapas, en México, de la mano de uno de los libros más raros editados en Argentina en 2017. En las 110 páginas de Subcoman-
dante Marcos, Ian De Biase se propone convertir en historietas fragmentos de discursos, cartas y comunicados atribuídos al líder (o por lo menos a la “cara visible”) del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, un personaje cautivante, que no sabemos si existió en la realidad, o si fue una construcción colectiva del EZLN.
El dibujo de De Biase es hermoso, y capta a la pefección la belleza de los paisajes en los que transcurren estas no-historias. Ahí está lo raro del proyecto: la mayoría de los textos no cuentan historias, sino que son mensajes a los pueblos sojuzgados, bajadas de línea adornadas con una prosa increíble, con un nivel de elaboración y un vuelo poético impensado para lo que habitualmente nos muestran los medios cuando aparece en escena una organización guerrillera del Tercer Mundo. Y claro, por más florida y sofisticada que sea la prosa, siempre está la dificultad de fragmentarla para convertirla en bloques de texto, y de elegir imágenes que las acompañen, y de armar con eso viñetas que se ensamblen entre sí para componer una página de historieta.
De Biase se mete en un berenjenal importante al elegir textos no narrativos, y sobre todo al decidir que no va a ilustrar simplemente estos textos, sino que los va a convertir en historietas. Y se la banca bastante bien, la lectura no se hace densa ni farragosa. El mejor momento llega cerca del final, con la aparición de Don Durito, en cuatro páginas donde por fin los diálogos reemplazan a los bloques de texto y De Biase puede encarar una narrativa más típica de comic, sin dejar de hablar de los ideales revolucionarios del EZLN. Y el último segmento, esa historieta de 29 páginas en las que el Subcomandante Marcos anuncia el fin de sus apariciones públicas y pone en duda su propia existencia, es también memorable por la calidad de los dibujos de De Biase y porque es el texto menos “inspiracional”, menos chamuyero, más explícito, en el que más claro queda por qué y contra quién se sublevó este ejército.
Si sos fan de estos tipos que un día decidieron hacerse soldados para que ya no sean necesarios los soldados, y te conmueve el mensaje de dignidad, de lucha, de confrontación a todo o nada contra la miseria, la deshumanización y el sometimiento que nos propone todos los días la derecha neoliberal, ponete el pasamontañas y unite a Ian De Biase en esto que más que una novela gráfica es un canto de esperanza, de rebeldía, de amor por los semejantes.
La seguimos pronto, ni bien tenga un par de libros más leídos. ¡Hasta entonces!

martes, 9 de enero de 2018

NOCHE DE MARTES

Otra noche calentita, de esas que invitan a echarse como una morsa abajo del ventilador de techo y no hacer un carajo… Pero bueno, quiero avanzar con las reseñas, así que acá vamos.
Allá por 1993 se editó en España el álbum Firmado: Mister Foo, segunda entrega de la serie Las Memorias de Amorós. En las hsitorias que componen Las Memorias de Amorós, el maestro Felipe Hernández Cava (quizás el mejor guionista de comics que nos dio España en el Siglo XX) combina el clásico thriller detectivesco con una faceta testimonial, en la que se anima a contar historias reales y dolorosas vinculadas a distintas tragedias socio-políticas que vivió la Madre Patria en el siglo pasado. El protagonista es Angel Amorós, un periodista ya anciano, que narra sus memorias y revive algunos de los casos más impactantes que le tocó cubrir o investigar. Y en este tomo en particular, una pesquisa periodística vinculada a un crimen ocurrido en Madrid en los años ´20 termina por enredar a Amorós en una trama política que tiene que ver con Filipinas y más precisamente con el proceso de descolonización de esta isla, que durante siglos perteneciera a la corona española.
Es una clásica trama de misterio, con pistas que van llevando al protagonista a meterse con gente cada vez más pesada, con una femme fatale argentina que agrega ambigüedad al asunto, y con una decisión bastante extrema por parte de Hernández Cava, que consiste en no revelar nunca la identidad de Mister Foo. Por distintos motivos, Amorós se convence de que hay que dejar la investigación en un punto y no indagar mucho más. Y de ahí, la historia pega un salto a la Guerra Civil Española, a un epílogo en el que el guionista le da una vuelta de tuerca brillante al personaje secundario más atractivo que tenía el libro.
No nombré todavía al dibujante, que es un genio poco difundido de este lado del Atlántico: Federico del Barrio, un autor que arrancó su carrera con una impronta sumamente experimental y en este trabajo, ya más maduro, parece una versión más moderna, más “edgy” de Alfonso Font o Leopoldo Sánchez. Del Barrio maneja a la perfección la documentación histórica, la composición de las viñetas y una inagotable variedad de recursos para transmitir todo tipo de sensaciones y crear todo tipo climas con blanco, negro y grises. Excelente trabajo de este talentosísimo historietista madrileño, que tiene varias obras en dupla con Hernández Cava, una más maravillosa que la otra.
Saltamos a Argentina, 2017, para leer La Fuente de las Cagadas, una nueva novela gráfica de El Waibe que, al igual que Defecaciones Humanas (ver reseña del 19/08/16), está protagonizada por un tipo con cabeza de culo, capaz de producir ingentes cantidades de mierda. Esta vez tenemos un relato más clásico, menos bizarro que Defecaciones…, obviamente con un elemento totalmente distorsivo, que es este “cabeza de culo”, nada menos. El Waibe convierte a este personaje en un escultor que vive en una ciudad europea del Siglo XIV, en pleno auge de la peste negra, una pandemia que mató aproximadamente a un tercio de los europeos que vivieron entre 1346 y 1361.
La trama avanza a un ritmo raro: por momentos acelera, por momentos se ralentiza intencionalmente, en algún pasaje amaga con colgarse en una historia romántica, o con irse para el lado del apocalipsis zombie, o con enredarse en una diatriba acerca del arte, la fuerza creativa y la sensibilidad del artista. Pero avanza, llega a buen puerto, aprovecha a pleno el contexto histórico y si tiene un punto flojo, quizás sea la decisión del autor (por lo menos polémica, no sé si desacertada) de hacer hablar a estos hombres y mujeres de la Europa medieval con términos que usamos los porteños del Siglo XXI.
La narrativa es increíble, y sí, El Waibe se pone las pilas para dibujar una ciudad del medioevo. En ese estilo que oscila entre la sobrecarga enfermiza de rayitas y ese trazo hiper-suelto al filo del mamarracho, el autor encuentra un registro gráfico sumamente efectivo para lo que nos quiere narrar, en el que se ven algunas cositas del Joann Sfar más zarpado, o más apurado.
La Fuente de las Cagadas no es un comic pensado para gustarle a todo el mundo, obviamente, pero no le faltan méritos para seducir a buena parte de los lectores abiertos a descubrir nuevos autores, nuevas estéticas y nuevas formas de contar buenas historias.
Volvemos pronto con más reseñas. Gracias y hasta entonces.

sábado, 6 de enero de 2018

RESEÑAS DE SABADO POR LA NOCHE

Hermosa noche para salir a atorrantear por ahí, y mañana pinta un gran día para levantarse tarde y no hacer una goma. Así que antes de salir, les dejo unas reseñitas…
Mal y tarde retomo la lectura de American Vampire con el Vol.6 (el Vol.5 lo vimos un lejano 28/07/15), un tomo raro porque recopila los dos one-shots que salieron en 2013, durante el tiempito en que la serie regular estaba en hiato. El primero, The Long Road to Hell, está a cargo del equipo titular de American Vampire: el guionista Scott Snyder y el dibujante Rafael Albuquerque. Es una novela gráfica breve de 56 páginas, bastante aislada de la trama central de American Vampire. Tiene un inmenso punto a favor, y es que no aparece el nefasto Skinner Sweet, y dos en contra: primero, está groseramente estirada. Era una historia que se podía contar tranquilamente en 32 páginas, siendo generosos. Y segundo, si nunca leíste American Vampire, la aparición en escena de Travis Kidd te va a dejar medio en bolas, porque Snyder no explica quién es y qué hace, a pesar de que su rol en la trama del one-shot es importantísimo. Al igual que el arco argumental en el que sí nos explicaron quién era Travis Kidd, The Long Road… está ambientada a fines de los ´50, un período de la historia yanki que a mí me encanta, y que Snyder domina con gran categoría. El dibujo de Albuquerque es formidable, como siempre, y hace que la estirada brutal del argumento se disfrute más de lo que se padece.
Para el segundo tramo del TPB tenemos la American Vampire Anthology, con una sucesión de historias cortas en las que Snyder casi no figura y les “presta los chiches” a varios autores de gran nivel. La seguidilla de historias cortas arranca muy arriba, con una de Jason Aaron y Declan Shalvey muy bien narrada. Albuquerque debuta como guionista en la segunda historia corta, dibujada nada menos que por el legendario artista italiano Ivo Milazzo. No es un guión perfecto, pero la magia del maestro Milazzo lo levanta muchísimo. Jeff Lemire y Ray Fawkes están a cargo de una historia muy violenta y con personajes que hubiese estado bueno seguir desarrollando en algún otro lado. Becky Cloonan cede a la tentación de tener a Skinner Sweet como protagonista de su historia, que es un toquecito obvia pero está muy bien. La de Francesco Francavilla (ni hace falta decirlo) está dibujada como los dioses, pero es bastante genérica, podría haber aparecido en cualquier antología de terror. Algo parecido pasa con la de Fábio Moon y Gabriel Bá, que además es muy linda. La de Greg Rucka y John Paul Leon también me gustó bastante, y la más zarpada a nivel guión es la de Gail Simone (dibujada por la gran Tula Lotay), que retoma a un personaje del… segundo arco de la serie y le pega una vuelta de tuerca truculenta y jodida como enema de chimichurri. Excelente balance para esta antología, y ya veremos cuándo retomo American Vampire, con la que creo que es la saga final de la serie.
Me vengo a Argentina, donde en 2017 se editó Cómo Yo Gané la Guerra, otra breve novela gráfica en la que el notable humorista gráfico cordobés Pepe Angonoa se disfraza de guionista para narrarnos en primera persona algunas de las anécdotas que le tocó vivir en 1982, cuando fue soldado en la Guerra de Malvinas. Básicamente, esta es una versión light de Tortas Fritas de Polenta, donde el relato de Angonoa no se centra en lo mal que la pasaron nuestros soldados en las islas, si bien hace bastante hincapié en el hambre, el frío y las injusticias que tuvieron que soportar.
Con esa materia prima chota y depresiva, Angonoa se juega a construir una crónica de la guerra basada en situaciones de comedia, con resultados más raros que buenos. Cómo Yo Gané la Guerra funciona como lado B de Tortas Fritas…, o como comic relief después de leer alguna otra historieta testimonial dura y desgarradora. Así solita, como obra individual, resulta muy extraña, porque desaprovecha lo más interesante que tiene Malvinas, que es todo esa faceta trágica y épica al mismo tiempo.
El dibujo está a cargo de Javier Solar, que se curó de aquel vicio que consistía en copiar descaradamente dibujos de Carlos Meglia y Humberto Ramos. Acá se lo ve a Solar enrolado en la línea clara de Marcinelle, con fuertes influencias de André Franquin, Pierre Seron y en menor medida Morris y Maurice Tillieux, con algunos rasgos incluso más caricaturescos, más cercanos a lo que hace Angonoa cuando dibuja sus chistes, y con una sóla viñeta alevosamente afanada, en este caso al maestro Carlos Giménez. El dibujo -muy acorde al tono de comedia que propone el guión- adolesce además de una alarmante escacez de fondos (aún teniendo en cuenta que muchas escenas transcurren en un páramo donde no había qué mierda poner en los fondos) y de un tratamiento del color muy rudimentario, resuelto con muy pocas ganas.
Y por hoy, nada más. Sigamos disfrutando un verano con mucho sol y muchos comics.

jueves, 4 de enero de 2018

JUEVES DE RECONTRACALOR

Menos mal que corre un vientito, porque si no, esto sería el Averno mismo. Vamos con unas reseñitas más, a ver hasta dónde llegamos…
Este librito editado en 2017 por Fog of War reúne las (no muchas) páginas de Crazy Jack realizadas por el maestro Rubén Meriggi en los primeros años de este milenio. Básicamente, son dos historietas: una de 32 páginas y una de 14. La primera historieta es de 2001, y debe ser la primera aparición de un personaje de Columba luego del cierre de la legendaria editorial. Acá tenemos unos bloques de texto muy logrados, un aporte del inmenso Eduardo Mazzitelli a la saga de Crazy Jack. Y además Meriggi dibuja en su estilo más lindo, más cercano a lo que hacía a principios de los ´90 en la Skorpio (que, para mi gusto, es lo mejor de su extensa trayectoria). Por supuesto que sus trabajos para Skorpio tenían más cuadros por página y una narrativa mucho más tradicional. Pero bueno, acá lo que me deja un sabor amargo no es un problema en el armado del relato gráfico, sino a nivel argumental. Ese es el punto débil de esta aventura del gigante de cabellos blancos: el conflicto, el villano, cómo está planteado y cómo se resuelve. Por suerte, entre los textos de Mazzitelli y los dibujos de Meriggi te la adornan bastante bien, como para que te enganches con la historia (o al menos lo intentes), aunque a la larga defraude bastante.
La segunda historia, en cambio, está escrita por Manuel Morini (o Gustavo Amézaga, como más te guste), co-creador del personaje junto a Meriggi. Esta vez no tenemos la prosa florida y certera de Mazzitelli, y el trazo de Meriggi se hace grueso, rudimentario, casi granguiñolesco. O sea que no hay con qué disfrazar un argumento realmente fallido… que si duraba unas cuantas páginas más quizás podría haber desarrollado un elemento no muy original pero bastante interesante (el cristal alucinógeno). Si te gusta el Meriggi más brutal, más Jack Kirby, puede ser que te cope. A mí, que me gusta el Meriggi más sutil, ese que coqueteaba con Moebius y Joe Kubert, esta segunda historieta no me convenció para nada. Creo que tengo otra aventura de Crazy Jack en una antología que me regalaron hace poco, así que en algún momento revisitaremos a este violento héroe del futuro.
Sexto recopilatorio del Daredevil de Mark Waid (el Vol.5 lo vimos un lejano 08/09/15) y esta vez me cagaron como de arriba de un puente. El TPB trae apenas TRES episodios de Daredevil, y el resto me lo rellenan con los dos episodios de Hulk en los que DD está como invitado… que los leí hace poquito, el 20/12/17. Hijos de puta, para leer comics de Hulk compro los TPBs de Hulk. Lo que le pasa a Daredevil en esos numeritos no es ni en pedo tan relevante como para incluirlos TAMBIEN en un TPB de Daredevil.
Por suerte los otros tres episodios son excelentes. En los dos primeros, Waid tira un pase mágico y saca de la galera a un personaje que tiene un rol minúsculo en el origen de Daredevil, pero al que ahora el demiurgo le pega una vuelta de tuerca interesantísima y lo convierte en un personaje que –sin ser exactamente un villano- le complica lindo la vida a nuestro abogado ciego favorito. Este arquito, además, cuenta con magníficos dibujos del siempre infra-valorado Javier Rodríguez. Y el otro episodio es apenas simpático, una excusa medio limada para que aparezca el Silver Surfer en New York e interactúe un toque con Daredevil después de las tres o cuatro patadas y piñas de rigor. Esto está dibujado por Chris Samnee, así que ´nuff said. Samnee garpa SIEMPRE.
Y también me bajé el Vol.3 de Aula a la Deriva, el clásico de principios de los ´70 del sensei Kazuo Umezu. Nada, ya sólo me queda cagarme de risa de las bizarreadas cada vez más extremas a las que recurre el autor para mantener siempre arriba la tensión. En este tomo no hay secuencias en las que se filtre un toquecito de comedia, no hay ni un leve subtexto que nos invite a reflexionar acerca de nada, es puro kilombo, de principio a fin. La violencia es cada vez más extrema, al punto de que ya causa gracia. El dibujo es un poquito desparejo pero muy digno, y el punto más alto sigue siendo el mismo de los tomos anteriores: el manejo apabullante de la narrativa, el armado de las secuencias y el control molecular del ritmo del relato. Umezu orquesta todas estas piruetas narrativas en función de poner nervioso al lector, de mantenerlo en estado de alerta permanente, de que no se relaje nunca, porque los chicos que protagonizan este manga no salen de una y ya están metidos hasta el cuello en otra.
El último tramo, el de la mamá de Sho en el “mundo real”, está tan exagerado, tan pasado de rosca, que si quedaba un ápice de verosímil de termina de desvanecer. Encima la edición española termina en cualquier lado, en una página que (me juego las bolas) en la edición ponja no marcaba el final de un capítulo y mucho menos de un tomo recopilatorio. Me queda sin leer el Vol.4, y después habrá que tomar la dura decisión de salir o no en busca de los Vol.5 y 6 para tener la saga completa.
Y no hay más. Volvemos en cualquier momento con nuevas reseñas. ¡Hasta pronto!