el blog de reseñas de Andrés Accorsi

sábado, 21 de abril de 2018

SABADO SETENTOSO

Sigo en mis mini-vacaciones de historieta argentina, pero este país tan maldito y tan querido me persigue a todas partes.
Me fui a 1975, cuando DC toma la extraña decisión de darle su propia revista a un villano, y nada menos que al Joker. Por supuesto, el experimento duró poco (apenas nueve episodios), y el resultado es previsiblemente mediocre, pero bueno… leí estas historietas de pibe en las ediciones mexicanas y me sedujo la idea de tenerlas todas en un lindo TPB. La verdad que, leídas con ojos de adulto, es un material que deja gusto a poco.
De los nueve episodios, hay cuatro escritos por Denny O´Neil. Uno es catastrófico (el del actor que se cree Sherlock Holmes), uno es bastante flojo (el de Creeper) y los otros dos, mal que mal , son entretenidos. O´Neil hace que el Joker hable con un vocabulario florido, sofisticado, tal como harían con el Penguin los escritores de la serie animada de Batman de los ´90. Y por supuesto, para que el yosapa se banque mejor el rol protagónico, le amplía el arsenal de trucos, la habilidad para pelear, y hasta intenta armarle un elenquito de personajes secundarios. También hay cuatro episodios firmados por Elliot S! Maggin, todos bastante olvidables, aunque es este el guionista que se anima a darle al Joker un puñado de esbirros fijos, a los que -de a poquito- intenta desarrollar. Y la historia más aceptable, la que más me atrapó, es la que escribe Martin Pasko, contra la Royal Flush Gang. No hay joyas en este libro, pero es interesante ver los malabares que hacían los guionistas setentosos de DC para que el protagonista de la serie sacara en cada episodio aunque sea un empate, después de tantos años condenado a la derrota simplemente por ocupar el lugar de “el malo”.
El dibujante titular de la serie era Irv Novick, un dibujante ya veterano en los ´70, que en esa época tenía a su cargo también la serie mensual de Flash (The Joker era bimestral). De chico me gustaba mucho Novick, y hoy me resultó un poco soso, un poco aburrido. Por suerte hay un episodio en el que lo entinta el glorioso José Luis García López, que lo levanta muchísimo. Y dos episodios en los que el propio García López (nacido en España, pero criado y formado como profesional en Argentina, de ahí la referencia ineludible a la historieta nacional) se hace cargo del dibujo y la recontra-rompe. Incluso con páginas muy cargadas de texto, incluso con los colores estridentes y espantosos de aquella época, el dibujo de García López ostenta sublime majestad y casi justifica por sí solo la compra de este broli.
Me voy a 1986, cuando el sensei Takao Saito se decide a publicar en inglés cuatro libros de Golgo 13, para lanzar su editorial (Leed) en Estados Unidos. El primer tomo reúne una historia larga y una corta. La larga le da el título al libro, y es Into the Wolves´Lair, la historia escrita y dibujada por Saito en la segunda mitad de los ´70 (no encuentro el dato exacto). En esta misión, el implacable mercenario es contratado por el Mossad para liberar a un agente secreto israelí, prisionero del Cuarto Reich, un ejército nazi que planea la conquista del mundo desde su guarida… en los subsuelos del aeropuerto de Ezeiza, acá en las afueras de Buenos Aires. Man, es un karma: autor ponja, edición yanki… y la trama sucede acá en Argentina.
Y está bastante bien, dentro de todo. El dibujo es magnífico y Saito se toma el trabajo de explicar todo muy bien, de reforzar mucho el verosímil para que no te cagues de risa cuando Golgo triunfa en una misión absolutamente imposible, en la que tiene que zafar de peligros extremos, uno atrás del otro, sin parar. Obviamente esto no alcanza para compensar la excesiva simpleza del argumento (hay un solo giro sorprendente, y llega a siete páginas del final) ni la nula empatía que me generan Golgo 13 y su accionar.
La segunda historia es mucho más breve (46 páginas) y tiene la enorme ventaja de funcionar como una crónica de algo que en su momento (fines de los ´70, principios de los ´80) era noticia en todos los diarios del mundo: la invasión soviética en Afganistán. Esta vez, la intervención de Golgo tiene que ver con un contexto político y económico absolutamente real, que Saito explica coherentemente y que ofrece aristas polémicas: no hay un villano claro, ni una víctima clara, tampoco. En ese terreno gris, la misión de Golgo tiene mucho más sentido. Saito la remata rápido, sin perder tiempo en boludeces, y sin que el protagonista transpire una sóla gota. De nuevo, el ancho de espadas está en el dibujo y en la construcción de las secuencias, que es un roller coaster infernal, violento y adictivo. Si sos fan de Golgo 13, contratá un mercenario que te rastree estos cuatro libros editados por Leed en los ´80, que hoy son muy jodidos de conseguir.
Y hasta acá llegamos. Vuelvo pronto con más reseñas (seguro volveré a leer material argentino reciente), y atenti que el martes hay función de prensa de Avengers: Infinity War.

miércoles, 18 de abril de 2018

TRASNOCHE DE MIERCOLES

Sigo sin computadora, por eso no estoy subiendo videos a YouTube ni textos al sitio de Comiqueando. Y me quedan horas libres, que estoy usando para leer y reseñar comics. Por suerte, la tarea de escribir reseñas y subirlas al blog es algo que puedo hacer desde una computadora prestada.
El otro día contaba que estaba un toque saturado de leer historieta argentina, y que quería hacer un paréntesis. Bueno, me agarré una antología uruguaya… y me encontré con que está repleta de autores argentinos… El Vol.2 de Las Andanzas Eróticas de Vlad Tepes contiene 10 historietas, de las cuales OCHO llevan las firmas de dibujantes de nuestro país. De las 10 historietas, nueve cuentan con guiones de Silvio Galizzi, creador y alter ego de Tepes. La consigna es parecida a la del Vol.1 (lo vimos el 26/10/15): historias cortas y autoconclusivas, ambientadas en distintos lugares del mundo y distintos momentos de la Historia, en las que invariablemente aparecerá el antihéroe vampírico para cometer alguna tropelía.
Y se repiten varios rasgos que me tocó señalar cuando leí el Vol.1: de nuevo la historieta mejor dibujada y mejor narrada es la del rosarino Esteban Tolj; de nuevo aparecen historias demasiado complejas para ocho páginas, que obligan a Galizzi a saturar algunas viñetas con una cantidad de texto brutal, y a los dibujantes a fumarse páginas con demasiadas viñetas, donde se desluce su trabajo; y de nuevo aparecen algunos relatos en los que el elemento sexual es muy menor, sumamente prescindible en el desarrollo de las tramas. Como novedad, también hay una historia (la del ataque zombie en el cementerio) que se podría haber contado en cuatro o cinco páginas, y que al tener todo ese espacio extra le permite a Galizzi enfatizar el ritmo, la acción, desplegar esa trama simple y cero pretenciosa de un modo muy ágil, muy dinámico, muy visual, y darle espacio para el lucimiento de Gabriel Serra, el promisorio dibujante charrúa, que de a poco se va despegando de la impronta gráfica de Matías Bergara.
El guión que no escribe Galizzi está firmado por Nicolás Peruzzo, y es excelente. Peruzzo reflexiona en clave satírica sobre la corrección política en la sociedad y en los medios, obviamente con la figura del siempre incorrectísimo Vlad Tepes como eje. Y no puedo dejar de mencionar la magia que tira otro rosarino, Leo Sandler, en esas secuencias de flashbacks en las que homenajea a Enrique Breccia. Le toca dibujar una historia particularmente enrevesada, que daba para mucho más, pero lo que hace a nivel visual en esos flashbacks lo pone en el podio con absoluta tranquilidad. La próxima, creo que le entro a un comic chileno, donde las chances de toparme con autores argentos son considerablemente menores.
Salto a España, a 2003, cuando se publica Deportes Extremos, un libro que recopila historietas mudas y humorísticas del inmenso esloveno Tomaz Lavric (también conocido como TBC). Lavric solía publicar historias cortas en El Víbora, y alguna que otra en Cimoc, pero con temáticas más aventureras, o de denuncia social, y siempre en un estilo tirando a realista. Acá no sólo sorprende con un cambio de estilo brutal (se va para el lado de Edika, Reiser, con alguna pizca de Hunt Emerson, de Tabaré o de Massimo Mattioli) sino que además se sube de prepo al Olimpo de los más grossos autores de historieta humorística.
Deportes Extremos no puede ser mejor. Sus historias sin textos de una o dos páginas me arrancaron carcajadas, me impactaron, me dejaron atónito. Conocía otras obras del autor (de hecho lo conocí a él, allá por 2006) pero no me lo imaginaba capaz de detonar todo ese arsenal de recursos gráficos y narrativos, de poner tanto talento y tanta mala leche al servicio del humor. Este libro está repleto de ideas brillantes, macabras, retorcidas, perturbadoras, sin nada que envidiarle a las Idées Noires del inolvidable André Franquin. Lavric te dispara a quemarropa con chistes tremendos, donde no faltan las perversiones sexuales, la violencia extrema, la escatología, la sátira despiadada a todo tipo de instituciones sociales, religiosas, culturales, donde las víctimas pueden ser tranquilamente animalitos, nenes, mujeres o aborígenes de tribus africanas.
No me voy a poner a contar los chistes acá, pero quiero enfatizar lo genial que es este libro, lo mucho que me hizo reir este hijo de mil putas sin más elementos que sus ideas y sus trazos. Esto lo editó La Cúpula en un librito humilde, 60 páginas, blanco y negro, menos de 4 euros de precio de tapa… pero con sólo abrirlo y leer tres o cuatro páginas, enseguida te cae la ficha de que estás en presencia de una fuckin´ Obra Maestra, de una gema de esas que se atesoran y se recomiendan siempre, pero no se prestan nunca.
Y esto es todo por hoy. Volvemos pronto, con más reseñas acá en el blog.

lunes, 16 de abril de 2018

TARDE DE LUNES

Después de un finde entero en Dibujados, vi tanta historieta argentina que quiero descansar un poquito de la misma. Capaz que esta semana leo sólo material de autores extranjeros. Pero para reseñar hoy, tengo dos libros leídos entre viernes y sábado, uno de ellos de producción nacional. Ahí vamos.
En 2009, Alan Moore y Kevin O´Neill retoman la gloriosa League of Extraordinary Gentlemen con tres libritos de 80 páginas, englobados bajo el título de Century. Por supuesto mi expectativa era altísima… y el resultado, más o menos. En primer lugar, no entiendo (supongo que lo entenderé cuando lea los otros dos tomitos) si esta entrega, 1910, se considera autoconclusiva o si es el primer tramo de una trilogía. Tengo la duda, porque Moore plantea dos líneas argumentales y resuelve una sóla (la del ascenso de la hija de Nemo a capitana del Nautilus). La otra, la investigación de Mina Harker y sus adláteres en torno a un culto satanista (o algo así), queda bastante abierta, aunque no me extrañaría que el Mago la retomara en la segunda entrega, ambientada en 1969. Y el gran problema que tiene Century: 1910 es que está groseramente estirada. Moore narra en 80 páginas lo que podría resumirse sin ningún sobresalto en 40 páginas, 48 siendo sumamente generosos. A tal punto llega la estirada, que hay hasta ¡canciones! Escenas en las que el comic parece una peli musical, de esas en las que los personajes cantan canciones relacionadas a lo que está sucediendo en la imagen.
De todos modos, Moore le saca un rico jugo al período histórico, a los nuevos personajes que rodean a Mina (habrá que ver si los desarrolla un poco más en las secuelas) y nunca faltan ni la acción, ni la runfla, ni las escenas fuertes, ya sea truculentas o emotivas. Y por supuesto, cuando entran en juego los dibujos de O´Neill, cualquier historia, por chota que sea, o por estirada que esté, cobra un atractivo irresistible. No termino de decidir si banco o no la labor del colorista, porque por momentos me encantó y por momentos me hizo un poco de ruido. Pero la magia de O´Neill late fuerte y se lleva puesto todo lo que le pongas adelante o en este caso, encima. Veremos como sigue la trilogía; ni bien me recupere de este nuevo exceso de Alan Moore, le entro a Century: 1969.
Me vengo a 2017, cuando se publica en Argentina la primera novela gráfica de Jazmín Varela, titulada Guerra de Soda. Esta es una obra autobiográfica, que no tiene un hilo conductor, no está atravesada por un conflicto, sino que está armada con varias anécdotas de la infancia e inicios de la adolescencia de la autora. Las anécdotas son triviales, típicas boludeces de nenas de 10 u 11 años, con algún chispazo de dramatismo en la del melenudo de barba que corre a las chicas por la calle. El resto transita entre la comedia costumbrista y la nada misma, no veo historias fuertes, de esas capaces de atraparme o involucrarme como lector.
Pero mi problema principal con esta obra (y otras que se le asemejan) pasa por el dibujo. En estas páginas, Jazmín Varela no muestra recursos que le permitan: a) diferenciar las figuras de los fondos, b) transmitir sensación de profundidad mediante la perspectiva o el volumen, c) generar efectos de iluminación mediante técnicas de sombreado, d) diferenciar a los personajes adultos de los niños. O sea que, aunque me gustara su estilo gráfico, tengo que señalar que no es un estilo idóneo para narrar una historia en imágenes. Y hay más: Guerra de Soda prescinde de los bordes de las viñetas, de punta a punta de la novela. Eso es, sin dudas, una canchereada. Es salir a la cancha a tirar y sombreritos. Es algo que puede hacer el Diego, o Ricky Centurión. Si lo hago yo, me como una lluvia de monedazos de la tribuna. Y en historieta, lo puede hacer… Will Eisner, ponele. No una autora con menos de 30 años en su primera novela gráfica. El resultado es que muchas veces hay que adivinar dónde termina una viñeta y dónde empieza la siguiente, lo cual obstaculiza mucho el flujo del relato. Si además de pedirme que decodifique cuáles son los personajes y cuáles los elementos de los fondos, me pedís que deduzca dónde están los límites de la viñeta, por lo menos tené la cortesía de recompensarme con una historia más interesante que “fui a la pileta en bikini y todas las otras chicas tenían mallas enterizas”.
Mini-párrafo aparte para ese sinfín de páginas en blanco, carátulas y chamuyos varios que no aportan nada a la historia y deslucen una edición muy cuidada. Este era un libro para editarse con 12 o 16 páginas menos. Pero bueno, es evidente que hay editores decididos a apostar por este tipo de historietas, y supongo que ven cosas que uno no ve, valoran aspectos que uno no tiene en cuenta y sintonizan con un público con el que yo no sintonizo, que no sé si consume otras historietas, pero que recibe a estas con genuino entusiasmo. A esta altura de mi vida, realmente no le encuentro ningún atractivo a Guerra de Soda y trataré de no volver a ensartarme con otras obras de Jazmín Varela.
Gracias por la onda de siempre y nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.

viernes, 13 de abril de 2018

VIERNES DE TERROR

Para reseñar hoy tengo dos publicaciones que coquetean con el terror, como decía aquella hermosa canción de Metrópoli.
Empiezo por el Vol.1 de Taboo, publicado en EEUU en 1988, en plena revolución, plena ebullición, en el momento en el que un montón de autores realmente sintieron que podían dar el salto cualitativo, romper ciertos esquemas viejos y chotos de las grandes editoriales, y encontrar en la autoedición el camino para producir obras de calidad sin bajarse más los lienzos. En ese contexto, el gran Stephen Bissette lanza esta antología, pensada para acobijar historietas de terror, pero de terror adulto, serio, más íntimo, más denso, más psicológico, más cerca de las novelas de Clive Barker que del enésimo refrito de Drácula y Frankenstein. El resultado es impactante y perturbador, ya desde la portada de esta primera entrega. Pero veamos qué hay adentro.
S. Clay Wilson aporta dos paginitas muy bien dibujadas. Alan Moore forma equipo con el siempre versátil Bill Wray para una historia macabra, con una mala leche desesperante, angustiante. Gran gema de apenas 10 páginas. El maestro Charles Vess aporta una historia inquietante, quizás no tan original en el planteo, pero bien resuelta y con unos dibujos fastuosos. Tom Sniegoski (acá joven e inexperto) y Mike Hoffman ofrecen la historia más floja del tomo. Charles Burns (por este entonces todavía más conocido en Europa que en EEUU) se luce con un relato que bien podría funcionar como preludio a Black Hole, la que quizás sea su obra maestra.
Bernie Mireault estira un poco una idea que podría haber funcionado mejor en menos páginas, pero por lo menos se pone las pilas en el dibujo. Jack Butterworth forma equipo con un Cam Kennedy prendido fuego para la historia menos sutil, más visceral, más asquerosa de la antología. Mike Hoffman reaparece, ahora con el ignoto guionista Tim Lucas, con quien pergeña un relato perverso, enroscado, muy seductor y con un dibujo exquisito. Eddie Campbell manda una historia autobiográfica, de las que en Australia se publicaban en la serie Alec, que no me atrapó en lo más mínimo. El propio Bissette sale a matar en cinco páginas tremendas, sumamente oscuras, realmente aterradoras. Chester Brown aporta un par de historietas muy cortitas, en joda, pero muy sangrientas. Y cierro con la historia del Vol.1 de Taboo que más revuelo generó: la de Robert Loren Fleming y Keith Giffen. Lo choto es que no se habló de Chigger and the Man por su sordidez, por lo perturbador de su contenido, sino porque acá Giffen se fue al pasto mal, y copió minuciosamente una viñeta atrás de otra de historietas de Alack Sinner dibujadas por el inimitable José Muñoz. Una pena, porque la historieta es jodidamente hermosa. Taboo decae más adelante, cuando la empiezan a llenar de series continuadas (From Hell, sin ir más lejos), pero este primer tomo, compuesto sólo por historias autoconclusivas, toca el cielo con las manos.
Me vengo a 2017, cuando dos íconos del comic rioplatense se juntan para crear El Escapista. Se trata del guionista Rodolfo Santullo y el dibujante Horacio Lalia, a quienes ya habíamos visto colaborar en una antología editada por Pictus. Esta obra tiene varios problemas, y el principal tiene que ver con la narrativa. En varias páginas, las viñetas y los diálogos están ubicados de tal manera que nos llevan a leerlos en una secuencia que no es la correcta. Es decir que leemos antes cosas que pasan después. Los autores deciden prescindir de las flechitas (que nos salvaron las papas en más de una obra de Lalia donde se repiten estos accidentes “gramaticales”) y uno queda pedaleando en el aire, yendo para adelante y para atrás en la lectura, en busca de una secuencia que tenga sentido. Realmente, a esta altura del Siglo XXI, esto es imperdonable. No se puede creer que no haya un editor, un coordinador, alguien que le diga a los autores “esto está mal, no se entiende en qué orden hay que leer las viñetas”.
El otro problema es que los dos elementos más atractivos que tiene la trama (el plan del Escapista para sacar a su cliente de la cárcel y la hecatombe que se desata con la llegada de una criatura lovecraftiana al penal) no terminan de amalgamarse armónicamente. Una idea aplasta a la otra, le impide desarrollarse, le resta impacto y profundidad. Y obviamente le agrega clima, polenta, grandilocuencia… Pero me hubiese gustado ver a estas dos ideas de Santullo más y mejor aprovechadas en dos historietas distintas.
Por suerte, la trama tiene mucho ritmo, excelentes diálogos (escritos en uruguayo), un muy buen trabajo en varios de los personajes principales (el Canario, el Polaco y la Rubia) y sí, también algunos lugares comunes de estos relatos sórdidos y violentos que transcurren en cárceles. El guión es generoso en secuencias mudas, y Lalia responde con un despliegue gráfico muy atractivo, con un trabajo notable en fondos, efectos de iluminación, expresiones faciales y un monstruo que mete miedo, pero posta. O sea que, con tropiezos y todo, el oficio y el talento de estos dos grandes profesionales sacan adelante la novela y hacen que uno se anime a recomendarla.
Y no hay más, por hoy. Nos vemos este finde en Dibujados, y nos reencontramos la semana que viene, con nuevas reseñas acá en el blog.

miércoles, 11 de abril de 2018

MIERCOLES CALUROSO

En Buenos Aires es otoño, pero hoy tenemos temperaturas de verano. Y yo estoy en una computadora prestada, lejos de mi querido ventilador…
Tarde pero seguro leí Los Complots Nocturnos, un libro del inmenso David B. que data del 2005, en el que se recopilan 19 historias cortas basadas en los sueños del autor. Los sueños e David están poblados de persecuciones, misterios, gangsters, sicarios, conspiraciones bizarras, climas ominosos, crímenes de lesa humanidad y las infaltables metamorfosis, tan típicas de los mundos oníricos por los que todos viajamos a la hora de apolillar.
¿Se puede contar buenas historias en base a sueños? Y, se complica. Las tramas rara vez avanzan hacia una resolución, muchas veces se cuelgan en detalles irrelevantes, se repiten ciertos elementos mientras que otros desaparecen sin ninguna explicación… La idea de David B. no es tanto seducir desde la solidez de los argumentos, sino cautivarnos desde los climas, hacernos partícipes de esa sensación tan típica de los sueños, la sensación de que puede pasar –literalmente- cualquier cosa. Y la verdad es que rara vez los relatos no me generaron aunque más no sea una cierta intriga.
Por supuesto, no me compré este libro (ni el de Rick Veitch con la misma temática, reseñado el 01/07/16) buscando grandes guiones, si no que el gancho fue principalmente el dibujo. Y acá es donde David B. te pone un garrotazo en la nuca que te manda a dormir y a soñar con lo indecible. El dibujo en esta obra es PERFECTO. Fondos, texturas, rostros, movimientos, esa paleta de colores acotada a blanco, negro, grises y distintas tonalidades de azul, los efectos de iluminación extremos, a tono con la atmósfera oscura y densa de los relatos, la puesta en página clarita, sencilla, a prueba de boludos… y por supuesto el impacto de las imágenes más truculentas. No todos los días ves tipos empalados, caníbales que se morfan minas o gente trozada a hachazos. Y este genio del Noveno Arte te lo muestra sin tapujos, pero al mismo tiempo con elegancia, con clase. Si sos fan de David B. y flasheás con sus dibujos, este libro no puede faltar en tu biblioteca.
Me vengo a la provincia de Río Negro, donde en 2017 se publica el Vol.1 de Viñeta Sur, una antología con historietas de autores de la Patagonia, más algunos invitados, que nunca faltan. Esta primera entrega arranca con una historieta de Mariano Antonelli sumamente atractiva, ambientada en la primera fundación de Buenos Aires… pero en la página 16 te clava un puñal artero y maligno: Continuará. Obviamente al día de hoy no apareció un Vol.2 de Viñeta Sur y la historieta no continuó. Más adelante tenemos una muy linda historieta de Diego Agrimbau y Agustín Graham Nakamura… que ya había aparecido hace unos años en una antología de OVNI. Cosas como estas deslucen mucho a Viñeta Sur, pero por suerte tiene algunos puntos muy a favor.
La historieta de Chelo Candia es inédita, es autoconclusiva, y es buenísima. Fernando Baldó (coordinador del proyecto) mete dos historias muy lindas, una con guión propio (una joyita sin textos ni diálogos) y una con guión de Agrimbau, donde buena parte del atractivo reside en los diálogos. Y lo mejor de la antología, lo que justifica cualquier esfuerzo que tengas que hacer para conseguirla, son las 12 páginas en las que Kwaichang Kráneo retoma a los personajes de la gloriosa El Cuervo Que Sabía (ver reseña del 22/09/11) para una nueva aventura obscenamente bien dibujada y bien narrada. Quiero que se edite cuanto antes otro número de Viñeta Sur, para ver si Kráneo sigue expandiendo esta epopeya, y junta páginas para (eventualmente) armar un segundo libro protagonizado por Mono y sus amigos.
Y tengo leído un librito más, pero lo aguanto para reseñarlo mañana o pasado, junto a alguna otra cosa que lea hoy. Volvemos a leernos muy pronto solo acá, porque hasta que no consiga computadora nueva no voy a poder publicar textos en la página de Comiqueando.

lunes, 9 de abril de 2018

LUNES NEGRO

Se me murió la computadora y me quiero morir yo también. Un palo en el orto del grosor de una palmera. Pero bueno, serán días en los que no podré actualizar el sitio de Comiqueando ni subir nuevos videos a YouTube, con lo cual me va a quedar tiempo para leer libros y escribir reseñas para el blog.
Occupy Comics es una antología que funciona como documento, como testimonio de lo que fue Occupy Wall Street, aquel movimiento popular y espontáneo, que sacudió a New York allá por 2011. Como suele suceder en este tipo de publicaciones, hay bastante material que, leído lejos del contexto que lo originó, pierde bastante el atractivo. También hay bastante relleno (ilustraciones muy lindas, pero que no narran nada) y algunas historietas que se esfuerzan por bajar una línea copada, pero no llegan a buen puerto por la impericia de sus autores, chicos o chicas poco experimentados o veteranos poco inspirados.
Veamos qué fue lo que más me gustó: Citizen Journalist, escrita por Ales Kot, es una especie de tutorial para que cualquiera pueda cubrir periodísticamente este tipo de manifestaciones populares en las que la cana sale a reprimir y el riesgo es importante. J.M. DeMatteis intenta despolitizar el conflicto y verlo a través de su típico prisma de gurú sesentón new age, y la verdad que queda medio como un boludo. Por suerte trabaja con un muy buen dibujante (Mike Cavallaro) que le salva un poco las papas. Mark L. Miller, un capo, capaz de mandar un mensaje claro y potente a través de un grafismo experimental, de alto impacto visual y gran belleza plástica. Matt Bors, lejos, lo mejor del tomo. Es humor gráfico, a veces sin secuencias, pero sin dudas es el que mejor combina buenas ideas con buenos dibujos.
Los guiones de Mark Sable, Matt Pizzolo y Caleb Monroe también son muy buenos. David Mack le pone unas imágenes gloriosas a un relato muy básico de Amanda Palmer. Otra historieta que funciona muy bien (incluso sin el contexto) es la de Si Spurrier y el ignoto pero excelente Smudge. El texto de Alan Moore pinta interesante, pero está editado y diseñado de tal manera que resulta casi imposible de leer. Páginas y páginas a un solo renglón, con una tipografía microscópica. Dejame de joder… Voy a ver si lo encuentro online, para cambiarle el formato y leerlo. Ron Wimberly y Kevin Colden tienen buenos aportes, pero de una sóla página. Y sin ponerse mucho las pilas en la narrativa, el gran Ben Templesmith tira magia visual y baja una línea tremenda en apenas dos páginas memorables.
En líneas generales, el libro no es la gloria, pero si querés tener una idea de lo que pasó en Wall Street mucho más real y honesta que lo que en su momento nos llegó a través de los medios masivos (que obviamente laburan para el 1% al que este movimiento se propuso escrachar), Occupy Comics cumple holgadamente esa función.
Salto a Argentina, 2017, cuando se publica el primer recopila-
torio de ¡Corré, Wachín!, la tira de Nahuel Sagárnaga de la que me hice fan cuando la descubrí en la web. La relación entre el pibe medio vago/ pajero/ colgado y su perro copado y simpático es algo muy frecuente en el universo de la historieta cómica y, si bien es una dinámica que Nahuel maneja con mucha soltura, no es lo que más me llama la atención. Lo que más me gusta de ¡Corré, Wachín! Es el dibujo, el dominio que muestra Sagárnaga sobre la línea, las expresiones faciales, los efectos de iluminación, los fondos, el criterio para elegir en qué momentos deformar las figuras, tirar el realismo a la mierda y jugar a plasmar expresiones grotescas y desaforadas… Los chistes podrán ser malísimos, e igual me cebaría sólo por los dibujos.
Por suerte los chistes son mayoritariamente graciosos, o en su defecto proponen una mirada tierna, buena onda, al vínculo entre humano y mascota. Acá el gran acierto de Nahuel es poner todo el tiempo el énfasis en lo adorable que es su perrito. El carisma del Wachín funciona como el ancho de espadas con el que el autor saca adelante los pasos de comedia (muchas veces 100% basados en anécdotas reales) de los que se nutre la tira.
También en 2017 salió en Uruguay el Vol.2 de Pancho el Pit Bull, otra tira cómica basada en la relación entre un pibe medio colgado y su mascota, esta vez con guiones de Neal Wooten y dibujos de Nicolás Peruzzo. No tengo mucho para agregar a la reseña del Vol.1 (publicada el 25/09/15), pero quiero señalar que los chistes me parecieron mejores que aquella vez. Lo veo a Peruzzo más suelto en la traducción, atreviéndose -me parece- a faltarle un poquito más el respeto a los diálogos originales (que Wooten escribe en inglés) para que suenen más cómicos al oído rioplatense. Peruzzo además aporta ilustraciones, entretenimientos y hasta una mini-historieta introductoria, en la que prescinde de su co-equiper estadounidense y asume él la responsabilidad de darle algo más, un extra, un mimo, a los fans de Pancho. Muy divertido, sobre todo cuando los autores se escapan de la vida cotidiana y se meten con el siempre fértil tema de la política.
Y hasta acá llegamos, por hoy. Seguramente vuelvo a postear muy pronto, porque el blog es una de las pocas cosas que puedo hacer funcionar sin tener acceso a mi computadora (que en paz descanse).

jueves, 5 de abril de 2018

EL BUEY SOLO

De casualidad, en estos días me tocó leer dos novelas gráficas en las que debutan como autores integrales dos animalitos a los que ya habíamos visto trabajar en equipo, uno como guionista y otra como dibujante.
Como Viaja el Agua es un delirio. A contramano de la tendencia hegemónica (los autores integrales que se convierten en guionistas), el enorme Juan Díaz Canales, consagrado guionista de Blacksad y Corto Maltés, se convierte en autor integral. ¡Y lo peor es que dibuja muy buen! La base de su estilo tanto gráfico como narrativo es claramente Will Eisner, pero después, hilando más finito, vemos en el entintado ciertos rasgos típicos de Jordi Bernet y de Bernie Wrighston. El laburo titánico en los fondos es apenas uno de los elementos que nos permiten calificar a Díaz Canales como un observador agudo y certero del entorno que lo rodea. Obviamente el dibujo no es perfecto, pero arranca a un nivel más que competente y mejora a lo largo de la novela.
No quiero contar nada de la trama porque es una obra bastante reciente (2016), pero sí decir que el guión es –predeciblemente- muy sólido, con una excelente construcción de los protagonistas, buen uso de los secundarios, muy buenos diálogos, muchísimo cuidado por el verosímil y con un trasfondo jodido, profundo, que nos deja bastante sustancia para pensar y analizar. Como Viaja el Agua tiene unos cuantos puntos en común con Presas Fáciles (el trabajo de Miguelanxo Prado que vimos el 18 de Febrero de este año) y son obras publicadas el mismo año, con lo cual uno infiere que el tema que tocan ambas en algún momento fue, es, o debería ser eje de un debate a fondo en el seno de la sociedad española. O no, quizás sea pura coincidencia. Lo cierto es que está bueno leer ambas novelas juntas, o con poco tiempo de diferencia.
Si te hiciste fan de Díaz Canales con Blacksad, bancalo en esta, que es una gran historia. Y además hay una escena en la que juegan al tute (el mejor juego de cartas de la historia de la Humanidad), lo cual le vale varios puntos extra.
El Pozo (editada en libro en 2017) marca el debut como autora integral de Lauri Fernández, a quien ya habíamos visto colaborar con varios guionistas en otros proyectos. Como tantos dibujantes, Lauri se animó a escribir su propio guión, y además se cantó “quiero retruco” a sí misma. No sólo escribió El Pozo como novela gráfica, sino que además escribió una versión en prosa, como una novela corta, o nouvelle 100% literaria. Lamentablemente, el libro trae ambas versiones, en vez de darnos a los fans de la historieta la oportunidad de pagar sólo por lo que nos interesaba leer, que era la historieta.
En El Pozo, casualmente, pasa algo que también pasa en Como Viaja el Agua: buena parte de la trama gira en torno a un pacto de silencio, a personajes que se comprometen a no blanquear jamás algo violento, dramático, sórdido, que no debe salir a la luz. En la obra de Lauri, los protagonistas son muy jóvenes y la historia está situada en un pueblo chico de alguna provincia argentina, lo cual aleja definitivamente a El Pozo de la novela de Díaz Canales.
El Pozo, además, gana en emotividad. Con un timing narrativo extraordinario, Lauri logra que todo lo que sucede en la novela nos impacte, nos angustie o nos agobie, según los momentos. Acá también hay diálogos magníficos, gran cuidado en el tratamiento de los protagonistas y los (numerosísimos) secundarios, secuencias oníricas cautivantes… Realmente es una historia muy fuerte, muy bien contada, que se disfruta muchísimo, en la que resulta imposible no sentirse involucrado.
La calidad del dibujo no me sorprendió en lo más mínimo. Probablemente sea el mejor trabajo de Fernández como dibujante, aunque acá veo la evolución opuesta a la de Como Viaja el Agua: las primeras páginas parecen estar dibujadas con unas pilas, una polenta, un virtuosismo, que El Pozo gradualmente deja atrás, para darnos en sus últimos pasajes un dibujo muy bueno, sumamente funcional a lo que pide el guión, pero más prosaico, con menos vuelo. El color, bellísimo de punta a punta.
Yo sospechaba que Lauri Fernández no necesitaba guionistas para crear grandes historietas. Ahora lo constaté. Y no me imaginaba que Juan Díaz Canales podría pegarla sin recurrir a un dibujante de primera línea, pero la pegó. Recomiendo fuerte ambas obras y prometo volver pronto con nuevas reseñas.

lunes, 2 de abril de 2018

DOS DEL DOS

Hoy es 2 y los libros que tengo para reseñar también son dos.
Empiezo con el Vol.1 de Bajo un cielo como unos pantis, un recopilatorio de historias cortas de Shun Umezawa, un mangaka que está pegando fuerte en Europa. Las dos primeras historias están centradas en Hiroshi y Mikami, una pareja de amigos, primero en la escuela secundaria y después 10 años más tarde, cuando ya (se supone que) son adultos. Umezawa narra en un tono de comedia ácida, filosa, donde es obvio que busca la risa del lector, pero también tira reflexiones muy interesantes sobre temas clave en la sociedad como el éxito económico y profesional, la discriminación en sus distintas formas, la sexualidad, las dificultades para formar pareja si sos medio nabo, fulero, o si sos soltera y tenés pibes. Los chistes de culos, pijas y pajas eclipsan un poco el mensaje, pero está, y está bueno.
La última historia introduce una especie de elemento fantástico, y un clima más de thriller, con crímenes, policía y demás. Es la historia más breve del tomo, y no precisamente la mejor. Pero la historia definitiva, la que me permite pasar a Umezawa de la lista de “a ver qué onda” a la lista de “te compro todo lo que hagas hasta el fin de los tiempos o hasta que salga campeón Gimnasia Esgrima de La Plata” es la tercera, Caos en las aulas. En estas 38 páginas, Umezawa da cátedra de historieta, ya despegado del tono de las andanzas de Hiroshi y Mikami, que eran relatos que tranquilamente se podían contar en una película, una serie de TV y hasta (con un poco de buena voluntad) en una obra de teatro. En Caos en las aulas está todo perfectamente orquestado, el autor logra narrar en paralelo varias historias ambientadas en un colegio secundario donde hay chistes groseros, drogas alucinógenas, embarazos no deseados, traumas mentales, tendencias suicidas, un garche sumamente hot y al final… el cataclismo. Historieta perfecta, sin ninguna duda.
El dibujo de Umezawa es excelente, muy realista, muy lejos de los estereotipos del shonen (salvo alguna minita en las primeras historias), con un cuidado impresionante en las expresiones faciales, en el lenguaje corporal, y por supuesto en los fondos, que están basados en referencia fotográfica. La narrativa es impecable, la aplicación de los grises es perfecta… Realmente quedé maravillado con este autor que todavía no cumplió 40 años y ya se perfila como un auténtico prócer del seinen.
Me vengo a Argentina, a 2017, para leer (por primera vez, porque cuando salió en Fierro no me enganchó en absoluto) el libro que recopila ¡México Lindo!, del gran Fer Calvi. Me gustó mucho, me pareció una historia muy simple, muy lineal en su esencia, a la que el autor se esforzó por darle una pátina experimental, extraña, bizarra incluso en algunos pasajes. Las referencias a The Long Goodbye, el homenaje a Sherlock Time, Steve Canyon o a la editorial Novaro, la onda lisérgica, frenética, que Calvi le impone a algunas secuencias (sí, acá Calvi se copa y narra con secuencias) son condimentos atractivos, que le agregan espesor a la experiencia de lectura, pero nada termina de opacar el hecho de que el protagonista va avanzando a paso firme por una trama lineal, marcada por la ineluctable lista de Sancho (de hecho, la historieta podría llamarse así, La lista de Sancho).
Para cuando llega el desenlace, ya atravesamos un montón de sensaciones y emociones distintas, vibramos al compás de algunos giros imprevistos en el guión, nos empapamos de varios climas distintos y acumulamos peleas, persecuciones, sexo, drogas, misterios y traiciones como en el más cabeza de los thrillers. Un poco por eso, no recomiendo leer ¡México Lindo! de una sóla sentada, sino fraccionado, en varias tandas.
Cuesta cerrar el libro y hacer la pausa, porque el dibujo de Calvi es realmente hipnótico. La línea y el color compiten todo el tiempo a ver quién se zarpa más, quien impacta más al lector, quién ofrece las variantes más locas, más originales, más expresivas o incluso más desaforadas. El color está cuidado al milímetro: hasta el fondo de la página sobre el cual Calvi planta las viñetas está laburado para remitirnos al papel berreta de las viejas historietas mexicanas. También para ese lado apunta la planificación de la página, que es básicamente clásica, con muchas viñetas circulares que me tiraron flashbacks letales a la época de Dick Sprang como dibujante de Batman. La verdad que es muy difícil describir la magia que tira Calvi en la faz gráfica de ¡México Lindo!. Sería mucho mejor que cada uno lo comprobara por sí mismo y viera qué cosas le transmite este trabajo (a mi juicio lo mejor que hizo del 2000 para acá). Quiero más obras de Calvi con esta estética, obviamente.
Y hasta acá llegamos por hoy. Nos seguimos leyendo pronto, ni bien tenga más libros para reseñar. Gracias y hasta entonces.

miércoles, 28 de marzo de 2018

VISPERAS DE UN FINDE EXTRA LARGE

Se vienen muchos feriados seguidos, por lo menos acá en Argentina, y en general son días en los que leo poco. Por suerte tengo un par de libritos leídos, como para clavar hoy un posteo y cumplir con la meta de los diez por mes. Quizás haya uno más antes de que empiece Abril, pero no quiero prometer nada.
Arranco en 2007, cuando Dark Horse recopila en TPB la miniserie Outer Orbit, realizada por el virtuoso del lápiz, el titán de la tinta, el capo de la vida Zack Howard, junto a dos amigos suyos. El guionista de cine Reed Buccholz le dio una mano con los diálogos y un pibe que hoy tiene una chapa infinita, nada menos que Sean Murphy, se repartió el dibujo con el gran Zack.
Outer Orbit es aventura en estado puro, un comic de acción al palo, con explosiones, piñas, persecuciones, tiros, algún garchecito en medio de la confusión y cientos de chistes subidos de tono. En ningún momento asoma ninguna intención que vaya más allá de entretener un rato al lector y eso hace de Outer Orbit un producto absolutamente genuino. Los diálogos son realmente desopilantes, pero no es el único indicio de que los autores se cagaron de risa mientras trabajaban en esta historieta. Creo que no hay una sóla página donde no se sienta ese clima festivo, de sano descontrol, de “dale, rompamos todo, que vuele todo a la mierda”.
Imaginate una buddy movie ambientada en el futuro, con una pareja despareja que se mete en toda clase de kilombos y sale como puede. Claro, con esa consigna se complica crear una historieta que trascienda, que te deje pensando, o que te eleve como ser humano. Outer Orbit no busca ser eso, obviamente. Pero si te divierten la machaca, los chistes de pijas y pedos, los personajes bizarros, la acción palo-y-palo, y además querés que dos bestias del dibujo como Zack Howard y Sean Murphy te hagan mimos en los ojos, sin dudas Outer Orbit es un comic que tenés que buscar.
Salto a Argentina, año 2017, cuando se publica Norton Gutiérrez y el Collar de Emma Tzampak, una novela gráfica que Juan Sáenz Valiente había realizado unos años antes para el mercado europeo. Acá tenemos otra aventura redondita, atrapante de principio a fin, y por supuesto otro dibujante prodigioso. El planteo de Sáenz Valiente es más clásico, con una estética tributaria de la línea clara franco-belga, una paleta de colores acotada, muy sobria, quizás demasiado sobria, al punto de contrastar un poco con los momentos más estridentes del relato, repleto de acción y de peripecias imposibles, en las que los buenos salen ilesos de una trampa atrás de otra de los modos más inverosímiles que te puedas imaginar.
Esa decisión de bajarle varios cambios al color me hizo un poquito de ruido, pero no la critico. Lo que sí critico son esos momentos en los que algunos personajes (principalmente el villano y el profesor Brizio) se mandan largos soliloquios, a veces en viñetas muy pequeñas, y empantanan un poco ese ritmo totalmente cinematográfico, que hace que durante largos pasajes del libro nos parezca que estamos viendo un dibujo animado. Una vez, dos veces, el chiste causa gracia. Quince veces, no tanto.
Como tan bien lo hacía Hergé, Sáenz Valiente ofrece un trazo sintético, de engañosa simplicidad. Bien mirado, el dibujo nos regala una plétora de detalles y –lo más difícil- sin que las viñetas se vean sobrecargadas de información. Los personajes tienen ese plus de plasticidad y de histrionismo que los distancian definitivamente de los fondos y los paisajes, que (como en toda buena aventura de línea clara) tienen bastante peso en la trama.
Y acá sí, me encuentro con un autor que, además de entretener a sus lectores, quiere decir algo más, dotar a la aventura de un mensaje un poco más profundo. Entre la acción y la comedia, Sáenz Valiente hace evolucionar a casi todos sus personajes, mete revelaciones impactantes, reflexiones, cuestionamientos y esas cosas que hacen un poco más impredecible el accionar tanto de los buenos como de los malos.
Norton Gutiérrez y el Collar de Emma Tzampak es un comic de aventuras para todo público, pero detrás de su redondez oculta un cierto filo, una mirada un poco más ácida, o más escéptica, que le agrega una capa más de complejidad a la obra, y obviamente la enriquece. Sumamente recomendable.
Y hasta acá llegamos. Ni bien tenga un par de libros leídos, reaparezco con nuevas reseñas, acá en el blog. Gracias por el aguante de siempre.

sábado, 24 de marzo de 2018

SABADO CON RESEÑAS

Hoy antes de salir de joda me clavo dos reseñas cortitas.
Los Hijos del Sol es uno de los primeros tomos de la colección del Quinto Centenario, editada en España allá por 1992. El guión es obra de Miguel Angel Nieto (integrante de la famosa dupla Ventura-Nieto, fallecido en 1995), un genio del humor que acá emprende la tarea de contar una historia básicamente seria, una aventura iniciática protagonizada por un chico y una chica incas, justo en la previa a la llegada de los españoles a lo que hoy es Perú.
La verdad que el guión no está bueno. Lo mejor que tiene es el ritmo, que es tranqui, para nada frenético, pero aún así bastante atrapante. Pero la trama en sí es muy básica, muy lineal, parece todo una gigantesca excusa para mostrarnos de un modo no demasiado didáctico todos esos elementos de la cultura incaica que nos describían los libros de historia. Las costumbres, la agricultura, la religión, la arquitectura, la organización socio-política… Todo el viaje de Janca y Suni tiene como principal objeto darle a Nieto la posibilidad de mostrarnos y explicarnos aspectos curiosos de esta increíble cultura que floreció en el vasto imperio inca. No hay mucha profundidad en los personajes, las peripecias no tienen mayores consecuencias… lo único realmente fuerte que sucede, sucede en la última escena, cuando los protagonistas llegan a la costa del Pacífico justo a tiempo para presenciar la llegada de los españoles.
Por suerte el dibujo está a cargo de un José Ortiz inspiradísimo, con un manejo devastador de la figura humana, de las expresiones faciales y del color. El dibujo se luce muchísimo, no sólo por el gran tamaño del álbum, sino porque además Ortiz manda sólo dos páginas de ocho viñetas y unas cuantas que tienen sólo dos. Y se ve todo muy bien, en parte gracias a la economía de diálogos que tiene el guión de Nieto. La ausencia de globos permite también que apreciemos mejor los paisajes majestuosos, inolvidables, que Ortiz nos regala en los fondos, o en viñetas mudas donde los personajes no aparecen y el paisaje es todo lo que hay para ver. Si sos fan del inolvidable dibujante de Hombre, Burton & Cyb y tantas otras glorias (o si lo ves barato), entrale sin dudar a Los Hijos del Sol.
Salto a Argentina, año 2017, cuando se edita No Soy Hordak, del prolífico Pedro Mancini. Esto es, básicamente, Pedro ahorrando guita en psicólogos. No Soy Hordak se inscribe en una variante del género autobiográfico en el que el autor, más que contarnos anécdotas de su vida cotidiana, con quién se junta a tomar una birra, con quién se acuesta, cómo se vincula con su trabajo, familia, etc., se dedica a reflexionar sobre estos temas con un nivel de profundidad muy notable, a pesar de los chistes y las pinceladas tragicómicas.
Las historietas exploran el mundo de Mancini desde una óptica lo menos obvia y tradicional posible, con el toque ganchero de que aparezcan varios personajes del universo de He-Man, pero sigue siendo eso: un autor que se mira el ombligo, se auto-analiza y lleva al papel sus inseguridades, sus angustias, sus recuerdos, todo envuelto en un lindo paquete, con un dibujo precioso, adornado con bizarreada de alto vuelo poético y algo de ternura freak.
Lo que menos me gusta (siempre que aparece lo señalo) es la grilla de dos cuadros por página. Pedro logra hilvanar bastante bien las secuencias, a pesar de este inmenso escollo, pero el resultado son páginas donde hay poco para ver y poquísimo para leer, porque además los textos son minimalistas y los silencios tienen mucho peso. Me encantaría ver una reedición de este material en la que Mancini remonte las viñetas para meter seis por página, en vez de dos. Claro, quedaría un libro de muy poquitas páginas, pero me parece que narrativamente ganaría un montón.
No mucho más, realmente. No me quiero poner a sacar conclusiones acerca de qué cosas funcionan bien y cuáles no dentro de la psiquis de Mancini. Es tarea para un terapeuta, no para un crítico de comics. Si sos muy fan del autor, te recomiendo No Soy Hordak. Si no, me parece que Pedro tiene otras historietas dibujadas a este mismo nivel (alucinante), con propuestas temáticas y narrativas más atrapantes.
Volvemos pronto con nuevas reseñas. Acá en el blog.

jueves, 22 de marzo de 2018

JUEVES DE OTOÑO

Bueno, arrancó el otoño y cambió el clima muy rápido, por lo menos acá en Buenos Aires. A la mierda las sandalias, el ventilador y los lienzos cortos. Bienvenidos frazada, medias y buzo. Mientras me adapto a las nuevas condiciones, sigo leyendo comics y escribiendo boludeces…
Recién ahora le entro al Marvel Visionaries: Steranko (editado en 2002) que un amigo me regaló gentilmente en 2016. Es un libro cortito, con menos de 110 páginas de historieta, que se propone reunir toda la producción de Jim Steranko para Marvel por afuera de su trabajo más emblemático que fue (obviamente) S.H.I.E.L.D. (ver reseña del 03/11/14).
Las primeras 30 páginas son las que dibujó Steranko para los nºs 50 y 51 de X-Men, con guiones poco inspirados del maestro Arnold Drake. El dibujo es potente, impactante, pensado para darle un ACV al lector que se venía fumando hacía años al walking dead de Werner Roth, y cada tanto derrapa hacia el grotesco. Pero se banca, no está mal. Como plato fuerte, una trilogía en Captain America, poco más de 60 páginas con guión de Stan Lee, que hoy serían una novela gráfica, ponele. Es una historia linda, con un rol importante para Rick Jones, el debut de una nueva villana, una breve aparición de Hulk (al que Steranko dibuja muy mal) y muchos momentos emotivos. Acá se ve un Steranko desbocado, al que no logran domesticar ni siquiera entintadores fuertes como Joe Sinott y Tom Palmer, con una onda increíble en la planificación de las páginas y varios trucos geniales de los que ya vimos en el libro de S.H.I.E.L.D.
Y la papa más fina, para mi gusto, es el postre. Ahí tenemos una historia corta que Steranko escribió y dibujó para una antología de “terror”, repleta de gloriosos homenajes a Bernie Krigstein y con un guión asombroso. Y otra historia corta, esta vez con guión de Stan Lee y realizada para una antología romántica, en la que Steranko se pone al hombro una trama pelotudísima y convierte a estas siete páginas en una obra maestra del pop-art, al filo de la psicodelia. Sólo por esas dos historias cortas (que no está recopiladas en ningún otro libro) se recontra-justifica conseguir el Marvel Visionaries: Steranko… si sos fan de Steranko, obvio.
Hora de reencontrarnos con Clítoris la revista fundada en 2010 por Mariela Acevedo, luego convertida en una colección de libros, de la cual este (Relatos Gráficos para Femininjas) es el Vol.2. Como yo no soy “femininja” me cuesta un toque sintonizarle la onda, pero lo vamos a intentar.
La primera historia, a cargo de Maru Rubín y Mariana Salina, es una especie de remake femenina de 4 Segundos: una sitcom con diálogos ingeniosos y momentos en los que explota el grotesco y se va todo a la mierda. No está mal, a pesar de ser un poco confusa. La de Katherine Supnem me pareció interesante, por momentos incluso conmovedora, pero el dibujo… bastante catastrófico. Acá tuve mi primer contacto con Verónica García, una autora definitivamente talentosa, muy influenciada por Fer Calvi, pero con un gran nivel. Quiero ver más trabajos suyos. Carina Maguregui aporta un guión motorizado por una idea muy copada, pero ni el desarrollo ni el dibujo (de Delfina Pérez Adán) me terminaron de convencer. Julia Inés Mamone (de quien tampoco había visto otras obras) levanta con sus excelentes dibujos un guión muy elemental, muy precario, de Maximiliano Blanco. La propia Mariela Acevedo escribe un guión muy interesante (que da para seguirlo en chotocientas secuelas), muy bien dibujado por Cam Rapetti, otra autora con talento posta. Y la última historia, que mezcla amor lésbico con militancia social, tiene muy buenas intenciones y un resultado… por debajo de mis expectativas. Pero no es un horror. Seguramente en un futuro veremos muy buen material firmado por Maia Venturini.
También hay textos, muy lindas ilustraciones de la cada vez más grossa Gato Fernández (autora también de la portada) y… no sé si será casualidad o si uno ya viene formateado así… pero la historieta que más me gustó (lejos) es la única escrita y dibujada por varones heterosexuales. Javi Hildebrandt (guión) y Nahuel Sagárnaga (dibujo) dan cátedra de cómo -en apenas ocho páginas- bajar línea, dejar al lector pensando en temas importantes, y todo con una ironía muy fina, con imaginación, con alta onda y con erudición comiquera tanto en los textos como en los dibujos. Una joyita, de lectura obligatoria para entender de qué hablamos cuando hablamos de feminismo.
Ya tengo leído un libro más (estoy on fire) así que pronto habrá nuevas reseñas, acá en el blog.


martes, 20 de marzo de 2018

MARTES A LA MAÑANA

Por fin tengo un ratito para sentarme a escribir reseñas…
Después de años y años de investigación, escrituras y reescrituras, en 2012 salió a la luz Gringos Locos, la historieta en la que Yann y su habitual colaborador, Olivier Schwartz, cuentan la vida y las anécdotas más graciosas de Jijé, Morris y André Franquin en EEUU y México, en aquel famoso viaje que emprendieron en 1948, convencidos de que iban a conseguir trabajos maravillosamente remunerados en los estudios Disney.
Yann se mete en la intimidad de estos tres monstruos sagrados de la historieta belga, cuenta bastante del backstage, de los pro y los contra de trabajar para el semanario Le Journal de Spirou, y se centra en el lado humano, casi siempre cómico de los tres autores. También aparecen la esposa y los hijos de Jijé, que son parte del accidentado viaje, y una vez publicadas las primeras páginas de Gringos Locos, algunos de ellos salieron a “desmentir” ciertos elementos del guión de Yann, o a cuestionar ciertos toques de caracterización que el guionista introduce para convertir a las personas en personajes de modo más efectivo.
Pero la verdad es que son giladas. Lo importante de Gringos Locos no es tanto el rigor documental como la dinámica entre los tres ídolos, la consigna (las aventuras de tres historietistas belgas entre EEUU y México), los chistes y el cariño con el que dos grandes artistas de hoy abrazan a estas tres leyendas de ayer. Lo único realmente choto de Gringos Locos es que Yann remata todo en 46 páginas. Un disparate. Con esta idea y estos protagonistas se podría haber hecho una serie regular, de muchos álbumes. Pero al liquidar todo en 46 páginas (algunas con muchas viñetas, como suele suceder en los álbumes franco-belgas) uno se queda con la sensación de que esto daba para mucho más. Como fan incondicional de Franquin y Morris, me enrosco horas y horas pensando en qué cosas fabulosas quedaron afuera de estas 46 páginas, cuánto más jugo se le podría haber sacado a ese viaje que fue un manantial inagotable de anécdotas…
Y bueno, me quedo con lo que hay, que es apasionante. Ni hablar de la magia que tira Schwartz con su pincel, místicamente poseído por el espíritu de Yves Chaland. El talento de Schwartz va mucho más allá de la mímica del malogrado Chaland, obviamente, y es el ancho de espadas con el que juega Yann cada vez que se propone demostrar que es el que mejor entiende el juego que inventaron Jijé, Franquin y Morris. Gran álbum, hiper-recomendado.
Desolation.exe es un librito editado en 2017 en varios países y por suerte tuvo edición argenta, de la mano de Wai Comics. Se trata de un recopilatorio de cinco historias cortas realizadas en 2015 por Berliac, gran autor argentino radicado en europa. Acá explota el Berliac 2.0, el que abandonó la estética oscura onda José Muñoz para subirse (50 años tarde) a la impronta gráfica de los grandes maestros del gekiga, que rompían todo a fines de los ´60 en la mítica revista Garo.
Como decía recien hablando de Schwartz, lo de Berliac no se queda en la mímesis, si no que actualiza ese estilo clásico, le pone mucho de su propia cosecha. No como para que un europeo se dé cuenta de que se trata de un dibujante argentino, pero casi. Aun así, algunas de estas historias cortas dejan ver rasgos de identidad argenta, y eso las enriquece bastante.
Me cuesta elegir una favorita entre las cinco… La primera es la que brilla por su poder de observación, la segunda se basa en una idea excelente, la tercera plantea un misterio muy loco, con una tensión muy lograda, la cuarta es la más profunda, la más realista, la más cercana, y la quinta tiene una ironía y una mala leche sumamente seductoras. Lo más notable es cómo en pocas páginas, con pocas viñetas por página, Berliac logra no sólo contar pequeñas historias, si no también tirar temas, problemáticas o ideas que subyacen a las tramas y a los personajes en cuestión.
El dibujo es muy parejo a lo largo de los cinco relatos, la narrativa es clarísima, muy eficaz, así que si no te ahuyenta el estilo que adoptó Berliac, seguramente esto te va a resultar muy satisfactorio. Y si sos fan del gekiga clásico, ni hablar, esto te va a resultar cautivante. Por suerte en 2017 salieron varios libros más de este talentoso artista, así que volveremos a ocuparnos de él.
Hoy llegamos hasta acá, y la seguimos pronto, ni bien tenga nuevos libros para reseñar. Gracias por el aguante.

viernes, 16 de marzo de 2018

PREVIA CON RESEÑAS

Es viernes, la noche está bárbara para salir a atorrantear, y mientras llega la hora mágica en la que abren los boliches, aprovecho para reseñar un par de libritos que leí en estos días.
Empiezo con The Twilight Children, una obra de Beto Hernández tan, pero tan de Beto Hernández, que todo el tiempo sentís presente la impronta gráfica de Beto Hernández, aunque no la dibuje Beto Hernández. Por algún motivo (supongo que comercial), Beto no dibujó The Twilight Children, si no que le entregó el guión y unos bosquejos muy básicos de los personajes a otro genio del Noveno Arte, el malogrado Darwyn Cooke. Cooke dibujó la obra en su inconfundible estilo (de hecho, fue la última historieta que llegó a concluir antes de su prematura muerte), pero de alguna manera es imposible escaparle al influjo de Beto. Esto es como si fueras a ver a The Cure y en vez de Robert Smith apareciera… Eric Clapton, o Peter Frampton. Son guitarristas de la San Puta, cantan bárbaro… pero las canciones de The Cure están pensadas para ser interpretadas por Robert Smith, y se nota mucho. Por momentos sentís que los personajes en realidad están dibujados por Beto, pero usan una máscara, con los rasgos faciales dibujados por Cooke. Es todo muy raro, es como una impostura, no sé… Obvio que Cooke dibuja como los dioses y es genial tener un libro con las últimas 120 páginas que dibujó en su vida… pero esta historieta es tan Beto que la magia de Cooke casi sobra.
La historia en sí (no la quiero spoilear porque es bastante reciente) es totalmente adictiva. Hay un misterio jodido, un montón de personajes fascinantes, historias que se cruzan en un pueblito donde todos se conocen, un clima como de “nada de esto es demasiado serio”, a pesar de que pasan cosas fuertes, y con consecuencias para nada triviales… Beto te tira todas los elementos fantásticos juntos al principio del relato y después juega a naturalizarlos, a incorporarlos a un ámbito real, propicio para el drama o la comedia costumbristas a las que nos acostumbró a los fans de Palomar. Y si hay algo para criticarle, es que el final no aclara minuciosamente todo lo que había para aclarar. Pero es emotivo, impactante y muy bello, o sea que no jode demasiado esa pátina de ambigüedad. Seas fan de Darwyn Dios o de Beto HernanDios, te recomiendo The Twilight Children.
El Sueño de Icaro es la ópera prima de Brebre (Breno Costa), un autor nacido en Brasil y radicado en Buenos Aires. Es una obra extensa, publicada en un libro de 200 páginas… con muchas páginas en blanco, carátulas y boludeces que podrían no estar.
Pero vamos a la historieta en sí. El Sueño de Icaro es un comic autobiográfico que –como su nombre lo sugiere- deja un margen para introducir elementos oníricos, para contar algunos sucesos de la vida real de Brebre tamizados por un cierto vuelo fantástico. Básicamente, se trata de las memorias de este joven soñador y fanático de los comics, desde que nace en Belém (al norte de Brasil, a orillas del río Amazonas), hasta que –una vez instalado en Buenos Aires- descubre el amor de la mano de una chica argentina. El relato es entretenido, hay muchos datos curiosos y copados acerca de la vida en estos pueblos del norte de Brasil, algún coqueteo con el thriller en la escena en la que unos chorros se meten en su casa… y una secuencia muy extraña, en la que el autor/protagonista se convence de que puede volar, se tira de lo más alto de un árbol y termina hecho mierda contra el piso, para luego ser hospitalizado. Es raro porque, si bien Brebre explora a fondo las consecuencias de este hecho, nunca explicita sus causas. ¿Estaba drogado, borracho, loco? Porque lo que se ve en los dibujos (las alas que le salen en la espalda) es una metáfora, no? Difícilmente haya sucedido en la realidad… No terminé de entender por qué carajo pasó todo ese tramo, que casualmente es el que está mejor narrado, el que más me atrapó a la hora de la lectura.
El dibujo está bien, es correcto, con momentos muy lindos, con varios aciertos en el armado de la página y esa sensación de “ternura freak” que le queda bien a un relato de este tipo. Hay cosas para mejorar, obviamente, pero para ser una ópera prima, visualmente El Sueño de Icaro se la re-banca. Espero atentamente el próximo trabajo de Brebre y (puesto a pedir) me gustaría que fuera una obra más corta, más compacta, en la que se dedique a narrar una historia 100% ficticia, más allá de que el tono sea realista o no.
Mientras tanto, sigo avanzando en las lecturas, para volver pronto con nuevas reseñas.

miércoles, 14 de marzo de 2018

MIERCOLES DE TORMENTA

Mientras afuera llueve como si fuera la última vez, yo aprovecho el ratito libre para reseñar un par de libros que tengo leídos.
Empezamos con un manga de Shintaro Kago (a quien tenía abandonado desde 2014), pensado para detonar el universo: La Formidable Invasión Mongola cuenta nada menos que la historia de la civilización humana entre los siglos XIII y XX, con un twist muy bizarro, absolutamente genial. Resulta que, en esta versión de la Historia, los mongoles encuentran los cadáveres de una raza de gigantes (aparentemente todos de sexo femenino), cuyas manos mutilan y convierten en caballos para sus tropas. Montados sobre manos enormes, los mongoles expanden su imperio, masacran a sus enemigos y reescriben la historia tal como la conocemos.
A partir de ahí, todo girará en torno a los caballos mongoles, que es como se llama a estas manos gigantes, con autonomía propia. Qué usos darles, cómo producirlos a gran escala, cómo prolongar su vida útil… Militares, científicos y empresarios de todo el mundo se obsesionarán con los caballos mongoles, y estos dirán “presente” en todos los momentos cruciales de la Historia: grandes avances, grandes conflictos bélicos, revoluciones industriales…
Por supuesto, Kago se toma bastante en joda la reinterpretación de la Historia. Mete personajes graciosos, diálogos desopilantes, mínimos toques de sexo y escatología, y lo más interesante: indaga a fondo, pero para el lado contrario. Cualquier guionista “normal” se pondría las pilas para explicar de dónde vinieron esos gigantes, cómo y por qué se regeneran cuando se los mutila, por qué sus manos cobran autonomía una vez separadas de los cuerpos… Kago se caga en eso (valga la redundancia) y se divierte más con lo otro: con los efectos disruptivos que tienen estos “caballos” en el desarrollo del comercio, la industria, la guerra… Un disparate total, que funciona perfecto y te atrapa (sobre todo si te gusta la Historia) hasta la última viñeta.
El dibujo, sin ser excelente, está muy bien. Kago incursiona en el estilo de Katsuhiro Otomo y Satoshi Kon, sin tener el virtuosismo de ninguno de los dos. Pero le va bien. Toma también cositas de Kaiji Kawaguchi, algo de Moebius… Si insistimos en catalogar a La Formidable Invasión Mongola como “eroguro” sólo porque Kago viene de ese palo, nos vamos a encontrar con un eroguro MUY light, a años luz de una obra jodida de Suehiro Maruo, o incluso de otros trabajos de Kago que ya vimos acá en el blog. Por ese motivo (y algunos más) recomiendo a los que quieran ingresar al demencial mundo de Shintaro Kago que empiecen por esta novela gráfica.
Me voy a México, donde se publica Conque, una especie de revista de antología en formato álbum europeo, y en cuyo Vol.3 participan varios autores de los que soy muy fan: Abre el alucinante Bachan, con nueve páginas dibujadas a un nivel impresionante (en una estética similar a la de Blacksad), pero que son el final de una historia. Sin haber leído lo previo, no entendí un carajo. Después hay una rareza exquisita: ocho páginas del maestro Sergio Aragonés… dibujadas en ocho horas. Bizarro, pero glorioso. Otro genio universal, Enrique Breccia, aporta una historia de seis páginas (adaptada de un cuento de Julio Cortázar) que desafía cualquier descripción y cualquier exégesis. No se puede dibujar ni narrar tan bien, es imposible.
También hay material de otros autores mexicanos (destaco a Juanele, Ariel Orea, Nadim y Polo Jasso, del que lamento que hayan publicado una sóla página) y dos autores vinculados a ese país: Edu Molina, argentino radicado en México, aporta seis páginas excelentes. Y Rodolfo Santullo, nacido en tierra azteca pero más uruguayo que comerse un chivito en la Plaza Cagancha, nos ofrece una historieta cortita (apenas dos páginas) muy interesante, con varias puntas para reflexionar, y muy buenos dibujos de Guillermo Hansz.
La calidad de la publicación es impactante, los textos que complementan a las historietas están muy bien y la portada (obra de Edgar Clément, a la sazón director de la revista Conque) es majestuosa. Siempre es un placer ver en qué andan los cuates mexicanos, sobre todo cuando siguen apareciendo historietistas de gran nivel. Y si encima me ponés material que no conocía de Aragonés, Molina, Santullo y Breccia… pos no se hable más.
Y hoy cerramos acá. Vuelvo pronto, con nuevas reseñas.

lunes, 12 de marzo de 2018

PONIENDOME AL DIA

Venía de varios días con poco tiempo para sentarme a escribir reseñas, pero hoy me levanté temprano y me pude organizar mejor.
Convertir a La Odisea en un comic es una gran idea. De hecho, ya se hizo mil veces. Convertir a La Odisea en un comic de 28 páginas (140 viñetas) es una pésima idea, porque tenés que sintetizar todo el relato de Homero a su mínima expresión y hasta dejar cosas afuera. Sin embargo, a partir de esa pésima idea, el guionista Federico Villalobos y el inmenso dibujante Jorge González lograron en 2008 una versión realmente efectiva del clásico de la antigüedad. Obvio, todo pasa muy rápido. De una viñeta a otra pasan meses, o años. Pero está la esencia del relato de Homero, no hay grandes traiciones ni omisiones.
Y obviamente el ancho de espadas es el dibujo de González. Con un trazo suelto, como de lápiz sin entintar, el autor de Fueye y Dear Patagonia abreva en las siempre rendidoras fuentes de Lorenzo Mattotti y logra convertir al lápiz en varita mágica. Tanto en las páginas de siete o nueve viñetas como en las splash-pages, el trazo de González combina power con lirismo como sólo los grandes pueden hacerlo. Así, este clásico hiper-sintetizado se convierte en un festival de imágenes maravillosas, difíciles de olvidar. Entiendo que este es un trabajo por encargo, de esos que González hace para subsistir, no para ganar premios ni prestigio. Pero la verdad, a nivel visual me gusta más su trabajo en La Odisea que lo que le vimos en Fueye o Dear Patagonia. Es así, lo admito (y lo siento si a alguno le molesta): me gusta más el González “careta” que el González más “autor”, más libre, más poético, o más climático. Por eso atesoraré hasta el infinito y más allá estas 28 páginas en las que González, sin mezquinar un gramo de su talento, se pone las pilas para CONTAR UNA HISTORIA, meta ulterior de cualquier historietista que se precie de tal.
Me voy a EEUU, a 2009, cuando se edita Power Up, una de las novelas gráficas de Doug TenNapel, el creador del famoso Earthworm Jim, quien desarrolló una notable carrera como historietista, que yo hasta ahora conocía sólo por historias cortas en antologías.
Power Up es una narración clásica, con presentación, nudo y desenlace perfectamente estructurados, un personaje que evoluciona, un final donde se cierran todas las puntas argumentales… Técnicamente, es un guión redondo, perfecto. Hay buenos personajes secundarios, la línea que baja está buena (a pesar de que TenNapel tiene fama de ser un tipo muy de derecha, ideológicamente bastante nefasto), los toques de comedia están bien puestos… La verdad que no hay mucho para discutirle.
Eso sí, para que te cierre la historia, TenNapel te pide un esfuerzo mayúsculo en materia de suspensión del descreimiento. Buena parte de la gracia de Power Up reside en su ambientación realista, en su dinámica de sitcom, en su manejo de lo cotidiano… y cuando irrumpe el elemento fantástico, se hace… excesivamente fantástico. TenNapel no se calienta en absoluto por conservar el verosímil y bueno, como la historia está bien contada uno se deja llevar, incluso en el tramo final donde el realismo costumbrista convive (a los codazos) con un planteo de aventura fantástica MUY extremo, muy bizarro.
Por supuesto ayuda que el dibujo sea muy bueno (con reminiscencias de Bill Watterson y Dave Cooper) y esté muy bien puesto al servicio del relato. Creo que voy por más obras de Doug TenNapel.
Cierro con Agosto y Mardel- plata, otra obra de Brian Janchez publicada en 2017. Esta vez Janchez vuelve a su habitual estilo narrativo que consiste en combinar personajes muy losers, climas muy melancólicos, una especie de trama romántica y chistes muy efectivos basados en la observación de las boludeces cotidianas, o simplemente en gags guarangos o escatológicos. En ese sentido, Agosto y Mardelplata no ofrece sorpresas para el lector que sigue hace unos años la obra de este prolífico autor. De hecho es una obra tan Janchez, que si leíste mucho Janchez te puede sonar a algo repetido, a un déja vu.
Como siempre, lo más notable en cada trabajo de Brian es el timing, el manejo del tempo narrativo, que es lo que le da profundidad a los personajes y eficacia a los gags. Esos planos que se repiten a lo largo de varias viñetas, como si de pronto estuviéramos viendo teatro, esos silencios, las secuencias en las que las pulgas de Mardelplata se roban el protagonismo… con esos truquitos el comic sostiene el interés del lector a lo largo de 48 páginas (que en otras obras de Janchez se pasan volando y en esta no tanto).
Si te gustan las historias muy reales, muy basadas en las boludeces de todos los días, en las relaciones con parejas, madres, mascotas y soretes varios a los que día a día nos toca fumarnos, Agosto y Mardelplata tiene buenas probablidades de emocionarte, engancharte o arrancarte alguna risa.
Y hasta acá llegamos. Vuelvo pronto, con nuevas reseñas.

miércoles, 7 de marzo de 2018

GEMAS DE MIERCOLES

Me da cosa sentarme a reseñar El Hombre Primordial, porque el año pasado, cuando estaba por salir el libro, el editor me ofreció escribir el prólogo y yo acepté. O sea que casi todo lo bueno que tenía para decir sobre esta obra de Mauro Mantella y Germán Erramouspe lo expresé con mi habitual torpeza en ese texto, quizás lo único choto que tiene el libro.
Si te gustan los superhéroes, no se me ocurre un sólo motivo por el cual no pueda interesarte El Hombre Primordial. Es una historia fuerte, compacta, profunda, donde los autores se apropian de los tropos de un género muy popular (el único género autóctono de la historieta, cabe acotar) y los hacen propios. Y no es una historia liviana, no es una boludez, no es el tipo de relatos con los que se rellenan mes a mes las revistitas de 20 o 22 páginas. Ya lo hice en aquel prólogo, pero el público se renueva (como dice la nonagenaria fascista) así que lo repito: El Hombre Primordial es algo así como el Miracleman argentino. Y ojo, que esto no significa que la historia esté ambientada en nuestro país, pero hay algunos guiños inconfundiblemente argentos.
Dicho todo esto, dos falencias que en el prólogo del libro no daba para señalar, pero acá sí. 1) La identidad del “villano secreto” se deduce muy fácil, alcanza con prestar mínima atención. Así es como termina por no sorprender a nadie, como los aciagos resultados de las políticas económicas del neoliberalismo. 2) Esta es una historieta que ya tiene más de 10 años, y si bien en ese momento Erramouspe dibujaba muy bien, hoy dibuja MIL VECES mejor. Con lo cual, si la comparás con los trabajos más recientes del dibujante, te va a parecer medio chota. Si hoy Erramouspe redibujara toda esta obra, El Hombre Primordial sería una mega-brutalidad.
No hay vuelta que darle: Alan Moore. John Ridgway, Bryan Talbot, David Lloyd y John Bolton son ingleses, la revista Warrior existió sólo en Inglaterra en los años ´80… pero hojeás El Hombre Primordial y te deja esa duda, o por lo menos te abre ese “what if…?”. ¿Qué habría pasado si Mantella y Erramouspe hubiesen hecho esta historieta en los ´80 para una editorial del Reino Unido? Atrevete a imaginar el milagro.
Salto a España, a 2014, cuando se publica Versus, una novela gráfica relati-
vamente breve, cuyas 64 páginas alcanzan para elevar a su autor, Luis Bustos, de maestro, capo o crack a Genio del Noveno Arte. La tapa es sumamente pecho frío, el formato es raro (va a morir en el pilón de los tomos de Macanudo), la trama la leímos chotocientas veces (el boxeador veterano, cuasi-acabado, se juega los últimos cartuchos en una pelea contra un pibe joven que obviamente le va a rediseñar la caripela a castañazos), pero aún así Versus es una Obra Maestra.
Acá la magia narrativa de Bustos gana por knock out, por puntos, por afano, por las dudas, por onga. El madrileño toma una historia sencilla y la hace hipnótica a base de unos cuantos recursos narrativos y gráficos utilizados a la perfección. La idea de romper la diégesis le funciona bárbaro, la caja cuadrada (como el ring) garpa fortunas, el uso de los textos en off para meternos en la cabeza del protagonista (que se llama Tom King, como el guionista que hoy la descose en EEUU), el salto al vacío de cambiar varias veces de registro gráfico resulta un hallazgo colosal… Bustos se anima a todo y no falla nunca. Asalto tras asalto te caga a trompadas con la fuerza de un relato pensado y cuidado a nivel molecular.
En cuanto a los estilos gráficos, hay básicamente tres. El que está más presente es el estilo más típico de Bustos, el que vimos hace no mucho en ¡García!. Una línea bastante emparentada con la de David Rubín o Víctor Santos, con no pocas influencias del manga de acción. Pero después hay un montón de páginas (básicamente en las secuencias tranqui, en las que Tom no está peleando) que parecen dibujadas por Will Eisner. Seguramente a Bustos no se le escapa que nadie dibuja mejor que Eisner las grandes ciudades de EEUU en los años de la Gran Depresión, y ahí va, a buscar inspiración en las obras del inmenso creador del Spirit. Pero después, en las páginas finales del combate, Bustos de nuevo rompe el libreto y vira hacia un dibujo más esquemático, más visceral, con trazos más angulosos y manchas negras más fuertes, como si fueran grabados, más que dibujos. Una apuesta jodida, con un resultado brillante.
Si sos fan de Bustos, o del boxeo, seguro ya descubriste esta Biblia absoluta. Si no, te la recomiendo a full, de acá hasta el fin de los tiempos. Posta, no sé si algún día me voy a cansar de recomendar Versus. No es frecuente encontrarse con historietas de esta calidad, aunque las busques.
Volvemos pronto, con más reseñas.

lunes, 5 de marzo de 2018

TARDE DE LUNES

Después de dar mil vueltas, finalmente tengo Netflix en mi casa… y sí, estoy leyendo menos comics que hasta hace unos días. Es un tumor maligno, posta. Pero bueno, algo tengo como para reseñar…
Arranco con X-Men: Children of the Atom, una miniserie de 1999-2000 que surgió con una premisa muy copada: indagar en los meses previos al nº1 de Uncanny X-Men, ya que aquella serie empezaba (como vimos en la reseña del 16/11/17) con la escuela de Charles Xavier ya funcionando, con los cinco alumnos de la “First Class” ya convertidos en superhéroes y bastante cancheros en el manejo de sus poderes. A Joe Casey se le ocurrió ir un poco más para atrás, contarnos cómo el Profe pone en marcha la escuela, cómo los contacta a Scott, Jean, Hank, Warren y Bobby, cómo vivían ellos antes de entrar en contacto con otros mutantes… Hasta ahí, todo excelente. Pero en un comic de superhéroes tiene que haber machaca, no menos de una pelea por episodio, y ahí es donde Casey se la pone de frente contra un tren bala.
Children of the Atom tiene un gran problema y es que se esfuerza demasiado por introducir conflictos que puedan dar pie a luchas, batallas y demás expresiones de la violencia… en medio de una trama que no requería ese tipo de escenas. Me parece piola darle fuerza al contexto de un furor anti-mutante entre la población de los EEUU, pero de ahí a meter un grupo cuasi-nazi a armar kilombo, a Magneto, al FBi… Me pareció que todo eso sobra, que le resta mucho espacio al lucimiento del Profe y sus alumnos. Y además Casey mete mucho diálogo, hay páginas que tienen tanto texto que resultan ilegibles. Una pena porque –repito- la idea base era buenísima.
Por suerte hay muchas páginas dibujadas con mano maestra por el exquisito Steve Rude (pobre, se fuma las más sobrecargadas de viñetas y de textos) y unas cuantas de otro ídolo, Paul Smith (lejos de Rude, pero igual magnífico), al que le toca el tramo más descomprimido del relato, donde Casey deja más espacio para el lucimiento del dibujante. Y para el final, la impecable faz gráfica decae bastante de la mano de un muy joven Esad Ribic que todavía estaba un poco verde. De nuevo, una pena.
Salto a 2017, cuando en Argentina se publica Urgh y la Corona de Huesos, la primera novela gráfica de Telémaco, a quien obviamente conocía por “Jose, José”, la tira que publica hace más de dos años en el sitio web de Comiqueando, y por algunas historias cortas. Pero claro, yo estaba acostumbrado a verlo narrar una mini-historia en dos o tres viñetas y acá me encuentro con una mega-historia narrada en 250 páginas… y con tela para seguir cortando en eventuales secuelas. No tengo idea de cuánto habrá tardado Telémaco en escribir y dibujar todo esto, pero a simple vista parece un laburo monumental.
Urgh y la Corona de Huesos es un aventura con mucho humor, pensada para chicos de 9 a 12 años, más o menos. Recién en el último tercio de la obra uno empieza a sentir que Urgh y sus amigos están metidos en un bolonki realmente peligroso. Todo el resto va más para el lado de los enredos graciosos, los diálogos poblados de retruques ingeniosos, los personajes estrafalarios, los elementos fantásticos… Telémaco logra un buen equilibrio entre la joda y la epopeya y, si bien la aventura en sí se podría haber contado en muchas menos páginas, la novela se hace entretenida, sobre todo porque el ritmo está muy cuidado y el armado de las secuencias acumula muchísimos aciertos.
A nivel visual, se nota mucho la influencia de Bone, la obra magna de Jeff Smith. Bone está ahí, en todas las páginas de Telémaco. Pero no hay personajes ni fondos calcados de los de Smith, ni homenajes con olor a choreo. Hay un esfuerzo marcado por compartir una misma estética y en todo caso por reproducir ciertos hallazgos de Smith en materia de planificación de las secuencias. De esos aciertos que yo le destacaba a Telémaco en el párrafo anterior, no pocos son heredados de Bone.
Lo cierto es que, conozcas o no a Bone, Urgh y la Corona de Huesos es una lectura ágil, dinámica, no genial ni indispensable, pero más que efectiva a la hora de entretener a pibes en la edad pre-hardcore fans de los superhéroes. También está buena para ver qué hace un historietista que demostró tener muchísimos recursos para la tira cómica cuando le das “canilla libre” para contar una historia mucho más larga y más ambiciosa. Veremos con qué nos sorprende Telémaco de acá en más.
Y hasta acá llegamos. Vulevo pronto con nuevas reseñas (si Netflix me da permiso)…

jueves, 1 de marzo de 2018

SEGUNDO BIMESTRE

Cuando te querés dar cuenta, ya se fueron Enero y Febrero y ya está el subnormal balbuceando mentiras en el Congreso para inaugurar el período de sesiones ordinarias…
En materia de lecturas, por fin me enteré por qué The Nao of Brown ganó tantos premios allá por 2013-14. Ojo, no me subo al tren de los que elevaron a esta novela gráfica de Glyn Dillon (hermano menor del recordado Steve) al status de “Historieta Perfecta”. Algún problema tiene. Subrayo sobre todo el hecho de que el… 95% de los sucesos relevantes para la trama se concentran en la segunda mitad, mientras que las primeras 100 páginas ofrecen un slice of life muy llevadero, con escenas muy divertidas y/o emotivas, pero que se quedan en la presentación de personajes, no aspiran a tener más peso en el desarrollo argumental. Probablemente esta historia sería mejor si en vez de 200 páginas tuviera 120.
Por suerte, Dillon tira magia desde el guión y el dibujo para que cada una de estas secuencias tenga algún atractivo, más allá de su incidencia en la trama. Y por otro lado, ese ritmo hiper-descomprimido que muestra The Nao of Brown tiene que ver con la mayor pretensión que tiene el libro, que es la de parecer 100% real. Dillon centra la historia en una chica con Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC) y es obvio que no toca de oído, si no que investigó a fondo el tema. Por ende, nos lo quiere mostrar del modo más fidedigno posible, necesita que el lector entre en la mente de Nao y vea la vida como la ve ella. O sea que no es un delirio trazar una historia que avance muuuuy de a poco, con un énfasis a primera vista desmedido en algunos detalles.
Donde no se le puede decir ni mu a Dillon es en el dibujo. Realmente, majestuoso es poco. Imaginate una estética muy realista, de dibujante académico perfecto, tipo Milo Manara o John M. Burns, pero con la tinta y el color a cargo de un dibujante un toque menos careta, más expresivo, tipo un Scott Hampton. Y todo eso llevalo a una ambientación urbana contemporánea, que te obliga a trabajar con referencias fotográficas y a dejar la vida en los detalles. Bueno, yo (que conocía a Glyn Dillon sólo por una oscura miniserie que le publicó Vertigo en los ´90) no me imaginaba ni en pedo que me iba a encontrar con un trabajo de esta calidad, con esta belleza visual tan apabullante. Después de lo que dibujó en estas 200 páginas, le compro todo lo que publique de acá al fin de los tiempos.
Me vengo a Argentina, a 2017, cuando Damián Connelly y Fer Calvi lanzan Flash Card Mistery Man, una historieta ambientada (al igual que Psicocandy) en el universo de Ojo Eléctrico. Lo que hicieron Connelly y Calvi en este trabajo no sólo es muy raro, sino también muy difícil de hacer: si bien la historia tiene sus momentos tranquilos, sus pausas, los autores juegan a desenfatizarlas por completo. Y les sale tan bien, que recién la segunda vez que lo leí (por suerte son sólo 48 páginas de historieta, se pueden leer más de una vez) noté que había pausas. La primera lectura fue como un torbellino, me sentí adentro de un vórtice desaforado en el que el comic me bombardeaba con acción, acción, acción, palo y palo, todo el tiempo, sin respiro. Después noté que por debajo de esa explosión de machaca constante, había un par de cambios de ritmo, pero como ya dije, desenfatizados, ocultados, disfrazados de más acción vertiginosa por Connelly y Calvi. Eso me pareció lo más notable del librito, junto con la perfecta integración entre los dos creadores. Como pasa de vez en cuando, acá te tenés que esforzar para deducir que hay dos autores y no uno sólo.
La trama en sí es… típica, no muy distinta de otras que ya leí chotocientas veces, y en todo caso se aprecia la viveza de Connelly por potenciarla con las referencias a las canciones de David Bowie y a algunos de los elementos que ya nos presentó en Psicocandy. Hay un intento de desarrollo para el personaje central, pero la verdad que entre tanto kilombo de tiros y estallidos, mucho no se destaca.
Calvi, por su parte, despliega en estas páginas uno de sus trabajos más salvajes, con un trazo vibrante, explosivo, pensado para acompañar este festival estridente de acción y violencia. Creo que la técnica que usa es la pluma, con la que logra una línea muy plástica, muy dinámica, muy expresiva, con un grosor que va variando todo el tiempo y puede llegar a generar una cierta confusión en el lector poco acostumbrado a leer historieta en blanco y negro. Y después te tira la fatality con las tramas mecánicas, que es un recurso que Calvi maneja como los dioses desde que empezó, allá por mediados de los ´90. Flash Card Mistery Man es un comic bien de acción, que le aporta impacto y alguna que otra idea copada al universo Ojo Eléctrico, pero es sobre todo la primera colaboración de una dupla que se entiende demasiado bien, y que ojalá reaparezca pronto con nuevos trabajos en conjunto.
Y yo también planeo reaparecer pronto, ni bien tenga leídos un para de libritos más. Hasta entonces.