el blog de reseñas de Andrés Accorsi

viernes, 20 de octubre de 2017

VIERNES DE CLASICOS

Poca lectura esta semana, porque estuve muchas horas metido en la Universidad de Palermo, donde una vez más me tocó organizar las Jornadas de Historieta. Pero veamos qué fue lo que pude leer:
A pesar del sabor amargo que me dejó la lectura de Reptilia (ver reseña del 25/05/17), me aventuré con el primer tomo de Aula a la Deriva (o Drifting Classroom), un clásico de Kazuo Umezu de principios de los ´70. La idea es tan simple que resulta ramplona: un edificio entero, nada menos que una escuela primaria llena de alumnos y profesores, desaparece de un segundo a otro. En esa manzana de Tokyo queda un agujero, y la historia nos cuenta qué pasa adentro de la escuela, cómo se intentan adaptar chicos y adultos a este aislamiento forzado, y (por suerte antes del final del primer tomo) dónde carajo fue a parar el edificio a la deriva.
Básicamente, Umezu se plantea contar una historia de supervivencia. Nos va a mostrar cómo mueren un montón de estos “náufragos” y cómo los que quedan vivos van a cruzar límites insospechados, tanto a nivel coraje y entereza como a nivel miseria, codicia y degradación. El tono de la obra es extremo, sin piedad, no importa que los protagonistas sean chicos de 10 años. Umezu los sume en la oscuridad a grandes y chicos y hay lágrimas, hambre, violencia y muerte para todos. Si bien el “desplazamiento” de la escuela constituye un elemento fantástico de gran impacto y gran magnitud, el autor se dedica a explorar las consecuencias de este suceso desde una óptica absolutamente realista. La fantasía se termina cuando el colegio se materializa en… otro contexto, y de ahí en más, tenemos un clásico gekiga oscuro, dramático, tenso, sin un mínimo resquicio para el humor y sin siquiera esas escenas tan típicas de los mangas de terror de Umezu en los que suceden cosas tan sacadas, tan grotescas, que en vez de asustarte te cagás de risa. Acá no hay risas, sólo angustia y la sensación de que las cosas sólo pueden empeorar.
El dibujo está muy bien, la narrativa es espectacular (este es el rubro en el que Umezu siempre tiene el ancho de espadas) y quedé manija para entrarle en cualquier momento al Vol.2.
Allá por el 27/09/12, me tocó reseñar un tomo de Gilgamesh que recopilaba material de la primera mitad de los ´70, cuando Sergio Mulko escribía unos guiones rarísimos para que los dibujara un Lucho Olivera también extraño, lejos del nivel de sus mejores trabajos de aquel período. Ahora arranco con un tomo (editado en España) que reúne los primeros 14 episodios de la segunda versión de Gilgamesh, del “reboot” que impulsan en 1980 un consagradísimo Robin Wood y un Lucho Olivera listo para estallar con el fulgor de una supernova y regalarnos muchas de las mejores páginas de su vasta trayectoria.
Robin toma el argumento del primer episodio de la primera etapa de Gilgamesh, cuando el guionista todavía era el propio Lucho, y convierte esas 10 primeras páginas en el andamiaje sobre el cual edifica estos 14 episodios. Lo que sucede es básicamente lo mismo, pero Robin se toma su tiempo para contar a su ritmo hechos que Olivera nos había narrado en fast-forward, en páginas de muchas viñetas chiquitas, para llegar rápido a lo que a él le interesaba contar, que eran las aventuras del inmortal en el espacio. Wood, en cambio, para la bocha, la pisa y dice “en estas 10 páginas hay material para una serie entera” y hacia allá va con paso firme, con muy buenos textos, con mucho desarrollo para el protagonista y con una estructura episódica que recuerda bastante a la de la mejor etapa del Mort Cinder de H.G. Oesterheld y Alberto Breccia. Veremos qué pasa cuando Gilgamesh se lance al espacio exterior, pero por ahora Robin da cátedra en un terreno en el que siempre le fue muy bien: aventuras ambientadas en distintas épocas y civilizaciones de nuestro planeta. Con un agregado interesante, que es la presencia de razas alienígenas, semi-ocultas entre los humanos de los distintos periodos históricos.
Lucho sube muchísimo la apuesta en esta versión de Gilgamesh y la convierte en una joya de alto impacto visual, con un nivel de dibujo alucinante. El recorrido pausado por los distintos tiempos le da la posibilidad de lucirse también en la reconstrucción de edificios, vestidos y armamentos de todos los períodos históricos, algo que en la primera versión casi ni se disfruta. No todas las páginas son exquisitas (también hay viñetas que Lucho saca “con fritas”) pero el promedio de calidad es altísimo, probablemente el más alto de los muchos años de Olivera en las revistas de Columba. Prometo entrarle pronto al Vol.2 y ya estoy lamentando que no haya más material de esta etapa de Gilgamesh publicado en libro.
Ni bien tenga más material leído, volvemos con nuevas reseñas. Hasta entonces.

lunes, 16 de octubre de 2017

LUNES FERIADO

Ahora que liquidé el pilón de los libros argentinos publicados en 2016, tengo para leer algunas cositas más viejas, antes de arrancar con la ingente producción de 2017.
Taca tac salió en 2003 en Francia y en 2004 en España, en una edición majestuosa a cargo de Ivrea. El guionista es Andrés Goldestein (o Goldstein, según dónde mires), a quien no conocía, y el dibujante es un amigo/ídolo: Feliciano García Zecchin. No sé cómo le habrá ido en Francia, pero en España evidentemente el álbum no vendió bien y se convirtió en un clásico de las mesas de saldos (creo que lo pagué dos euros, contra los 22 del precio de tapa).
Ya desde la portada, estamos ante un comic muy raro. ¿Eso lo dibujó Feliciano? No se parece en NADA a sus otros trabajos. Acá el co-creador de 4 Segundos agarra para el lado de José Muñoz y el Viejo Breccia: apuesta a un pincel bien cargado de tinta, a crear climas con la mancha negra, a buscar una síntesis basada en el claroscuro extremo… excepto en algunas secuencias donde trabaja las tonalidades de gris con un lápiz apabullante, con el que logra unos efectos espectaculares de volúmen y de iluminación. La narrativa también es rarísima, la puesta en página, la fluctuación en el tamaño de las viñetas (de la doble splash page a las páginas de 16 mini-viñetitas), la decisión de no usar globos de diálogo, la decompresión total del relato… La verdad es que Taca tac es una obra gráficamente bellísima, pero en un punto pareciera que los autores se esforzaran para que sea difícil de leer.
La trama que urde Goldestein es interesante: básicamente cuenta la historia de un padre que reaparece en escena para buscar a su hija, en un país latinoamericano envuelto en un clima de violencia política. O sea que hay lazos familiares, intriga política y algo de margen para tiros y persecuciones. Pero esto último no está enfatizado. Goldestein mantiene hasta el final un tono mucho más cercano a la introspección y un ritmo parsimonioso, nunca derrapa hacia “una de acción”. Además narra con poquísimo texto y con muchísimo espacio para el lucimiento de Feliciano, lo cual explica por qué en casi 100 páginas Taca tac desarrolla un argumento que bien podría haberse contado en 16 páginas… o 20, siendo muy generosos.
Esto es, sin dudas, una rareza dentro de la historieta argentina, y la recomiendo sobre todo a los hardcore fans de Feliciano García Zecchin que quieran ver al ídolo explorando una estética que no tiene nada que ver con la de sus obras más populares.
Iron Fist: The Living Weapon Vol.1 recopila la primera mitad de la maxi-serie de 12 episodios que realizara íntegramente el canadiense Kaare Andrews allá por 2014-15. De nuevo, llama la atención lo descomprimido del relato, lo poco que llega a contar Andrews en estas primeras 120 páginas de historieta. Por supuesto que está todo jugado a la espectacularidad, al impacto de las peleas y las revelaciones shockeantes… y eso hace que uno se entretenga aunque pase poco. Y además hay bastante texto, desarrollo de personajes, un compromiso muy bienvenido con la mitología previa de Iron Fist… todo eso suma, le agrega espesor a una saga que, en una de esas (lo determinaré cuando lea la segunda mitad) resulta realmente importante para la historia del personaje.
Hasta acá, lo más lindo es la sensación de salvajada. Andrews tiene total control sobre esta historieta, y nos lo hace notar todo el tiempo. La estructura, los climas, el nivel de violencia, todo está exagerado por el autor para que nos demos cuenta de que él está ahí, poniendo su sello y arriesgando su chapa, de que esto no lo podría haber hecho ningún otro coñemu del mainstream yanki. O sea que si comprás la onda de Andrews, difícil no engancharte y alentarlo desde la tribuna.
A mí el dibujo de Andrews me fascina. Me encanta como afana/ actualiza al Frank Miller de los ´80 (el que nos gustaba a todos), cómo le mete cositas de John Romita Jr. y Fernando De Felipe, cómo trabaja el color (sí, Andrews se entinta y se colorea a sí mismo), cómo se zarpa en la puesta en página, cómo y dónde mete los bloques de texto y las onomatopeyas… Me doy cuenta de que no es un genio, ni un revolucionario que vino a dar vuelta como un guante la historia del comic, pero me copa esa cosa visceral, hiper-explosiva, por momentos manierista, por momentos al filo del grotesco, pero siempre sumamente efectiva. Y encima soy fan de Iron Fist, así que imaginate si habré quedado manija. Tengo comprado el Vol.2, espero leerlo durante el 2018.
Volvemos pronto con nuevas reseñas. Y nos vemos este miércoles y jueves en las Jornadas de Historieta en la Universidad de Palermo.

sábado, 14 de octubre de 2017

TARDE DE SABADO

Por primera vez desde aquel mítico 2010, este año no pude asistir a Crack Bang Boom, así que estoy acá en Buenos Aires, atravesando uno de los findes más tranquis del año. Y bueno, aprovecho para leer y para postear reseñas de algunas cositas que leí en la semana…
Me clavé el Vol.2 de ¡García!, el díptico cuya primera mitad comentamos el 30 de Abril de este año. La verdad que mientras leía el Vol.1, se me despertó la sospecha de que Santiago García y Luis Bustos, en su afán de crear una obra extensa, enorme en cantidad de páginas, se estaban arriesgando a complejizar la trama al pedo, a meter personajes que después no iban a poder desarrollar, o que en el global de la historia no iban a tener un peso real. Bueno, nada que ver. Este segundo tomo juega mucho menos al metacomic, hace mucho menos hincapié en que García y Jaimito tienen esa extraña dualidad de haber sido considerados meros personajes de historieta cuando en realidad eran humanos de carne y hueso, y profundiza mucho más en la intriga política que pone en jaque a España y fuerza el regreso de este “super-cana” ideológicamente alineado con la dictadura de Francisco Franco.
Además de muchísima acción, ¡García! nos ofrece pequeños pero potentes instantes de reflexión, acerca de cómo cambió España en los últimos 60 años, de aquel país facho y cuasi-oscurantista a un país moderno y pujante… en el que también hay varios obstáculos a la hora de que la prosperidad se reparta pareja entre todos, principalmente la corrupción y la venalidad atroz de los gobiernos supuestamente democráticos. En el contrapunto entre la España antigua y la España actual, García acierta al no idealizar a ninguna de las dos.
Ya hablamos bastante en la reseña del Vol.1 del dibujo de Luis Bustos, así que alcanza con decir que en ningún momento baja el impresionante nivel que vimos en aquella primera mitad. Una bestialidad, una cátedra comiquera quintaescencial realmente difícil de describir con palabras. Recomiendo muchísimo la lectura de ¡García!, una obra maestra en muchos sentidos, y ya tengo esperando turno otra novela gráfica de Luis Bustos para seguir bancando a este alucinante autor español.
Ahora sí, llegué al último libro de los publicados en Argentina en 2016 que me faltaba leer (seguro dejé alguno afuera, pero bueno, ya vendrá, o no me interesó como para leerlo). Y es nada menos que Yanayag, un voluminoso tomo con una saga completa y cuatro historias autoconclusivas, todo escrito por Eduardo Mazzitelli y dibujado por Quique Alcatena. Entre las cuatro hsitorias cortas, se destaca claramente Horizonte Final, y el resto también está muy bien.
Pero vamos a la saga de Yanayag, una historia de hechicería, conjuros, maldiciones y duelos entre brujos… que en realidad están ahí para maquillar de aventura fantástica una trama signada por la ambición, el poder, el orgullo y los amores no correspondidos. A lo largo de toda la obra, el interés crece cuando Mazzitelli pone el foco en la intriga palaciega y decrece en ese tramo del medio, cuando Yanayag ya adolescente sale a vivir breves aventuras cuasi-autoconclusivas, rodeado de personajes secundarios pensados para durar un sólo episodio. Por suerte, en el tramo final el personaje vuelve al reino donde Mazzitelli venía cocinando a fuego lento el núcleo dramático de la obra, y desarrollando a personajes realmente complejos y atractivos (la reina Nustifari quizás sea el personaje femenino más logrado en la extensa carrera del guionista). El final es inapelable, redondísimo, justo y despiadado en partes iguales. Como suele suceder en la obra de Mazzitelli, el único déficit es que, al desenfatizarse tanto la machaca, vemos al héroe sufrir poco, transiprar poco la camiseta para vencer los retos y los obstáculos que le plantea el guión.
Por el lado del dibujo, una vez más tenemos a Alcatena en su salsa, dispuesto a imaginar y regalarnos infinitos reinos fantásticos, con sus palacios, fortalezas, criaturas, armas y vestimentas, siempre originales, siempre conmovedores por el volumen de trabajo y por la destreza técnica con la que nos los presenta el artista. Como cada vez que tiene la posibilidad de trabajar en historias ambientadas en mundos fantásticos, la inagotable imaginación de este orfebre del plumín se pone la historieta al hombro y nos deslumbra como sólo él sabe hacerlo. Sumésmosle los hallazgos en materia de puesta en página y armado de las secuencias, y estaremos hablando de páginas que superan muy ampliamente la media de lo que suele verse en los “contenittore” italianos, que son las publicaciones donde se dan a conocer originalmente las obras de Alcatena y Mazzitelli. Una vez más, gracias por la magia.
Y tengo un par de libritos más listos para reseñar, así que en una de esas mañana o el lunes feriado clavo otro post. Hasta entonces.

jueves, 12 de octubre de 2017

TRIP TO TAMPA (parte 2)

Quedó pendiente el repaso por las comiquerías que me tocó recorrer durante mis vacaciones en Tampa, así que hoy vamos con eso y volvemos pronto a las reseñas.
Emerald City es una de las comiquerías más impactantes que vi en mi vida. Por sus dimensiones gigantescas y por la cantidad de material que tiene. Comics de todas las épocas y para todos los públicos, TPBs, hardcovers, muñecos, juegos de mesa, merchandising… la verdad que te podés quedar horas y horas revolviendo las bateas. Preparate para dejar una fortuna, no porque los precios sean caros (de hecho hay muy buenas ofertas), sino por la cantidad de paponga que podés llegar a encontrar. La atención es excelente y el local es tan, pero tan zarpado que te querés quedar a vivir.
Otra visita obligatoria es Mojo´s Books & Records. Ahí tenés una barra donde tomar café (o escabiar), discos de todo tipo (vinilos, CDs, lo que se te ocurra), DVDs, literatura… y un sector de comics increíble, con toneladas de TPBs y hardcos a mitad de tapa, infinitos mangas en oferta (no los más interesantes, pero hay mucho) y hasta una amplia selección de álbumes de comic francés… ¡en francés! (Sí, me fui a EEUU a comprar comic en francés, no tengo paz…). No hay muñecos, ni remeras, ni back issues, ni un gran surtido de novedades, pero para buscar rarezas y pagarlas a precios inverosímiles, Mojo funciona tan bien como cualquier convención. Y además tiene esa onda bohemia, pseudo-contracultural, que siempre suma.
No hagas la boludez que hice yo de ir el último día a Green Shift, una impresionante tumba cuasi-crota donde además de comics venden discos e instrumentos musicales. Acá está el rockanroll, la falopa hardcore, el oro nazi. Hay trading cards, remeras, muñecos, revistas de información de cualquier época, bateas con material de la Silver Age a precios increíbles, una selección de novelas gráficas y comics “para adultos” (definición que en EEUU abarca a cualquier cosa donde se vea una teta) que te hiela la sangre, muebles enteros que desbordan de TPBs y hardcos a mitad de tapa o menos, una pared gigante cubierta de cajas con revistitas a u$ 1, y otra apenitas más chica con revistitas a… 25 centavos. Ni en las convenciones se siguen viendo las revistitas a 25 centavos, pero en Green Shift hay toneladas. Otro lugar para ir con tiempo, paciencia y guita de sobra.
En el otro extremo, lo más parecido a una comiquería “careta” está en New Tampa y se llama Coliseum of Comics. Es un local espectacular, muy centrado en las novedades, pero con un buen sector de back issues, mucho merchandising, juegos de mesa y cartas, estatuas chetas para coleccionistas de elite y demás atractivos. No es el lugar indicado para ir a carroñar ofertitas, pero está muy bien.
Y saliendo un poquito de Tampa, pero ahí cerca, está la localidad de Brandon, donde encontré otro templo absolutamente recomendable: Read More Comics. Un local muy grosso, una cueva de pura cepa comiquera, donde me sorprendió la cantidad de TPBs raros y descatalogados, que encima están un 25% por debajo del precio de tapa. Además hay un amplio sector de back issues, que incluye unos muebles interminables que desbordan de revistitas a u$ 1. La atención es muy buena y está a cargo de un flaco que se parece a Kurt Russell y habla como el actor que hace de Yondu en las pelis de los Guardianes de la Galaxia. Acá también, hay que ir bien munido de tiempo y dinero.
Guarda: Tampa no tiene opciones de transporte público como Buenos Aires, ni “está todo cerca” como suele decirse en otras ciudades más chicas de Argentina. O sea que moverse de un lado al otro para recorrer estos locales puede llevarte muchas horas de viaje (siempre en auto) y unos cuantos litros de nafta. De todos modos, no dudes que vale la pena, porque estos cinco templos (más alguno que no tuve tiempo para visitar) te van a abastecer de una cantidad inverosímil de material a precios impensables. Y si no te alcanza, siempre está Barnes & Noble, la mega-librería donde no hay grandes ofertas, pero hay (por ejemplo) una selección de manga mucho más amplia y más cuidada que en cualquier comiquería.
Si algún día tenés la oportunidad de visitar Tampa, llevate estos datos como guía y arrasá con todo.

miércoles, 11 de octubre de 2017

TRIP TO TAMPA (parte 1)

Debía el repaso por la Tampa MegaCon y las comiquerías que pueblan esa hermosa ciudad del estado de Florida, cerquita de la costa del mar Caribe, sobre el golfo de México.
La verdad que la convención no fue alucinante ni inolvidable. Por ahí porque uno venía mal acostumbrado a eventos gigantescos como la New York Comic Con o la WonderCon de Anaheim. La de Tampa es una convención más chica, más “de barrio”, muy a la sombra de la de Orlando, que está ahí cerca y cada año crece más y arma más kilombo. En materia de artistas invitados, no estaba mal: Stan Lee y Kevin Smith ya te garantizan una convocatoria zarpada, y además había un montón de actores de series que no miro, actores que dan sus voces a personajes de animación (yankis y japoneses, que se doblan en EEUU), cosplayers, youtubers y demás “celebridades”. Y autores de comic, si te gusta sólo el mainstream yanki, tampoco te podías quejar, porque estaban Neal Adams, Chuck Dixon, Amanda Conner, Jimmy Palmiotti, Jae Lee, Ron Marz, Ty Templeton, Tom Grummett, Greg Land, Pat Broderick, Freddie Williams III… bastante bien, dentro de la poca variedad. Y salvo el pobre forro de Neal Adams, todos tenían buena onda para firmar, charlar y sacarse fotos con los fans. Para dibujar también, pero sólo con guita de por medio.
Entre los stands… había de todo. Mucho merchandising, obviamente, para cubrir la ausencia de los stands de las editoriales, que a este tipo de eventos no van ni en pedo. Era el festival del Funko, las action figures, y también de esos “manteros” que sufrimos en los eventos de Argentina, que llevan almohadones, collarcitos, aritos, ropa, tazas y un montón de cosas que no tienen mucho que ver con la historieta. Dentro de eso, vimos muy buen material en los rubros coñemus (incluso piletones de tres por u$ 10), juegos de mesa y de cartas. Pero la posta son los comics y sí, había bastantes stands 100% centrados en los comics. Mucho libro a mitad de tapa (llorando un poquito y comprando cantidades grandes, siempre se consigue un precio mejor... sí, te podés llevar por menos de u$ 10 libros que de tapa valen u$ 20), algún criminal con varios muebles de libros a u$ 5, y bastante variedad en materia de revistitas, desde las infaltables cajas de 50 centavos hasta el especialista en material hiper-antiguo en perfecto estado que te decapita por un mísero comic-book porque es la primera aparición del Capitán Garompa. Como siempre, funciona la de hacer asociación ilícita entre varios para abultar las cantidades y conseguir mejores precios, la de llorarle al que te vende el primer lote grande para que te aguante los bultos en el stand (el maestro Dixon también prestó un pedacito de su espacio para aguantarnos las cajas con brolis) y la de bancar al último día para ver si algún dealer se baja los lienzos y empieza a ofrecer descuentos que antes no ofrecía.
Las charlas… la verdad que ni pisamos los auditorios. Se veía todo muy lindo y muy bien organizado, pero priorizamos el tema de las compras y la posibilidad de charlar un rato con los artistas que estaban en sus puestos. Además, las colas para entrar a ver a Stan o el show de Jay & Silent Bob eran más bien desmoralizadoras. El predio está muy bien ubicado (en pleno centro, con vista a una bahía alucinante) y es hermoso, espacioso, limpio, realmente muy idóneo para un evento de este tipo. El público, como en las otras convenciones de EEUU a las que asistí en los años anteriores, muy heterogéneo, muy repartido entre chicos y chicas que vienen a hacer cosplay, comiqueros clásicos que vienen a comprar barato y conocer a sus artistas favoritos y familias que vienen a pasear.
No es una convención a la que volvería, te soy sincero, simplemente porque todavía me falta conocer un montón más. Pero a la ciudad de Tampa sí, me dan muchas ganas de volver, sobre todo por las comiquerías, de las que prometo hablar muy pronto.
Mientras tanto sigo leyendo, eh? Ya me bajé el último libro que me quedaba pendiente de los que se editaron en Argentina en 2016 y en cualquier momento se viene la reseña.
Gracias por estar y la seguimos pronto.

sábado, 7 de octubre de 2017

DE VUELTA AL RUEDO

Y sí, todo tiene un final y se acabaron mis vacaciones. No queda otra que retomar el laburo y las tareas que uno hace para hinchar las pelotas, sin esperar ninguna remuneración, como esta de escribir reseñas en el blog. La próxima entrada va a ser un repaso por la MegaCon de Tampa y algunas comiquerías destacadas de esa ciudad (y alrededores), pero hoy tengo un par de brolis leídos que quiero comentar en este espacio.
Después de un largo tiempo alejado del comic británico, me clavé Stone Island, una saga aparecida originalmente en 2006-2007 en las páginas de la 2000 A.D., a cargo de un equipo que prometía muchísimo: el guionista Ian Edginton y el dibujante Simon Davis. Ya desde el prólogo, Edginton nos aclara “guarda que esto no es Guerra y Paz, ni Watchmen”. El guionista blanquea desde el vamos su intención de ofrecernos un comic pochoclero para pasar el rato, con machaca, gore, impacto y acción al palo. Y la verdad es que cumple, aunque sin dejarnos mucho más.
La trama es interesante, hay un giro muy logrado que hace que el personaje que pintaba para protagonista al final fuera… otra cosa, mientras un personaje que parecía secundario recibe un tratamiento profundo y muy copado en su accidentado camino hacia la improbable redención, y los diálogos hacen gala de un humor negro irónico, con deliciosa mala leche. O sea que como entretenimiento, Stone Island es un comic dignísimo, por momentos perturbador por los niveles de sangre y tripas, por momentos atrapante por los conceptos que mete Edginton y por el tratamiento que reciben Harry Rivers, David Sorrell y el resto del elenco.
La pulenta, sin embargo, es el dibujo de Davis. Este animalito pasado de rosca parece una cruza entre Simon Bisley, Sergio Toppi y el Sean Phillips de los ´90. Con un tratamiento muy realista de los personajes humanos y una técnica pictórica de alto vuelo, Davis garantiza el impacto a la hora del gore y la violencia. Se nota que la narrativa es lo que más lo complica, pero aún así no se ven pifias groseras. Quizás lo más cuestionable sea que los personajes tienen caras de actores del mundo real (Stephen Rea, Harry Dean Stanton, Ralph Fiennes y otros a los que mi escasa cultura cinematográfica no me permite identificar). Pero la verdad es que visualmente esto es espectacular y te deja pidiendo más Simon Davis (tendré que volver a hojear los tomos de Sinister Dexter). Si estás buscando dibujantes de la escuela pictórica que te puedan sorprender o sagas de terror físico bien truculento, no dudes en entrar(le) a Stone Island.
Ya no me queda casi nada para terminar de reseñar el material aparecido en Argentina en 2016. Esta vez tengo para comentar Putrefacción, la opera prima de Damián Fraticelli y Ezequiel Couselo, aparecida primero en Fierro y luego en un librito de Historieteca… que dedica nada menos que 29 de sus 96 páginas a carátulas, prólogos, bocetos, páginas en blanco (en negro, en realidad)… Casi un tercio de un libro de historietas NO tiene historietas y eso me parece un desacierto demasiado notorio como para dejarlo pasar.
Por suerte las 67 páginas que sí tienen historietas están buenísimas. Fraticelli recurre a las convenciones del clásico policial negro para contar un thriller político intenso, que te logra poner nervioso, con varios giros imprevistos. Y claro, con ese ancho de espadas de que todo transcurre en el extraño mundo de una heladera desenchufada donde el frío empieza a escasear y de a poco “se pudre todo”. En una de esas, esta misma historia protagonizada por seres humanos también estaba buena, pero el hecho de que los protagonistas sean huevos, lácteos, gaseosas y hortalizas le da a Putrefacción esa arista, ese filo que la hacen única y sumamente memorable.
Como también resulta memorable el trabajo de Couselo al frente del dibujo. Es muy loco descubrir a un dibujante que aparece de la nada (jamás lo había visto ni siquiera en fanzines) y muestra desde la primera página un dominio tan avasallante de la técnica, tanto de ilustración como de narración gráfca. Más allá de la insoslayable influencia de Charles Burns, Couselo tiene un estilo propio, basado en un manejo impactante del claroscuro a todo o nada, logrado (creo) con un plumín cuasi-mágico. Pero además le gusta experimentar con la puesta en página, con la forma de las viñetas… Acá, más que un canchero que ostenta virtuosismo, hay un narrador inquieto que se desvive por probar cosas nuevas. Recomiendo mucho Putrefacción, claro ejemplo de la renovación constante de la historieta argentina, y de la vigencia de algunos géneros que a veces se nos antojan agotados, pero sólo porque se agotan los autores que se dedican a ellos. Y hablando de agotarse, si esta edición se agota, por favor para la próxima menos páginas de relleno.
Gracias por el aguante durante estos días de ausencia y trataremos de bancar los trapos este mes con otros 7 u 8 posteos, a ver si de milagro llegamos a los 100 antes del 31 de Diciembre.