el blog de reseñas de Andrés Accorsi

martes, 27 de junio de 2017

LECTURAS DE INVIERNO CON CALOR

En estos días de invierno en los que hizo calor, aproveché para avanzar un poquito con las lecturas.
Loco Rabia recuperó en 2016 un clásico de Carlos Trillo y Cacho Mandrafina gestado a fines de los ´90 y que nunca se había editado en el país. Viejos Canallas es una especie de secuela de Spaghetti Brothers (o Fratelli Centobucchi, como se la conoce en algunos mercados), que se entiende perfectamente sin haber leído esa extensa serie realizada para los semanarios de la ex-Eura entre 1993 y 1997. Obviamente si leíste todo Spaghetti Brothers pescás un montón de referencias que hace Trillo en esta obra, pero al mismo tiempo, algunas de las cosas que vemos acá pueden parecerte redundantes. O sea que no sé si es mejor o peor haber leído Spaghetti Brothers.
Viejos Canallas, ambientada 25 ó 30 años después de la serie original, es una gran historia en sí misma. No sólo un cierre perfecto para la saga de estos cinco hermanos con muchos guiños a la etapa anterior. El personaje de James es el menos atractivo, y Trillo lo usa para guiar al lector por el mundo tragicómico de la familia Centobucchi, donde lo que sobra son los personajes fascinantes. Incluso con un personaje menos que en Spaghetti Brothers (porque Frank está muerto), la trama familiar que urde Trillo te atrapa desde el principio y te mantiene entusiasmado hasta el final gracias a un amplio arsenal de recursos y golpes de efecto entre los cuales destaco uno: la crueldad. Esta es una obra del Trillo jodido, el Trillo mala leche, políticamente incorrecto, capaz de regodearse en la peor mierda. El personaje de Amerigo Centobucchi (lejos, el más importante, pese a que no llega vivo al final) es el clásico personaje de este Trillo maligno: violento, depravado, sórdido, perverso, 100% irredimible ni siquiera cuando los años lo reducen a ser un viejito hecho mierda. Y el manejo apabullante del humor negro que despliega Trillo logra que las atrocidades que hace Amerigo nos causen gracia, mucha gracia, lo cual es un montón.
Hay muchísimos más logros en los guiones de Viejos Canallas, pero me quiero concentrar en el dibujo de Mandrafina, rarísimo para una obra que se publicó por primera vez en Francia. Pocos fondos, muchos primeros planos, mayoría de páginas de seis cuadros… todo muy bien dibujado, pero a años luz de lo que compran habitualmente los editores franceses. Y en los flashbacks, Cacho se va a la mierda, mal. Ahí cambia el claroscuro y la mancha por un trazo más fino, más complejo, muy basado en unas tramas exquisitas, dignas del mejor Enrique Breccia. Los guiones lo obligan a saltar todo el tiempo entre la década del ´30 y fines de los ´50 y Cacho salta sin problemas, siempre con un manejo impecable de la documentación. Un trabajo hermoso de este virtuoso del Noveno Arte.
De esta misma época (1995-97) es Breakdown, una extensa obra en cuatro tomos del sensei Takao Saito, precursor del gekiga mundialmente famoso por ser el creador de Golgo 13. Como en su obra más popular, acá no hay chistes ni elementos fantásticos. Todo se centra en dos personajes, un periodista inexperto y su jefe, un inescrupuloso director de un noticiero de TV, que sobreviven a una catástrofe sin precedentes causada por un meteorito cuyos fragmentos impactan contra la Tierra.
La calidad del dibujo es magnífica, pero la verdad que en este primer tomo la trama avanza demasiado lento. En 350 páginas Saito no hace mucho más que presentarnos a los protagonistas y al conflicto central de la obra. Me encanta la libertad que tiene, que se nota muchísimo (de hecho, Saito es su propio editor)… no me gusta tanto lo que hace con esa libertad. Secuencias enteras, páginas y páginas, que podrían tranquilamente no estar, y que probablemente, si Breakdown hubiese tenido que pasar por el filtro de un editor, no estarían. En rigor de verdad, Saito usa hasta las escenas más irrelevantes para sumarle realismo y dramatismo a lo que nos está contando. Si su objetivo es que uno se ponga nervioso, esas escenas estiradas al pedo contribuyen a lograrlo.
Pero por otro lado, el autor nos está planteando un conflicto inmenso, de escala global, del cual en 350 páginas nos mostró menos que la puntita. Entonces es válido pensar cuánto nos puede llegar a mostrar en los tres tomos que faltan y decir “¿me estoy por comer otras 1.000 páginas en las que la trama se va a arrastar con la velocidad de un caracol cuadriplégico? ¡Me voy a la mierda!”. Yo compré sólo los dos primeros tomos (los que vi en oferta), así que en cualquier momento me clavo el segundo, y en base a eso decido si busco la mitad que me falta o si cuelgo ahí. El dibujo y la narrativa son fabulosos, hay varios diálogos copados, un subtexto punzante y atractivo, pero desconfío seriamente de que, al ritmo que va Saito, le alcancen 1400 páginas para desarrollar razonablemente la historia.
Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas, acá en el blog. Y si este finde andás por San Nicolás o Rosario, acercate a Villa Constitución, que voy a estar ahí, participando del evento Villa Viñetas junto a autores muy grossos del ámbito nacional.

jueves, 22 de junio de 2017

JUEVES DE JOYAS

Bueno, hoy emboqué dos papongas de una calidad infrecuente.
Arranco en Francia, en 2012, cuando el imbatible Lewis Trondheim se pone la pilcha de guionista y forma equipo con Matthieu Bonhomme para realizar Texas Cowboys, una magnífica novela gráfica dividida en nueve capítulos de 16 páginas, como si fueran nueve entregas de un foletín, o un comic-book.
Como su nombre lo indica, la obra nos sitúa en Texas, en el último cuarto del Siglo XIX, la época en la que transcurren casi todas las historias de ese género llamado western, al que los franceses aman y no están dispuestos a dejar morir. Texas Cowboys se propone como desafío recuperar todos los tópicos del género: ladrones de bancos, timberos de saloon, indios zarpados, el infaltable sheriff, la clásica femme fatale, el forajido, el garca que tiene más poder que la autoridad legal… todo visto desde los ojos de otro personaje bastante típico del western: el muchacho finoli y culto de la Costa Este que viene a conocer de primera mano el legendario estado de Texas. En este caso es un pibe que trabaja como periodista en un diario de Boston y busca información para una serie de artículos sobre este habitat cuasi-salvaje. Y obviamente, Trondheim lo usa como vehículo para la identificación de nosotros, los lectores.
Todos estos personajes y muchos más se entrelazan de a poco en una trama muy atractiva, desarrollada con un ritmo muy de comic francés, con diálogos filosos, silencios elocuentes, mucha acción y también bastante introspección. Y lo más lindo: en un tono ni solemne ni tan jocoso como otras obras de Trondheim.
El dibujo de Bonhomme es sintético, como un Jean Giraud resumido a lo más básico, muy expresivo y con un gran manejo de la narrativa. El hecho de que el libro esté diseñado al estilo de un comic-book americano, con páginas que en su mayoría están divididas en seis viñetas iguales (la Gran Kirby) debería ser una complicación para un autor francés, pero Bonhomme logra que esto juegue a su favor, con habilidad maradoniana.
Al final, me dio la sensación de que los autores se quedaron cortos, que había más para contar, que esos personajes ya habían cobrado vida propia y tenían todo para seguir desarrollándose. Y no estaba muy errado: años más tarde, Trondheim y Bonhomme realizaron una secuela, a la que ya tengo en mi lista de material a capturar, vivo o muerto.
Mi interminable recorrido por el material editado en Argentina en 2016 me lleva ahora a Sereno, la primera obra como autor integral de Luciano Vecchio, consagradísimo dibujante hasta hace poco bastante desconocido acá en su país. Sereno es un comic dibujado de manera formidable, con un aprovechamiento increíble del color, de la puesta en página y del trazo limpio, elegante, poderoso y carismático que caracteriza a Vecchio. El diseño de los personajes es brillante, al igual que el de la ciudad futurista en la que transcurre la historia (y a la que estaría bueno ver un poco más, es decir, tener más secuencias en las que Vecchio se luzca también dibujando fondos). Visualmente, Sereno ofrece un montón de emociones maravillosas que muy pocos comics hechos en Argentina te pueden ofrecer.
Los guiones de Vecchio combinan con mucha solvencia la acción con la introspección. Hay machaca, como en todo comic de superhéroes, pero no pasa todo por ahí. También hay un montón de conceptos que tienen que ver con el alma, la luz interior, la trascendencia… cosas que parecen clásicas fumanchereadas de la New Age, muy bien mezcladas con un despliegue de superpoderes grandilocuentes al estilo Saint Seiya o Dragon Ball (los nombres de los ataques son fabulosos) y con elementos de una metafísica más rara, más moderna, más retorcida, más cerca de Grant Morrison que de Jodorowsky.
Episodio a episodio, Vecchio puebla al universo de Sereno con un montón de personajes (buenos, malos, más o menos) y conceptos realmente fascinantes, de modo que cuando llegás al final del tomo te queda una sóla opción: querer que se edite YA más material de este personaje, y rezar para que Vecchio produzca muchísimas historias más de Sereno sin renunciar nunca a la enorme sensibilidad autoral ni a la pasmosa calidad gráfica de esta primera entrega.
Y bueno, hasta acá llegamos por hoy. Ni bien tenga más material leído, lo comentamos por acá. Gracias y hasta pronto.

lunes, 19 de junio de 2017

GELIDA NOCHE DE LUNES

Es lunes, hace un frío de la concha de la lora y lo único que tenemos para rescatar es que, si sos asalariado, mañana martes te podés quedar en tu casa en vez de ir a laburar. El resto, todo tirando a choto, incluyéndome a mí, que vengo muy lento en esto de leer comics y reseñarlos. Es un momento complicado, donde realmente se me hace difícil encontrar los tiempos para esto que antes me salía de taquito. Paciencia…
Sigo leyendo comic yanki de 2014 como si fuera novedad. Esta vez le entré al Vol.1 de Moon Knight, el que trae los seis episodios escritos por Warren Ellis y dibujados por Declan Shalvey, el equipo que me conquistó incondicionalmente en Injection. Como lo hiciera en su momento con la gloriosa Fell, acá Ellis intenta contar en cada episodio una historia autoconclusiva. A veces le sale bien, y a veces para asegurarse de que llega a resolver todo en 20 páginas, desarrolla hasta el infinito ideas que daban para 10 ó 12. Repasemos.
El primer capítulo sirve para presentarle a Moon Knight a los nuevos lectores. Quién es, qué hace, por qué hace lo que hace y qué cambió respecto de la última vez que lo vimos. Bien, tranqui. Lo justo y necesario para convencernos de que era mejor lanzar la enésima serie de Moon Knight que contar estas historias con un personaje 100% nuevo. El segundo episodio es un choreo, una trama para ocho páginas, contada en 20. La tercera está bien, es muy sencilla, pero también bizarra y perturbadora, y funciona bien como un upgrade raro del personaje. La cuarta es otra muy buena idea… para 12 páginas, a lo sumo. Narrada en 20 es medio delictiva. La quinta directamente da vergüenza ajena, no daba ni para un back-up. Y la sexta y última es la más interesante, la más jugada a la construcción de un personaje, a la indagación en las consecuencias de las cosas que hizo Moon Knight en el pasado, la que muestra mayor interés de Ellis por el personaje, su historia y su potencial. Lástima que sea la última.
Por suerte esas historias totalmente estiradas tienen el inmenso atractivo de estar dibujadas por un Shalvey inspiradísimo, que deslumbra con la puesta en página, con los truquitos de montaje, que deja la vida en los fondos, que te devasta con las escenas de acción y que (como siempre) se complementa a la perfección con la paleta de la gloriosa Jordie Bellaire.
Después de esta etapa, viene la de Brian Wood (también muy breve), así que seguramente seguiré comprando TPBs de Moon Knight, a ver si alguno logra sorprenderme con algún enfoque realmente novedoso que no consista en limpiarse el orto con las bases que construyó para el personaje el maestro Doug Moench.
Salto a 2016, y me vengo a Argentina para leer Wampum y Wigwams, un recopilatorio de historias cortas originalmente realizadas para el mercado italiano por el guionista Gustavo Schimpp y el mito viviente, Quique Alcatena, otro de los fetiches de este blog. Son 10 relatos autoconclusivos ambientados en el norte de EEUU y sur de Canadá, los bosques dominados por los iroqueses, los mohicanos, los ottawa y otros bravos guerreros de piel roja, en los que tienen mucho peso los elementos sobrenaturales, tomados de las tradiciones, los mitos y los relatos folklóricos de estos pueblos indígenas.
En general, las historias están buenas. A veces las resoluciones son un poquito obvias: vos sabés para qué lado van a inclinar la balanza cada uno de estos elementos sobrenaturales, porque casi todos se definen de antemano como benignos o malignos, como los yokai del folklore japonés. Y a veces a los guiones les falta contundencia. Ideas que daban para 8 ó 10 páginas, narradas en 13 ó 14 pierden un poco de fuerza. Lo cual no es tanto culpa de Schimpp sino del formato que exigen las antologías italianas. La prosa de Schimpp es muy sólida (no esperes la magia de Mazzitelli), se nota su amplio conocimiento del tema y la época que explora, y siempre están las ganas de dejarte algo más que la aventura, o que la resolución de un conflicto por la vía de la violencia.
Pero, lógicamente, lo que hace indispensable a este libro es el dibujo de Alcatena. Si te aburrió la onda de fantasía épica, los mundos ficticios, o las reinterpretaciones limadas de las culturas antiguas que suele hacer Quique, esto te va a volver a enamorar, porque está todo tomado de la realidad, de la historia posta de estas culturas. Wampum y Wigwams tiene monstruos y criaturas zarpadas, pero todas están basadas en animales que existen en la naturaleza. Hasta los fantasmas y espectros tienen un rigor documental alucinante en la ropa, peinados, pinturas rituales, etc.. Las armas, las construcciones, todo está milimétricamente cuidado. Además acá Quique opta por una puesta en página más tradicional, sin esas viñetas enormes, sin esos ornamentos fastuosos que le pone a los marcos de las viñetas. Y aún así, su talento para asombrarnos con los detalles brilla en esos paisajes majestuosos, en esos árboles que parecen estar vivos, en esos rostros tallados por los años, el frío y las guerras.
Un trabajo espectacular de Alcatena, lejos de su zona de confort (¿hay alguna zona del dibujo donde Quique no se sienta cómodo?), pero con todas las pilas puestas tanto en la narrativa como en los climas y sobre todo en la reproducción de la infinita y fascinante naturaleza con la que convivieron estas tribus antes de que los blancos las exterminaran.
Vuelvo pronto con más reseñas…

miércoles, 14 de junio de 2017

OTRA TARDE DE MIERCOLES

De a poquito va retrocediendo un brote de alergia que me tuvo una noche sin poder respirar (ni dormir) y varios días sin poder mirarme al espejo. Aprovecho, entonces, para redactar las reseñas de un par de libritos que tengo leídos.
Arranco en Bélgica en 2014, cuando la dupla integrada por el guionista Yves H. y su dibujante (y papá) Hermann lanzan Estación 16, otro de esos tomos autoconclusivos con historias fuertes, esas a las que ECC les diseña unas portadas horribles cada vez que las edita en España. Comparás las portadas de la edición francesa con las de la española y los querés ir a buscar con una motosierra. Me da esa bronca visceral, esa furia ingobernable, como cuando escuché la versión de Confortably Numb de Scissor Sisters, allá por 2004. Y es un bajón, sobre todo porque la calidad de impresión es buenísima, el papel y la encuadernación son buenísimos… sólo falta que alguien les explique a los muchachos de ECC que las ilustraciones que se manda Hermann para las tapas se ven mil veces mejor que los adefesios que arma el queso que tienen como diseñador.
La historia es flashera, mal. Es como un episodio grosso de The Twilight Zone, con mucho presupuesto. Si spoilear el argumento, es una típica trama en la que los protagonistas se preparan para intervenir en una situación normal, rutinaria, un mero trámite… y resulta que nada es lo que parece, que el tiempo, el espacio y la realidad se distorsionan caprichosamente y la lógica deja de aplicarse. Yves H. articula todas estas sorpresas y golpes de impacto en torno al horror. El horror de los ensayos nucleares de la Guerra Fría y el horror de una base militar fantasma en el medio de la nada, convertida en una pesadilla radioactiva que no ofrece chances de redención. Es un guión muy bien elaborado, de difícil ejecución, a pesar de lo sencillo de la idea. Y felizmente Yves H. sale muy bien parado de la ordalía.
El maestro Hermann, una vez más, nos demuestra que no hay forma de hacerlo trastabillar en los terrenos de la aventura. El tipo sigue recorriendo épocas históricas, locaciones reales y fantásticas, climas más sórdidos o más sugestivos… y el resultado siempre es el mismo: Hermann te da cátedra y te emociona a la vez con todo lo que pone en cada viñeta y la forma en que construye cada secuencia. Como todo relato de misterio, Estación 16 funciona en buena parte por cómo se te mete en la cabeza, por las cosas que te hace sentir o flashear. Hermann entiende esto a la perfección y logra transmitir con el dibujo y el color sensaciones que tienen que ver con el frío extremo, la desesperación, el abandono, el delirio, el crack que se te produce en el bocho cuando descubrís que la lógica no funciona y que nada es lo que parece. Por supuesto, todo con la belleza clásica de su trazo y su habitual maestría en la composición de las viñetas. Seguramente Estación 16 NO sea la Obra Fundamental de la dupla, pero sin dudas es una lectura más que recomendable.
Me vengo a Argentina, a 2016, para leer el primer team-up entre dos amigos a los que banco a muerte: Alejandro Farías y Juan Bobillo. Se trata de una adaptación al comic de Viejas Ilusiones, la famosa pieza teatral escrita por Eduardo Rovner centrada en la relación entre una vieja de 92 años y su madre de 120. Es una comedia grotesca, donde todo está exagerado al límite y donde abundan los chistes de todo tipo, desde los gags físicos hasta los juegos de palabras. Por momentos, parece una historieta de La Mujer Sentada, de esas en las que Copi nos presentaba extensos diálogos entre dos personajes, bizarros laberintos discursivos que conducían inevitablemente al disparate, nunca al entendimiento. Y eso es lo mejor que tiene Viejas Ilusiones: el foco nunca se desplaza del humor. Hay una trama romántica, hay un conflicto más “de fondo”, pero todo es secundario. Lo importante son los chistes, las situaciones al filo del absurdo.
Farías se las ingenia para darle SU ritmo propio a todo este alud de diálogos desopilantes… pero son demasiados. Cuando una historia es 98% diálogos, el margen de acción de un guionista es muy poco. Me dio la sensación de que el trabajo de Alejandro se limitó a decidir cuánto texto ponía en cada viñeta, que pudo meter poco de su propia cosecha. ¿Y qué pasa cuando una historieta se ve sobrecargada de texto? Se luce poco el dibujo. Los globos de diálogo cobran un protagonismo inusitado, son grandotes, están a full de palabras… y le dan a Bobillo la excusa perfecta para dibujar poco.
Eso es lo peor que tiene Viejas Ilusiones. La forma en que desaprovecha a una bestia como Juan Bobillo. Que obviamente dibuja a unas viejas geniales, bien caricaturescas, esperpénticas, granguiñolescas… pero casi no hay otros personajes, casi no hay acción, casi no hay fondos. Hay un gran manejo de los grisados, hay recursos ingeniosos (sobre todo en el primer tercio del libro) para que veamos algo más que cabecitas hablando, pero estamos lejos de las posibilidades expresivas y sobre todo narrativas del dibujo de este virtuoso del Noveno Arte. O sea que me reí mucho, me divertí un buen rato, pero me quedé con la sensación de que esta no era una obra que requiriera una versión en historieta, sobre todo porque ofrece mu poco margen para el lucimiento de dos autores tan interesantes como son Farías y Bobillo.
Volvemos pronto, con más reseñas.

miércoles, 7 de junio de 2017

TARDE DE MIERCOLES

En unas horas me voy para Córdoba a participar una vez más de Docta Comics, pero no me quiero ir sin postear un par de reseñas en el blog.
Arranco con el Vol.1 de Deadly Class, la serie creada por Rick Remender y Wes Craig en 2014. Muy buen debut, realmente, para una idea que se apoya en una consigna muy ganchera, digna de un shonen de esos que venden fortunas, para decantarse hacia dos facetas que a mí me seducen más que la machaca sanguinolienta: por un lado, muchísimo desarrollo de personajes, muchísima indagación por parte de Remender en las motivaciones, las personalidades y las distintas formas de relacionarse con los demás que tienen los pibes de este gran elenco liderado por Marcus. Por otro lado, el compromiso social. Deadly Class transcurre en 1987, sobre el último tramo del largo y aciago gobierno de Ronald Reagan, y Remender no se pierde la oportunidad de subrayar la insensibilidad, casi la inclemencia para con los menos favorecidos que demostró aquella figura emblemática del neoliberalismo más conservador.
La trama aventurera está muy bien llevada y el hecho de que los protagonistas sean chicos de escuela secundaria está muy bien aprovechado (bandas de rock, películas, comics, experiencias con drogas, primeros pasos en materia sexual). Lo único que me gustaría criticar es la incoherencia. Se supone que esta es una serie jodida, al límite, que no se guarda nada en materia de violencia, crueldad, sordidez y mala leche. Pero eso sí, hay una pelea en las duchas (con todos los pibes en bolas) y no se ve una pija ni por accidente. Y unas páginas más tarde, uno de los villanos (un freak pasado de rosca que mete miedo en cada aparición) se está empomando a una cabra… y te enterás por los diálogos, porque en los dibujos parece cualquier cosa menos que se está empomando a una cabra. ¿Tan complicado es ser un toque más explícitos con el tema sexo, en comics repletos de puteadas, decapitaciones y destripamientos? ¿Quién puede llegar a leer un comic como Deadly Class y escandalizarse al ver una pija (o una concha)? Muy choto eso. Si tenés huevos, mostralos.
El dibujo de Wes Craig es correcto, muy deudor de Paul Pope, David Mazzucchelli, Frank Miller, pero con bastante personalidad y con riesgos alucinantes en el armado de las secuencias. En ese sentido, este canadiense es un auténtico pichón de Steranko. El trabajo de Lee Loughridge (colorista que rara vez me convence) es excelente, muy jugado a los colores planos (como en los comics de los ´80) y sobre todo a los climas. La paleta, siempre muy medida, estalla en esa secuencia en la que Marcus tiene su trip de ácido, coloreada con gran jerarquía. Veremos cómo sigue esta serie cuando consiga el Vol.2
Y me vengo a Argentina, al 2016 (la puta madre, la cantidad de títulos que salieron en Argentina en 2016… no termino nunca de leerlos). Esta vez leí Dominoes, un trabajo de Matías Chenzo realizado en el formato que hoy tanto les cuesta abordar a los autores locales: la serie episódica. Chenzo aborda episodios autoconclusivos de 6 u 8 páginas en los que abre y cierra tramas pequeñas, mientras crece por atrás una trama mayor, como para que la lectura del recopilatorio genere la sensación de estar leyendo una novela gráfica. Y le sale muy bien.
No todos los episodios son igual de buenos, pero hay una cohesión, una base. Chenzo juega con la ambigüedad de la dark fantasy británica, o con un realismo mágico latinoamericano vestido de negro y con banda de sonido de temas bajoneros de The Cure. Y de a poquito, va llevando la historia de Roger y el reloj hacia una resolución que nunca me imaginé.
Acá también, los logros más notables están en la narrativa, en los experimentos de Chenzo en materia de puesta en página y en los contrapuntos entre diálogos y silencios. El dibujo está bien (sobre todo la aplicación de los grises), aunque le falta apostarle más fuerte a una estética y bancarla, quizás virar un poco más hacia la línea sucia del Dave McKean de Cages, sin mezclarla tanto con yeites de mangakas shonen. Pero es algo que sólo requiere tiempo (el tema central de Dominoes) y a Chenzo le sobra, porque es muy joven.
A mí, en cambio, me falta. Por eso suspendo acá y me pongo hacer un montón de cosas que tengo pendientes. A la vuelta de Córdoba, nuevas reseñas. Hasta pronto.

jueves, 1 de junio de 2017

TRES DE JUEVES

Vamos con algunas reseñitas más.
Salió el Vol.17 de Bakuman y obviamente me lo bajé ni bien lo levanté de la batea de la comiquería donde suelo comprarlo. El tomo tiene el peor principio posible: un enemigo al que los Muto Ahirogi ya derrotaron vuelve recargado, con un plan mejor y más maligno para aplastar a nuestro jóvenes mangakas favoritos. –No, no me hinchés las bolas… ¿con qué necesidad?... –Pero bancá, porque a partir de la consigna más chota imaginable, Tsugumi Ohba y Takeshi Obata desarrollan un arco argumental BRILLANTE, lleno de momentos impactantes, momentos emocionantes, giros impredecibles… Cuando una serie es perfecta, se puede dar estos lujos: arrancar con una jugada obvia, remanida… y darla vuelta en el aire para convertirla en una historia excelente. El villano cobra chapa, los Muto Ashirogi la rompen, el nunca bien ponderado Akira Hattori demuestra una vez más lo clara que la tiene, por fin el guión de Ohba explota un poco más el legado del tío mangaka de Mashiro, y la historia de amor (quizás lo único medio pedorro de los primeros tomos de la serie) sigue allá lejos, en octavo o noveno plano.
Bakuman, el manga de amor al manga, el shonen para acabar con todos los shonen, sigue allá arriba, con guiones y dibujos insuperables y, como siempre, una buena traducción por parte de Nathalia Ferrera que hace sumamente disfrutables los abundantes diálogos que caracterizan a esta serie. No te puedo explicar cómo la voy a extrañar cuando se termine ni la bronca que me da que los tomos salgan tan espaciados.
El año pasado, para festejar los 200 años de la delaración de la Independencia argentina, se editó en Tucumán la antología Bicentenario Fantástico, en la que participan los integrantes de un colectivo de autores llamado La Marca de Caín, con varias historietas cuya consigna es agregarle elementos fantásticos a los sucesos más importantes de la historia de nuestro país. Así, el general Belgrano interactúa con un vampiro, San Martín con zombies, los congresales de 1816 con alienígenas, Perón y Evita con mechas onda Gundam, los soldados de Malvinas con naves que parecen de Star Wars… Se entiende, no?
La idea no está mal. Es bizarra, pero con bastante potencial. La realización, en cambio, me resultó bastante precaria. Los guiones tienen poca fuerza, les falta timing… Ninguno me terminó de convencer. Y entre los dibujantes hay algunos rescatables. Emanuel Molina hace un trabajo bastante aceptable, con cierta influencia de Salvador Sanz. Rodolfo Paz muestra un muy buen manejo del claroscuro y buen criterio para la narrativa. Lo de Malena Villafañe y Arcade es raro, desparejo, con momentos realmente grossos y puntos muy bajos en una misma historieta. Y también con varios problemas en la narrativa y en la aplicación de los grises, me pareció interesante el dibujo de Brenda Cruz Villacorta, muy influenciado por Matsuri Hino. Ojalá los chicos y chicas de La Marca de Caín sigan generando nuevas y mejores historietas allá en Tucumán, una ciudad con bastante tradición comiquera.
Finalmente, después de aquel primer desencuentro amoroso, le di otra chance a Los Escorpiones del Desierto de Hugo Pratt, con otro librito que conseguí muy barato en Chile, el año pasado: Un Fortín en Dancalia, título de 1982 que, a diferencia del que vimos el 24/04/17, está pensado como una breve novela gráfica, con una única (y excelente) línea argumental.
Esta vez sí, Pratt logra hacer lo que más sabe: nutrirse de un conflicto bélico real para crear una historia 100% verosímil, humana, donde lo que importa son los personajes. Y la verdad que a Un Fortín en Dancalia le sobran los personajes cautivantes. Además, la trama en sí es muy ganchera, los diálogos están afiladísimos, la grilla de 12 viñetas iguales (que Pratt conserva en la gran mayoría de las páginas) resulta un elemento formidable para la narrativa controlada a nivel molecular, y el trazo del Tano, aún coloreado por los franceses, remite como pocas veces a la estética de Milton Caniff y Roy Crane, que tan bien encaja con los relatos de la Segunda Guerra Mundial. Así, sí.
Prometo volver pronto con nuevas reseñas y aprovecho para invitar a los amigos cordobeses a la tercera edición de Docta Comics, donde voy a estar entre el jueves 8 y el sábado 10 de este mes. ¡La seguimos en cualquier momento!